Triunfa el patriarcado racista, misógino y xenófobo en Estados Unidos

Lo que esta elección ha demostrado es la persistencia de una sociedad tradicional, patriarcal, racista y rural.
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La pesadilla se materializó. Si alguna vez usted pensó que la presidencia de George W. Bush fue un desastre para Estados Unidos y para el resto del mundo, ¡prepárese!

En un verdadero acto de contrición, humildemente, confieso que me equivoqué en mis pronósticos de principio a fin. No creí que Donald Trump sería el candidato republicano y nunca, hasta bien entrada la noche de la elección, pensé que  ganaría la presidencia. Siempre creí, basado en las encuestas nacionales, que Hillary arrasaría y que en el Senado cambiaría el balance de fuerzas. Me equivoqué también porque el triunfo de Barack Obama en 2008 y su reelección en 2012 me hicieron pensar que la mayoría de los votantes admitían que el país había transformado su blancura original en un arcoíris en el que los colores de la piel coexistían pacíficamente. Hoy compruebo que esta aceptación y esta tolerancia solo se aplica a la mitad de la población y que la otra mitad le creyó a un demagogo populista que les promete recuperar un pasado que es irrecuperable por definición.

Es posible que Hillary Clinton haya ganado el voto popular, a la hora de escribir esta columna se reportaban 59,606 votos a su favor contra 59,399 a favor de Trump pero todavía faltaba precisar cómo quedó la votación en cinco estados. Cualquiera que sea el caso, esto significa que vivimos en un país dividido en dos partes casi iguales con muy pocos puntos de coincidencia. Peor aún, en enero tendremos un Partido Republicano muy fortalecido que seguirá controlando las dos cámaras del Congreso y ahora el Poder Ejecutivo. Además, muy probablemente, también inclinará a la derecha a la Suprema Corte de Justicia alineando así a los tres poderes dentro de un proyecto de nación de derechas.

Y mientras empiezo a explorar si puedo volver a emigrar a otro país, trato de entender por qué pasó esta desgracia, qué va a pasar en este país, en el mundo y en México. Pero admito que no es nada fácil entender lo que está pasando. Lo que esta elección ha demostrado es la persistencia de una sociedad tradicional, patriarcal, racista y rural.

Me explico: Trump lleva dos años diciéndonos que Hillary Clinton es una sinvergüenza que debería estar en la cárcel y Hillary lleva el mismo tiempo diciéndonos que Trump es un psicópata no apto para dirigir los destinos del país más poderoso del mundo. Esta madrugada, mágicamente, todo cambió. En su discurso de aceptación del triunfo en la elección, Trump le pidió a sus seguidores que le reconocieran a Hillary “la deuda de gratitud que se le debe por sus servicios al país”. De la noche a la mañana, literalmente pasó de ser la peor Secretaria de Estado a una servidora pública ejemplar.

Otra joya para mí inexplicable es que con una insistencia nunca vista antes, el presidente Obama hizo campaña en favor de Hillary repitiéndonos hasta el cansancio que Trump no está capacitado para ser presidente. Al día siguiente de la elección le invitó a la Casa Blanca a planificar la transición. Entiendo y admiro que en un país civilizado y democrático no pueda ser de otro modo. El presidente no escoge a su sucesor, los votantes lo escogen y los votantes escogieron al barbaján. Lo irritante es tener que admitir que lo que se dice en campaña es diametralmente opuesto a lo que se dice una vez terminada la campaña.

 

 

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