Carta desde Buenos Aires: Entre el “necro-grotesco” y la protesta

En la inauguración de la Feria del Libro de Buenos Aires se pusieron en escena las divisiones que atraviesan a la comunidad cultural –y a Argentina–.
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Desde hace un tiempo, hay un meme que circula en redes sociales con la frase: “Argentina, no lo entenderías”. Alude a situaciones bizarras, patéticas o anormales que, naturales para quienes vivimos en Buenos Aires, resultan insólitas para un extranjero (o para quien logre desautomatizar la mirada). La inauguración de la última Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, sin dudas, podría ser una de ellas.

El acto de apertura, que se venía promocionando como un diálogo entre tres grandes escritoras –Selva Almada, Gabriela Cabezón Cámara y Leila Guerriero– se realizó dentro de una carpa y empezó con más de una hora de demora. La entrada fue por demás caótica y los murmullos y movimientos proliferaban en ese espacio que, por alguna razón, estaba iluminado en tonos azules, como una fiesta descontextualizada. El retraso se debió a una sorpresa a medias (los rumores, se sabe, corren rápido): un breve concierto de Fito Paéz, quien tardó en llegar por el caos de tránsito que produjeron los preparativos de la exhibición de Fórmula I de Franco Colapinto (“¿por qué suporponen eventos?”, nos preguntábamos varios con la indignación que genera la falta de lógica organizativa).

La cuestión es que, tras algunas canciones de Páez y luego de que el presidente de la Fundación El Libro, Christian Rainone, leyera los datos y agradecimientos de rigor, hizo su entrada triunfal Leonardo Cifelli, secretario de Cultura de La Nación. Y entonces el clima viró de recital íntimo a cancha de fútbol en un abrir y cerrar de ojos. A los abucheos iniciales su sumó, casi al instante, un grupo de Hijos (la agrupación que reúne a los hijos e hijas de desaparecidos durante el último golpe militar) que levantaron carteles con la leyenda: “¿Hasta cuándo nuestros libros junto con Martínez de Hoz y la Sociedad Rural?” (vale la aclaración: la Feria se realiza en el predio de la Sociedad Rural Argentina y José Alfredo Martínez de Hoz, ministro de Economía de la dictadura, provenía de una familia históricamente ligada a la Sociedad Rural, representando los intereses agroexportadores que dominaban ese espacio).

Algún que otro grito resonó también en la carpa: “¡50 años de complicidad con la dictadura, que digan dónde están!”.

Fiel al espíritu de época, Cifelli no se amedrentó sino que solicitó imperativo que bajaran “las pancartas”. Y enseguida provocó, irónico: “Chicos, son cuatro gatos locos”. ¿La respuesta? Una bataola de insultos que encendieron aún más al secretario de Cultura quien, siempre dispuesto a subir la apuesta, agradecióa Javier Milei y devolvió los silbidos de un auditorio ampliamente perjudicado por los recortes en el área cultural. “Por si no entendieron, se los repito de nuevo. Gracias a Javier Milei y a Karina Milei”, enfatizó Cifelli, seguido de la afirmación de que el presidente vino a “ordenar” el país: “¿O arreglaron ustedes lo de YPF?”.

El comité de Perú, país invitado de honor de la Feria, observaba atónito y en silencio desde las primeras filas. Yo me preguntaba cuánto know-how tendrían de esos asuntos; la extraña sensación que se experimenta cuando una familia disfuncional se pelea en público y saca, como se dice, “los trapitos al sol”.

Un poco más atrás, el ambiente se seguía caldeando: un grupo de hombres jóvenes sentados en las filas medias empezaron a alentar a Cifelli al grito de “Argentina, Argentina, Argentina”, cual barrabravas envalentonados. Su función, claramente, se limitaba a contrarrestar los abucheos al funcionario.

Dos horas habían pasado ya. Y poco se había hablado, hasta entonces, de libros.

Finalmente, llegó el momento de escuchar a las escritoras. Una vez más, la temática social y política no estuvo ajena a la conversación. Ya de entrada, Gabriela Cabezón Cámara, autora de Las niñas del naranjel, apareció con una camisa bordada en señal de protesta por la modificación de Ley de Glaciares que impulsó el gobierno nacional. “El agua vale más que todo”, decía la prenda, y Cabezón Cámara convocó a los presentes a asistir a la marcha de antorchas que se realizó el último sábado. “¿Cómo podríamos defender las librerías más que comprando libros o encontrándonos en las librerías? Si los salarios promedio de los argentinos son de 800 mil pesos, entonces los libros resultan caros. Elevar los salarios sería una buena idea”, señaló también la escritora, que calificó el momento actual del país como “necro-grotesco”.

Almada, por su parte, cuestionó la situación que atraviesa la educación. “Los sueldos de los docentes son miserables y eso vulnera el derecho a la lectura de niñas y niños”, señaló la autora de Una casa sola, mientras Leila Guerriero, autora del premiado La llamada, atinó a resaltar lo evidente: La sociedad está intoxicada por la degradación y el peligro, alertó. “Ese discurso de agresividad es un hongo venenoso, y promover esos discursos desde el poder me parece una irresponsabilidad gigantesca”.

Desde mi asiento, cansada y aturdida bajo el reflejo azul, sentí una puntada en el pecho por todo lo que ocurría ahí, en la meca de los libros, ese espacio donde las palabras deberían desplegar su enorme poder y potencia creativa. Ahí donde el secretario de Cultura de la Nación, abajo del escenario, ya no escuchaba lo que se decía. ~


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