Homero soy yo

El diálogo teatral “Odiseo y Penélope”, es “La Odisea” de Mario Vargas Llosa, en la que el narrador peruano se transformó en el gran aventurero.
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Odiseo y el regreso. Penélope y la fidelidad. Odiseo y Penélope: una dilatada historia de amor. Desde que comenzó a cantarse, hace veintinueve siglos, el reencuentro de los reyes de Ítaca no ha dejado de fascinar a sus lectores. De generación en generación, cíclicamente, la historia que por vez primera cantó el poeta ciego resucita del silencio para ser nuevamente contada, con las modificaciones que cada época le impone. Un clásico es un libro que no cesa de generar nuevas interpretaciones. En nuestros días la película de Christopher Nolan, La Odisea, ha llevado a millones de personas a conocer una historia que ha sido narrada miles de veces de formas distintas. Nolan ha encendido de nuevo la pasión por conocer y discutir una obra clásica. Ha demostrado que no pocas de las ideas y de los mitos de la antigüedad siguen vigentes, que la raíz está viva. Yo celebro la película y la polémica que ha suscitado.

La primera adaptación de La Odisea que apareció en México, con el título de Los trabajos de Ulises, fue escrita por Mariano Esparza y publicada en 1837. Desde entonces Odiseo circula entre nosotros. En 1917 reapareció en las páginas de Ensayos y poemas de Julio Torri. Odiseo, dispuesto a perderse, impide a sus marineros que lo aten al mástil, pero “mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí”. Diez años más tarde, como punto de lanza del grupo Contemporáneos, aparece, dirigida por Jorge Cuesta, la revista Ulises. En su primera página publicaron el siguiente epígrafe: “La Odisea no es un libro de aventuras sino de problemas” (Eugenio D’Ors). Ya desaparecida la revista, Salvador Novo le escribió a Xavier Villaurrutia recordándole la publicación: “Aquel Ulises cuyo nombre por ti sugerido definía la aventura” (Cartas de Villaurrutia a Novo).

En 1935, José Vasconcelos tituló al primer tomo de sus memorias Ulises criollo, uno de los mejores libros de la literatura mexicana, en el que el caudillo cultural se veía a sí mismo como el aventurero que atraviesa mil peligros antes de regresar por fin a su tierra. Gilberto Owen, en Perseo vencido (1948), funde a Ulises con Simbad para dar forma al náufrago que fracasa en el amor: “Y luché contra el mar toda la noche, desde Homero hasta Joseph Conrad, para llegar a tu rostro desierto”. Varios críticos han visto en Pedro Páramo (1955) las huellas de Homero. Las detectan en Juan Preciado: “el hijo de Pedro Páramo llega a Comala: como Telémaco, busca a Ulises (…) lo guía la voz de su madre, Doloritas, la Penélope humillada del Ulises de barro, Pedro Páramo” (Carlos Fuentes, La gran novela latinoamericana) y en el encuentro de Juan Preciado con los muertos de Comala, que remite al canto XI de La Odisea. Salvador Elizondo en “Aviso” hace que su Ulises salte por la borda y nade hacia la playa de las sirenas, desde donde dice: “Sabedlo navegantes: el canto de las sirenas es estúpido y monótono, su conversación aburrida e incesante; sus cuerpos están cubiertos de escamas, erizados de algas y sargazo. Su carne huele a pescado” (El grafógrafo). En este breve inventario, de por sí incompleto, no podría dejar de mencionar la muy meritoria traducción de La Odisea (2013) de Pedro Tapia en la Bibliotheca Scriptorvm Graecorvm Et Romanorvm Mexicana.

Fuera del ámbito mexicano, la presencia de La Odisea en nuestro idioma rebasa las posibilidades de este texto. Me referiré solo a una, que es la que más me gusta: Odiseo y Penélope, obra dramática de Mario Vargas Llosa. El teatro fue la primera vocación literaria del autor de La ciudad y los perros. “La razón que me empujó a la narrativa no fue otra que no quedarme condenado a que no se viera sobre un escenario mi trabajo”, recordaría Vargas Llosa. En Perú en aquella época, comienzos de los años cincuenta, el teatro no tenía salida. Vargas Llosa abandonó Perú. Publicó más tarde algunas de las novelas más notables del siglo XX en nuestro idioma. Se aventuró en la política. Destacó como ensayista y articulista, incursionó en el teatro. Obtuvo el Premio Nobel, ingresó con honores en la Academia Francesa. Regresó a Perú. Se asentó en España. Había completado su periplo, concluido su personal odisea. Pero no se mantuvo quieto. En un viaje a México, luego de participar en la Feria del Libro de Guadalajara, viajaba en un taxi con la actriz Aitana Sánchez-Guijón cuando se le ocurrió regresar al teatro, montar en España una obra sobre el mayor libro de aventuras que se haya escrito: La Odisea, madre de todos los libros: “ninguno en la historia de la humanidad ha permanecido más vivo y más cercano al hombre de manera permanente y sin vacíos históricos”. Decidió entonces escribir Odiseo y Penélope, un diálogo teatral.

Odiseo y Penélope es La Odisea de Mario Vargas Llosa. Tanto así que enfrentó el pánico escénico que sufría desde la adolescencia y se animó no solo a escribir sino a protagonizar su propia obra. Se dejó la barba, se vistió una túnica, calzó unas sandalias y subió finalmente a escena el 3 de agosto de 2006 nada menos que en el Teatro Clásico de Mérida, España.

Con escenografía de Federico Amat y bajo la dirección de Joan Ollé, la representación de la obra fue un éxito. La obra de Vargas Llosa logra reducir a hora y media los diez años de aventuras y desventuras de Odiseo y los cuarenta días en los que transcurre La Odisea. Su estructura sigue lineal el desarrollo del poema. La obra comienza cuando Odiseo, luego de haber liquidado a los pretendientes de su esposa que asolaban su palacio, se reúne con Penélope; reencuentran sus cuerpos y luego ambos refieren qué fue de sus respectivas vidas en los veinte años que pasaron separados. Muerte, amor y conversación, resuelto por Vargas Llosa en un ingenioso diálogo entre amantes. Penélope le cuenta de la tela que tejía y destejía, mientras que Odiseo le narra sus aventuras en la cueva de Polifemo, en el Palacio de Circe, su descenso al Hades, el canto hechicero de las sirenas, el paso entre Escila y Caribdis, la matanza de las vacas de Helios, su larga estancia con la ninfa Calipso en la isla de Ogigia, le cuenta de Nausica en tierra de los feacios, su regreso a Ítaca disfrazado de mendigo, el asesinato de los pretendientes y el reencuentro. Vargas Llosa, como Odiseo, refiere sus aventuras mientras que Aitana Sánchez-Guijón no solo representa a Penélope sino que se desdoble en múltiples personajes. Fragmentos de la obra se pueden ver en You Tube. La representación se puede escuchar en Audible (con Pedro Casablanc sustituyendo a Vargas Llosa). El libreto de la obra se publicó en Galaxia Gutenberg en 2007.

Christopher Nolan adaptó La Odisea de Homero. Cristianizó a Odiseo. Transformó a Telémaco en un apologista de la “civilización griega” cuando esta aún no se forjaba. Introdujo actores para complacer a una audiencia woke. Pese a ello la cinta tiene múltiples aciertos. En lo personal prefiero la adaptación teatral a la cinematográfica de Nolan. Por supuesto que Vargas Llosa se toma también muchas licencias, es mucho más literario que visual. Sin embargo, a las imágenes que refiere el Odiseo de Vargas Llosa cada lector les da la forma que le permite su cultura literaria y visual. Prefiero con mucho los monstruos de mi imaginación que los creados por el director de la trilogía de Batman.

Vargas Llosa lee La Odisea de Homero y la transforma en La Odisea de Vargas Llosa. Narra los capítulos más conocidos y les confiere dramatismo, pero lo más destacado es el Odiseo erótico (y el disfrute de sus amores con Circe, Calipso y otras ninfas, así como el reencuentro amoroso con Penélope) y el Odiseo contador de cuentos. El Odiseo de Homero se encuentra con Mario Vargas Llosa contador de historias (el gran fabulador) en el momento en que, en la corte de los feacios, el aventurero cuenta su accidentada travesía y escucha cómo un cantor describe sus desventuras y triunfos en Troya. El lector entiende (y me imagino que los espectadores de la obra lo vieron de forma muy clara) que el narrador peruano en el escenario de pronto se transforma en el gran aventurero al escuchar su propia historia, y con lagrimas en el rostro reconoce: esta noche Homero soy yo. ~


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