“Tenía razón yo”: una lectura de las memorias de Raymond Aron

El filósofo francés fue uno de los intelectuales más importantes de la segunda mitad del siglo XX, pero su autobiografía es una obra vanidosa y plúmbea.
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Raymond Aron, nacido en 1905 y fallecido en 1983, fue un intelectual francés, uno de los pensadores liberales y sociólogos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Su obra abarcó prácticamente todas las ciencias sociales y las humanidades. Formado como filósofo (centrado en la filosofía alemana), escribió sobre Kant, Hegel y Heidegger; luego, en los años cuarenta, cuando empezó a interesarse mucho más por los asuntos internacionales, escribió textos seminales en ese ámbito, cuyo punto culminante fue probablemente el enorme Paz y guerra entre las naciones. Teoría de las relaciones internacionales, publicado en francés en 1962 y en inglés en 1966, muy celebrado por muchos, entre ellos Robert McNamara y Henry Kissinger. Durante l’État Français en Vichy y la posterior ocupación alemana de toda Francia, Aron estuvo exiliado en Londres, políticamente cercano a De Gaulle y a sus Fuerzas Francesas Libres. Su liberalismo le llevó, especialmente después de 1945, a posiciones fuertemente anticomunistas, y a la ruptura definitiva con su compañero de instituto Jean-Paul Sartre, así como a relaciones difíciles con muchos izquierdistas y comunistas franceses, y a enfrentamientos con jóvenes socialistas famosos como Pierre Bourdieu o politólogos consolidados como Maurice Duverger.

Su trabajo sociológico sobre la sociedad industrial de tipo soviético y capitalista fue, en mi opinión, extraordinario. Cuando en los años setenta leí los tres volúmenes de sus clases impartidas en la Sorbona a finales de los cincuenta y principios de los sesenta (18 Lectures on Industrial Society, La lutte des classes: Nouvelles leçons sur les sociétés industrielles, Démocratie et totalitarisme), quedé absolutamente impresionado. Y lo sigo estando hoy. Es un placer leerlos y he vuelto a algunos de ellos recientemente mientras redactaba Miradas sobre la desigualdad. Aron también produjo estudios de primera categoría sobre pensadores políticos y sociólogos: Durkheim, Maquiavelo, Marx, Montesquieu, Pareto, Weber y Tocqueville.

La combinación de carrera académica y periodística de Aron también merece destacarse. Durante una década después de la Segunda Guerra Mundial trabajó solo como periodista, sobre todo en Le Figaro, un diario de derecha y procatólico, pero más tarde, cuando se pasó a una carrera plenamente académica, siguió comentando asuntos de política y economía en medios diarios y semanales. Para un sociólogo de los años sesenta, estaba extraordinariamente versado en economía; de hecho, empezó a pensar y escribir sobre economía durante la Gran Depresión. Tras 1968, su ruptura con la izquierda, los comunistas y (como él los llama) los paracomunistas se volvió total e irrevocable. Siguió siendo una especie de consigliere de varios líderes políticos franceses, pero no está claro que estos, en la práctica política real, prestaran demasiada atención a Raymond Aron. Su relación con De Gaulle siguió siendo fría y distante.

Como muestra este esbozo –largo, e incompleto– de su vida, Aron, a lo largo de su extensa carrera, no solo fue testigo de los acontecimientos políticos más importantes en Occidente durante unos sesenta años, sino que conoció personalmente a casi todos los que eran alguien en las ciencias sociales y la política francesa, británica, alemana y estadounidense: desde filósofos como Léon Brunschvicg, Alexandre Kojève, Alain y Henri Bergson en su juventud, hasta De Gaulle, Léon Blum, André Malraux, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Paul Nizan, Roger Martin du Gard, Lionel Robbins, Friedrich Hayek, James Burnham (en sus años de estudiante y durante la guerra); y a cientos de otros después de la Segunda Guerra Mundial (desde George Kennan hasta Pierre Bourdieu, su asistente).

Así pues, tuvo una carrera extraordinaria y fue un hombre extraordinario. Pero ¿qué podemos decir más específicamente de sus memorias, publicadas justo después de su muerte, y en las que, dado que tienen mil páginas (en letra pequeña y casi sin márgenes) y contienen cientos de citas de sus publicaciones y de los escritos de la multitud de quienes lo alabaron o lo criticaron, Aron debió de trabajar durante años? Muchos de los documentos citados en el libro, o de las breves anécdotas, tuvieron que conservarse con el tiempo, los primeros en su forma física, los segundos como apuntes mentales o notas breves.

Examinaré este libro inmenso desde tres ángulos: estilo literario, opiniones políticas y contribuciones académicas. Estos tres puntos de vista ofrecen resultados muy diferentes.

El estilo. Para un científico social y escritor esencialmente francés (et qui se veut tel), el libro está escrito en un estilo extraordinariamente pedestre, en una prosa muy poco inspiradora. (Esto quizás se ve con mayor claridad en su discusión en absoluto original sobre los acontecimientos de 1968 en Francia y en otros lugares.) No hay frases ni párrafos que merezca la pena citar por sí mismos, que contengan observaciones o ideas llamativas, inusuales u originales. Quizá esperaba encontrar en las Mémoires de Aron reflexiones como las de las Mémoires d’outre-tombe de Chateaubriand o los Souvenirs [de 1848] de Tocqueville. No hay nada de eso. Mientras que los dos últimos están escritos con garra y una elegancia chispeante, cinismo y uso del ridículo (especialmente en Chateaubriand), la escritura de Aron es plana y aparentemente desapasionada. Ni siquiera las circunstancias extraordinarias de sus querelles con Sartre y Beauvoir, o más tarde con Bourdieu, se abordan de forma directa. No hay retratos de esas personas, algunas de las cuales conocía desde que eran adolescentes (Sartre) o veinteañeros (Nizan, Malraux).

Aron rehuye los desacuerdos frontales incluso en el libro. Evita dar una opinión sobre las personas con las que discutió, e incluso sobre aquellas con las que estuvo de acuerdo. Sustituye los retratos vitales e intelectuales que escribió con tanta habilidad sobre Marx y Maquiavelo por, en el caso de quienes conoció personalmente, insinuaciones desagradables: que Sartre le robó sin atribución una de sus ideas para L’être et le néant, dicho en media frase (p. 174); que evita la compañía de otros hombres porque no está dispuesto a escuchar y discutir, y –implícitamente– porque las mujeres, y no los hombres, lo adoran; que escribe ataques “pérfidos” y dice admirar solo a Dos Passos “en una América lejana” para devaluar así a “sus pares y rivales [franceses]” (pp. 612-3); que Bourdieu es “un experto en intrigas universitarias” (p. 441); que Duverger psicoanaliza a Aron en lugar de discutir sus opiniones.

Nada de esto juega a favor de Aron. En vez de enfrentarse con sus adversarios ideológicos de forma indirecta, con rodeos y evasivas, habría sido más valiente presentar retratos de esas personas, con sus luces y sombras. El lector tiene la impresión de una escritura falsa, o de un inmenso orgullo personal mal disimulado. La vanidad se muestra en las citas, a veces interminables, de fragmentos de sus propios libros y artículos, algunos presumiblemente de muy poca importancia, escritos a mediados de los años treinta en varios periódicos. Pero la vanidad exige que se citen, y una falsa humildad lleva a Aron a diseccionarlos con una objetividad fingida, repasando literalmente frases individuales, alegando que algunas eran demasiado optimistas, otras eran exactamente correctas, otras revelaron su calidad solo con el paso del tiempo, etcétera. Esta faux-critique tiene, en realidad, el propósito contrario: exhibir que siempre tuvo razón.

Y, si el libro carece de grandeza (característica tan apreciada por los autores franceses), ¿tiene humor? No, casi ninguno; nada de ligereza o soltura; apenas ironía. Todo está escrito de la manera más seria posible. Incluso sus escritos muy tempranos (cuando Aron tenía veinte años) son tratados como textos filosóficos importantes, hasta el punto de que una simple carta de cortesía de un filósofo destacado de la época –que acusa recibo del libro nuevo de Aron, pero que no ha tenido tiempo de leerlo– es citada por el Aron anciano con un orgullo apenas disimulado. Uno se pregunta por qué y cómo conservó cartas tan triviales y cómo las mantuvo pese a la guerra, la ocupación, el exilio en Inglaterra, los cambios de ciudad en Francia entre Toulouse, Burdeos y París. Por alguna razón, el Raymond veinteañero ya sabía que sería famoso y que escribiría unas memorias en su vejez.

Política. La mitad del libro trata sobre política; quizá todavía más si se incluye bajo “política” la discusión sobre la eficiencia económica del capitalismo frente al comunismo, o la crítica de la falta de libertad en los países comunistas. Pero incluso sin eso, la política francesa y europea desde mediados de los años veinte hasta los ochenta ocupa un papel enorme. Aron se enorgullece de haber permanecido fiel a sus creencias liberales (en el sentido europeo) y cosmopolitas. Aunque en algunos casos quizá lo hizo, en muchos otros esto puede ponerse en duda, incluso basándose en su propio relato. Examinaré varios casos.

Renania, 1936. Entre los acontecimientos que ocurrieron entre 1933 y 1939, la reocupación militar de Renania por Hitler es condenada sin ambigüedades. Se critica al Gobierno francés por no enviar al ejército a expulsar a los alemanes. El fundamento legal habría sido el Tratado de Locarno (desmilitarización de Renania). Pero hay varios problemas con este argumento. De hecho, Aron escribe extensamente sobre las inequidades del Tratado de Versalles, incluida la prohibición de desplegar el ejército alemán en Renania (p. 51). Pero si aquello era injusto, ¿por qué es ahora un crimen la remilitarización alemana de su propio territorio? Además, era más que ingenuo –incluso según el propio Aron, que conocía tan bien Alemania– creer que la Wehrmacht derrocaría a Hitler cuando él gozaba de un apoyo popular del 70-80% y comenzaba a deshacer un tratado percibido en Alemania como injusto y humillante.

España, 1936-39. Sobre la guerra civil española, Aron es sobre todo evasivo. No es que no la mencione, pero no puede apoyarse en los republicanos porque eso sería alinearse con los soviéticos y los comunistas, ni en los franquistas porque son aliados de los nazis. Al evitar tomar partido, en la práctica apoyaba probablemente la política de no intervención de Léon Blum y los británicos, que de facto significó la victoria de Franco.

Múnich, 1938. De nuevo ambivalencia. Aron no es partidario del apaciguamiento, pero tampoco de una guerra, especialmente si sería una guerra junto a los soviéticos, a quienes desprecia y de quienes sospecha extraordinariamente. Más ambigüedades, y nada más –salvo la invocación de los aliados democráticos de Francia en Europa del Este, que estaban siendo abandonados–. Pero ¿quiénes eran esos aliados democráticos? Excepto Checoslovaquia, ninguno. Polonia estaba gobernada por un régimen militar de partido único; Rumanía, Grecia y Yugoslavia por monarquías autocráticas. Otros países de Europa del Este eran aliados de Alemania, y Polonia y Hungría participaron con gusto en el desmembramiento de Checoslovaquia. Entonces, ¿dónde están los aliados democráticos abandonados en Múnich?

Pasemos a la descolonización.

Indochina, 1946-54. Aron es partidario de la independencia de Vietnam, Camboya y Laos, pero con la condición de que permanezcan dentro de la Communauté Française. ¿Qué significa realmente independencia dentro de la Unión Francesa? El argumento a favor de este cuasi-colonialismo es geopolítico. Si Indochina mantiene una estrecha relación con Francia, el supuesto “títere” soviético Ho Chi Minh no podrá llegar al poder, y así se preservará la libertad en Asia. Obviamente, semejante argumento a favor del colonialismo continuado es hoy tan endeble que resulta embarazoso incluso mencionarlo.

Suez, 1956. La situación empeora. En principio, Aron estaba en contra de una acción militar contra Egipto, pero dado que Nasser se comportaba de manera “provocativa” (¡nacionalizar un canal en su propio país era una provocación!) y apoyaba la independencia de Argelia, franceses y británicos tenían derecho a reaccionar. La invasión de Suez por Francia, el Reino Unido e Israel ocurrió exactamente al mismo tiempo que la invasión soviética que aplastó la revolución húngara. Aron no advierte que el mismo argumento de política internacional que usa para justificar el ataque contra Suez podía ser usado (y fue usado) por los soviéticos para justificar su represión de los húngaros. Y después, de forma extraña:

No encontraremos en Suez la solución a los problemas de Túnez, Marruecos y Argelia. Nuestra única esperanza, nuestra única posibilidad, es que el golpe [le coup] contra el hombre que encarna el fundamentalismo islámico [presumiblemente Nasser] transmita a nuestros interlocutores la idea de un coraje supremo contenida en ese mensaje. (p. 451; mi traducción).

Argelia, 1958-65, donde estuvo espectacularmente acertado… y fue valiente. Ya fuera por haber visto la inutilidad de mantener el imperio francés o por percibir el curso de la historia y la construcción nacional, Aron estuvo dispuesto a aceptar la independencia argelina e incluso a promoverla. Escribe pronto un libro, La tragédie algérienne (1957), defendiendo la independencia. Mientras que en Indochina había un subterfugio –aceptar en principio la autodeterminación, pero vaciarla de contenido al exigir que los nuevos países permanecieran en una coalición occidental más amplia–, diez años después no queda nada de eso. Aron está sin ambigüedades a favor de terminar la guerra y conceder la independencia, pese al previsible éxodo francés. Su postura es extraordinariamente valiente porque le enfrenta con todos los que antes lo apoyaban. La izquierda no va a correr en su ayuda, después de que él la hubiese rechazado tantas veces; la derecha está furiosa por su traición. Fue su mejor momento.

La Ostpolitik francesa en los años sesenta. Una crítica generalizada de la política de De Gaulle (desde su rechazo de toda legitimidad del régimen de Vichy hasta su asunción de poderes plebiscitarios en 1958) se vuelve muy concreta en el desacuerdo de Aron con las aperturas de De Gaulle hacia la Unión Soviética y Europa del Este. Aron las explica “por la psicología del General más que por el análisis político” (p. 555), introduciendo así una explicación de Gran Hombre que en otros contextos ridiculiza. La crítica se extiende a la Ostpolitik de Alemania Occidental e incluso a los Acuerdos de Helsinki y al muy sensato deseo de Giscard d’Estaing de aumentar el comercio con la Unión Soviética. Aron se equivocó. Fueron precisamente los contactos económicos y políticos con los regímenes comunistas del Este (muchos con fidelidad dudosa al Kremlin) los que llevaron a la transformación de Europa del Este y al ascenso de Gorbachov. El implacable antisovietismo de Aron muestra aquí sus límites prácticos y su ceguera: para alejar la “amenaza” del comunismo en Europa Occidental, era mucho más prudente y productiva la política de distensión que el anticomunismo oscurantista defendido por Aron.

Es una crítica fácil, y la mencionaré en una sola frase: este libro, que habla tanto de relaciones internacionales, casi no menciona China, India, Indonesia, África, los países no alineados, el Nuevo Orden Económico Internacional, Bandung, Mao, Zhou Enlai, Gandhi, Nehru, Nkrumah, Kaunda, Sukarno… El “mundo” se limita a dos grandes potencias y tres potencias europeas menores.

Como muchos políticos y politólogos, Aron tampoco pudo –pese a sus afirmaciones– mantener una posición ideológica coherente. Las cosas eran complicadas y turbias: la política interna interactuaba con la internacional, los ideales debían doblarse, se preferían pis-aller a soluciones nítidas, los principios se olvidaban para quizá aplicarse más tarde. Nada de esto es sorprendente. Pero nada de esto es reconocido –ni siquiera a medias– por Aron.

Escritos académicos. Dado que Aron describe o reproduce con detalle casi todos sus escritos, tenemos la suerte de que cubre también sus contribuciones más importantes. Los capítulos que encontré más interesantes son los que tratan de su enseñanza de sociología, su relación con autores canónicos y la discusión sobre las sociedades industriales modernas, basadas en el mercado o en la planificación. Como ya mencioné, creo que esos textos fueron excelentes. No los discutiré aquí salvo para señalar que Aron fue de los primeros en comprender correctamente el problema de la planificación económica y la producción en las economías de tipo soviético. No lo hizo desde el punto de vista de Hayek, sino que cuestionó la utilidad, para los ciudadanos corrientes, de aumentos del PIB que procedían de la producción de miles de tanques o de miles de tractores que se averiaban rápidamente tras ser fabricados. También subrayó la ineficiencia de la inversión planificada –un hecho que se volvió bastante evidente en los años setenta, pero que muchos no vieron diez o más años antes–. Su preocupación era –y en esto estuvo, creo, más cerca de la verdad que Hayek– que las altas tasas de crecimiento de las economías soviéticas quizá no eran falsas en sí mismas; pero incluían cosas que apenas repercutían en el bienestar de la población, o bien el crecimiento era un crecimiento de baja calidad, de modo que si cada par de zapatos duraba solo un año, una enorme producción anual de zapatos (cosa que era cierta en la Unión Soviética) apenas implicaba una mejora en el bienestar.

Aron menciona que en sus tres libros (basados en sus clases en la Sorbona) fue menos crítico con las sociedades de tipo soviético que en otros escritos y en su pensamiento íntimo. Encontré esta neutralidad científica precisa sumamente atractiva. Analizar las sociedades soviéticas como sociedades de clases usando conceptos marxistas (control de los medios de producción, posición privilegiada en la distribución del excedente) y también como gobernadas por una élite, siguiendo a Pareto, fue una gran fortaleza de esos tres libros. El contraste Marx-Pareto iluminaba mucho mejor los problemas que utilizar solo a uno u otro. Importante también fue la introducción por Aron del concepto de sociedad industrial, que para crecer –objetivo compartido por ambos tipos de sociedades industriales modernas– debía “resolver” los mismos problemas económicos: cómo organizar la producción, cómo estimular a la gente a trabajar, cómo distribuir los productos de ese trabajo.

La contribución de Aron a la teoría de las relaciones internacionales está en dos libros: Le Grand Schisme (1948) y, más tarde, el monumental Paz y guerra entre las naciones. Es interesante que reconoce (p. 386) que uno de los conceptos clave introducidos en Paz y guerra entre las naciones –el de sistemas políticos homogéneos y heterogéneos; los primeros donde los Estados, tanto en paz como en guerra, se basan en el mismo principio de legitimidad, y los segundos donde esos principios difieren– proviene de una tesis doctoral del politólogo griego Panagis Papaligouras. En Mémoires, la mayor parte de la discusión de Paz y guerra entre las naciones se refiere a cuestiones nucleares: el poder disuasivo, la destrucción mutua asegurada, la respuesta flexible, etc., incluida la interpretación de la force de frappe nuclear independiente francesa. Los temas de teoría de las relaciones interestatales y sociología, que constituyen las partes más importantes de Paz y guerra entre las naciones, apenas son mencionados. Sorprende un poco (al menos a mí) que, pese a los numerosos elogios y reuniones privadas concedidos al autor de Paz y guerra entre las naciones, el libro tuviera un éxito bastante limitado en Estados Unidos, tanto entre los académicos como entre los responsables políticos.

Terminaré la reseña con una nota personal. Mémoires de Aron no es un libro que recomendaría leer entero a nadie que no esté plenamente dedicado al estudio minucioso de la historia política o intelectual francesa del siglo XX. No es un libro divertido ni fácil de leer. Provoca frustración incluso entre sus lectores bien intencionados y atentos. Uno no puede dejar de preguntarse cómo una persona extremadamente inteligente, con una erudición y experiencia políticas, académicas y periodísticas tan incomparables, podía pensar que la mejor manera de presentarse ante la posteridad era escribir un libro de mil páginas en el que seiscientas son selecciones de sus propios escritos, desde los más oscuros hasta los más célebres. ¿Acaso unas memorias deben ser unas obras completas? El lector se da cuenta de que es un participante involuntario en un proyecto de autoengrandecimiento y ensimismamiento; de que la vanidad del autor es tan enorme y lo ha invadido todo en detrimento de sus propios intereses; o bien de que la incapacidad del autor para entender los intereses y pasiones humanas normales es tan grande que uno inevitablemente se pregunta: si hay tal falta de empatía, ¿cómo podemos confiar en que fue capaz de presentarnos las verdaderas motivaciones de los distintos actores políticos que encontró a lo largo de su larga e ilustre carrera?

PS. No conocía la nueva edición de las Mémoires de Aron hasta que la vi expuesta en una librería de Ginebra. No fue difícil convencerme de comprar el libro.

Publicado originalmente en el Substack del autor.


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