Carta desde Lima. La fiebre y el dedo

Mientras la desgracia nos toca de cerca, yo escribo sobre el dedo de mi pequeña hija mordido por una puerta.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

Te das cuenta cuando te mira sin responder. Horas antes había marcado con su vómito la calle y, poco después, el piso de su habitación, al lado de su cama. Lo observo: los ojos grandes enmarcados por una sombra que me acobarda. La respiración rápida que anima el cuerpo frágil y vencido. Le pregunto si se siente mejor y Joaquín me mira absorto, como si me hubiera convertido en su programa favorito de televisión. Te das cuenta entonces que debes tomarlo en brazos y bajar las escaleras, repitiendo un simulacro de incendio. Mi esposa nos esperará en casa. A esa hora, no hay quien se quede a cuidar a la bebé.

Las calles del domingo, felizmente, no ponen obstáculos al vuelo del auto. Ignoro al policía que me pide que estacione correctamente el vehículo. Recojo a mi hijo del asiento trasero y cargo con él. Corro a grandes trancos, sorprendo, asalto, gano la estación de emergencias. Mi hijo se queja de un agudo dolor abdominal. Suponía que, como ocurre en las teleseries médicas, delante de nosotros se abriría todo un eficiente despliegue de camillas, paramédicos, enfermeras y cirujanos. Qué ingenuo puede ser un padre joven. Cuando en recepción me avisan que otros niños han llegado primero y que debo esperar mi turno, descubro que la palabra emergencia solo son letras rojas pintadas sobre una lámpara halógena.

Niños lloran delante de mí. Sus madres los abrazan como yo. Joaquín me repite que le duele su barriguita. Luego calla al quedarse dormido. Delante nuestro hay una niña que espera que le retiren los puntos de un dedo herido, otro ha llegado por una hernia. una mujer se salta la fila e irrumpe en urgencias diciendo que la fiebre devora a su hijo. Ha usado esa palabra: devorar. Yo pienso qué reglamento extraño define que las emergencias se atienden por orden de llegada y no por el sentido común. Me quejo ante la enfermera y la enfermera me pide paciencia. Al llegar su turno, una mujer que esperaba con una tranquila niña de la misma edad que mi hijo, y que ha escuchado sus gemidos, me cede su turno. Yo agradezco conmovido tan enorme generosidad. No todo está perdido, pienso. 

En la sala de observación procedieron a inyectarle vía endovenosa el suero. El examen de sangre resultó más doloroso para él. Joaquín soportó dos jeringas clavadas en sus brazos sin gritar. No quería expresar su miedo porque le había prometido adelantarle un regalo de Navidad al volver a casa. Afuera los niños claman de dolor y miedo, pero mi hijo lo soporta todo porque un premio lo espera.

Cuando vuelve a caer dormido, me extiendo a su lado y compartimos la camilla. Gota a gota de suero salino, sus mejillas vuelven a adquirir color. Sus ojeras desaparecen. Ese era el regalo que yo esperaba. En la noche más oscura de mi vida, el miedo se disuelve.

******

Hace poco tiempo, mi pequeña Montserrat se pilló el dedo pulgar con la puerta. La verdad, no pensaba escribir sobre su accidente. No estaba en mi interés contar que, pisando los pasos de su hermano, convertida en su sombra, estuvo donde no debía estar cuando Joaquín cerró tras él la puerta del baño. Yo no estuve. Me lo contó mi esposa. Mi pequeña hija soltó los gritos más desgarradores que podía dar una criatura que recién conoce el dolor. Una hora después, alcancé a ambas en la clínica. Mi bebé tenía el pulgar vendado y en su cara, repuesta del llanto, había la mirada más conmovedora, la de toda víctima inocente. 

Revisamos con el doctor las tranquilizadoras placas de rayos X, que desecharon cualquier posibilidad de fractura. Por primera vez vi los huesos de mi niña de un año y cinco meses, tan pequeños, tan cartilaginosos aún, felizmente intactos. Pensé que no iba a escribir sobre eso, repito, especialmente porque no había nada que pudiera trascender la conmoción de todo accidente, o del dolor que sentimos los padres por transferencia. 

En el auto, de regreso a casa, Montserrat, ya atendida, ya con el dedo vendado, elige chupar el otro pulgar para tranquilizarse. Yo, en cambio, pienso que hubiera ofrecido gustoso darme un martillazo sobre la cutícula si con ello pudiera haber evitado lo sucedido, como si se pudiera plantearle al destino intercambiar mi lugar con el de mi hija. Tan débil me sentía por su pequeño pulgar en carne viva, con la uña arrancada, que repetí, en diferido sobre el volante, su llanto. Cobarde como soy, siempre fui incapaz de mirar la herida en el dedo que, día a día, su madre se encargó de limpiar y volver a arropar cariñosamente con gasas asépticas. 

El tiempo me da una razón para escribir esta columna. Pasadas dos semanas, el pulgar en carne viva ya había cicatrizado y, liberado de las vendas, empezaba a regenerarse. Entonces empecé a apreciar su recuperación. Al inicio, la punta de su pulgar parecía un pequeño muñón. Luego, asomando tímidamente día a día, va apareciendo una uña que, para su padre, tenía la grandiosidad de un amanecer. Una semana más tarde, la más bella escama ha crecido ya unos milímetros y ha cubierto la mitad del camino. 

El sábado pasado perdimos a un amigo. Y mientras la desgracia nos toca de cerca, yo escribo sobre el dedo de mi pequeña hija mordido por una puerta. Yo mismo intento entender la elección del tema. Supongo que es mi forma de encontrar fuerzas para seguir y resignación para entender lo absurdo. Lo cierto es que aquella pequeña uña que crece se ha convertido para mí en la metáfora de lo verdaderamente importante. Un símbolo de que, aunque la violencia quiera arrancárnoslo todo, la esperanza, creciendo pequeñita en medio de las heridas, prevalece.


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: