Querida Bárbara:
Del pueblo de mi novio, donde estamos, al pueblo de mi abuela hay 6 km. En el pueblo de mi novio no hay nada, el de mi abuela me parecía pequeño, pero al lado del de mi novio, es una verdadera capital: dos tiendas, dos bares y, sobre todo, niños; que es lo que les importa a los míos. Cada verano es un poco lo mismo: mi hija mayor quiere ir al pueblo de mi abuela, donde ya tiene amigas, y a la familia de mi novio no le sienta muy bien, la verdad.
El caso es que la carretera que va de un pueblo al otro es malísima, pero malísima de verdad, es estrecha, llena de curvas y el asfalto está lleno de baches. Es tan mala que si te viene otro coche, hay que parar y apartarse a un lado para que pase el otro, etc. Es uno de mi temores. Era. Volviendo de llevar a mi hija al pueblo de mi abuela, después de haber pitado antes de entrar en una curva triple, un poco destornillador, ha asomado el morro un coche de la guardia civil. Lo tenía él peor que yo, aunque yo soy mucho peor conductora que cualquiera. He tenido que ir marcha atrás pegándome cada vez más al lado derecho, el del barranco, para hacerle sitio. Se ha bajado para indicarme y entonces, detrás, ha asomado el morro un segundo coche de la guardia civil.
El final feliz de nuestra aventurilla no ha servido para calmar el llanto de mi hija pequeña. La foto de mis zapatillas la hizo ella.
Un beso

Querida Aloma:
Una dificultad que me gusta encontrar en las carreteras son los rebaños de ovejas. Me he acordado porque por delante de la ventana del cuarto donde estoy escribiendo esto pasa uno a diario. Deben de estar a punto de llegar. Y mientras lo escribo encuentro que la foto que te mando es también la de un rebaño. Es de la exposición Cabezas cortadas, de Pepe Barro, que visitamos hace unos días en la Casa da galería en Castro de Rei y que está entre la pareidolia, la papiroflexia y el objeto encontrado. ¡Y entre la guerra de los mundos, la foto de familia y el reciclaje!
La vimos hace unos días, pero me volví a acordar de ella anoche cuando al abrir la nevera vi abandonado un fragmento del cartón donde venían seis botellines de cerveza, que también me pareció una cara.
A pocos kilómetros de esa ventana, en Torroella de Montgrí, hay otra exposición curiosa. Se llama Portes endins, el arxius dels alltres, la ha comisariado Félix Pérez-Hita y muestra una selección de fotografías del archivo del fotógrafo y anticuario Jordi Baron, que a lo largo de los años ha reunido una gran colección de lo que, me enteré ayer, se conoce como fotografía vernácula. Se trata de fotografía doméstica, sin afán artístico ni científico, casi ni documental. Son quizá los recuerdos de gente de la que no conocemos más que esas fotos. Las ha ido encontrando en subastas, rastros, etc., y hay encuadres raros, revelan obsesiones ocultas, mensajes llegados del pasado. Aquí delante tengo el catálogo, que es una publicación muy bonita desde la que me mira un anciano a punto de levantar unas pesas de halterofilia. Las fotos son dos, y en la segunda ha conseguido levantarlas. De pronto caigo en que solo se ve la barra y las pesas están fuera del encuadre y quizá no existan, quizá la foto sea un sencillo truco o una broma, el anciano no sea un forzudo sino un bromista que se ha aliado con el fotógrafo para sostener una ligera barra y engañarnos a todos.
En el ínterin han pasado las ovejas por debajo de la ventana, avisando con los cencerros. Levantan tal polvareda que parecen fantasmas que caminan entre la bruma.
Abrazos,
Bárbara

Querida Bárbara:
Esta mañana, desde la cama en la que me he quedado más de lo que debería, y no solo leyendo una novela de Dubravka Ugrešić, me parecía oír cencerros de ovejas, pero no las he visto, así que sin duda eran las tuyas, que me llamaban a despertarme y responderte.
En Cantavieja entré en el museo del carlismo que hay, tuve que esperar un rato antes de que la chica me atendiera para explicarme que no podría entrar en el museo hasta una hora y media después porque ella tenía que irse a hacer la visita guiada por el pueblo y cerraba el museo. En ese rato, mientras les explicaba a otros turistas qué pueblos merecía la pena visitar (Puertomingalvo es precioso, lo tenéis a una hora), me entretuve mirando el merchandising: boina roja carlista y camisetas con el lema “Maestrazgo, territorio de guerras carlistas”. Total, que nos fuimos y me compré un corazón de piedra negro para sustituir a la medalla con un colibrí que perdí buceando con mi hijo.
La novela de Ugrešić que estoy leyendo creo que no la has leído, es El Museo de la Rendición Incondicional, tiene otros traductores que el resto de libros que he leído de ella, y creo que lo noto en algunos capítulos (un traqueteo que no es suyo). Me quedan unas cien páginas por leer. Tiene siete partes y dentro de las partes hay capitulillos con sus propios títulos, “La noche de Lisboa” es, creo, mi favorito. Ojalá lo leas pronto o yo me equivoque y lo hayas leído y podamos comentarlo.
De momento, eso es todo
Un beso