Foto: Presidencia de la República.

Trampa desde la máxima tribuna

Desde el gobierno actual se ha construido la farsa de que la libertad de prensa no debe cuidarse como un principio democrático, sino solamente como herramienta para los periodistas que, a juicio del poder, hagan bien su trabajo.
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No hay acoso, me dicen en redes algunos tuiteros que siguen dialogando conmigo a pesar de las diferencias. Les pido que elaboren. No hay acoso, explican, porque las palabras del presidente a) no son contra todos los periodistas, b) son justificadas porque está poniendo sobre la mesa lo que le parece mal de unos cuantos.

Quienes esto afirman no son bots ni son tuiteros violentos que busquen agredirme. Son personas con un punto de vista alineado con el del presidente de México en un contexto de protestas inéditas de reporteros, de aumento de los asesinatos a comunicadores y de duras respuestas de Andrés Manuel López Obrador ante información que involucra a su hijo mayor.

Lo que ahora hay es transparencia en la actitud presidencial, continúan mis interlocutores. Antes, dicen, se pagaba a los reporteros por callar y ahora se ventila lo que el presidente considera injusto o mal reportado. En todo caso, afirman, hemos dado un paso hacia delante en la relación entre la prensa y el poder.

Aunque no lo crean y aunque se diga con otras palabras, todo eso sale de Twitter. Y es interesante, porque es el punto de vista de quienes consideran que los periodistas abusan, que son adversarios de un presidente distinto, que les mueve un interés mercenario o un objetivo ideológico.

¿Existía esta impresión antes de que Andrés Manuel López Obrador llegara a la presidencia, o es él quien la ha construido? La tendencia hacia la desconfianza en medios tradicionales comenzó antes del arranque del actual gobierno, según diversos estudios. De acuerdo con Parametría, por ejemplo, la confianza en la prensa escrita pasó de alrededor de 50 por ciento en 2002 a solo 19 por ciento en 2017, un año antes del triunfo de López Obrador. Otros estudios, como los de Latinobarómetro o las investigaciones de María Elena Gutiérrez Rentería, no muestran cifras tan bajas (están alrededor de 37% para el 2021), pero también registran una tendencia en descenso.

Así que el presidente no es la causa directa del descrédito, o por lo menos, no es la única causa. Lo que sí es producto presidencial, hecho en casa lopezobradorista, es la construcción en el imaginario de un mundo en el que es válido violar las leyes y acorralar a periodistas específicos porque ellos se lo merecen.

Y nuevamente aludo a las razones que me ofrecen en Twitter: no hay ataque a todos los periodistas, solo a algunos y está justificado, dicen. Eso sí que es un discurso post 2018 y no tiene qué ver con la desconfianza hacia la función de la prensa, sino con la construcción de un discurso binario que distingue entre periodistas buenos y periodistas malos para justificar los ataques a los segundos. Muy parecido a la justificación de la tortura para los que se asume que sí son delincuentes. Pero no se preocupen, los derechos humanos están garantizados. Solo son los de los malos los que se violan porque tampoco hay que dejarse.

Buenos y malos periodistas siempre han existido. Mercenarios y analfabetas conviven con intelectuales de altas miras y con militantes de la causa de moda. Reporteros rigurosos se codean en este mundo con boletineros, y además algunos de los que lo tienen todo (rigor, carisma, capacidad de investigación) tienen cola que les pisen. Es lógico. Son seres humanos y los hay de todos los colores, calidades y tamaños. 

Pero distinguir entre los buenos y los malos para justificar el uso de la fuerza verbal presidencial (que no es inocua) y el uso del poder para investigar a un periodista es un dislate. Es una trampa. Busca construir la farsa de que la libertad de prensa no debe cuidarse como un principio democrático, sino solo como herramienta para los que, a juicio del poder, hagan bien su trabajo.

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