11 de marzo

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VIVOS POR AZAR

Aún era de día cuando salí de casa para ir a la manifestación. Habían cortado la Castellana al tráfico desde Nuevos Ministerios y cientos de personas, bajo la lluvia, se dirigían andando hacia Atocha por las aceras, los pequeños espacios verdes, el centro de la calzada. Durante varias manzanas, cuando aún había espacio entre los manifestantes y era posible avanzar, sentí una sensación física de alivio. Las bombas, que despedazan a sus víctimas, provocan que los vivos, aterrorizados, se encojan. Pero aquella tarde, con cada paso que daba, me iba enderezando. Desde las calles adyacentes llegaban hombres, mujeres, chavales y hasta bebés, en brazos de sus padres. Dos millones de personas marchaban hacia Atocha. La lluvia, cada vez más intensa, sonaba con la fuerza del río cuando golpea las piedras. Mientras los miles de heridos desconocidos empezaban a recuperar sus nombres y sus historias en los periódicos, en las radios y en las televisiones, nosotros, los vivos por azar, perdíamos nuestros nombres y nuestras historias. Ocultos por los paraguas, éramos un inmenso cuerpo que respiraba y gritaba su indignación, su miedo a la muerte, su deseo de vida. Anocheció y la luz de las farolas se reflejó anaranjada en los paraguas. Desde el cielo parecíamos lenguas de lava que avanzaban a contracorriente hacia la boca del volcán abierta en Atocha. Aquella manifestación era un ritual colectivo de resurrección: éramos el cuerpo revivido frente al cuerpo despedazado y esparcido en El Pozo, Santa Eugenia y Atocha. Pegados los unos a los otros para reparar la piel rota, sosteniéndonos erguidos para soldar los huesos destrozados, uniendo nuestras venas en una gigantesca red de sangre.
     Luego nos separamos. ~

     — Nuria Barrios
     Nuria Barrios (Madrid, 1962) es escritora. Ha publicado las novelas
Amores patológicos (1997), El zoo sentimental (2000) y
Balearia (2000), y tiene en prensa el poemario El hilo del agua.

 

NO OLVIDAR

Sería una obviedad señalar por qué la gente recuerda el día de su boda. Yo recordaré el mío porque, además de casarme, hubo en Madrid un salvaje atentado terrorista. Lleno de rabia, de asco y de dolor, llamé al Ayuntamiento para saber si las bodas civiles se suspendían. Cualquier decisión la juzgaría acertada: si se aplazaban, como muestra de luto por el dolor que casi todos los españoles sentíamos; si se mantenían, como señal de que los terroristas no ganarán la loca batalla que ellos, sólo ellos, han empezado.
     Las bodas no se suspendieron, y me casé el 11-M en la Junta de Moncloa. Viajamos a Praga. Olvidarse por completo de los trenes era imposible, y no sólo por las banderas checas a media asta. Llevábamos Madrid en el corazón, ese Madrid de españoles de todas partes y de rumanos, ecuatorianos, peruanos, dominicanos, ese Madrid de cuerpos y vidas destrozados. Sentí no estar en la manifestación de repulsa. Cada vez que volvíamos a la habitación poníamos las noticias, en inglés. Esa mujer que llamaba a Montse, entre dos explosiones; esa niña de siete meses, la muerta número 199. Y, como siempre, lo mejor y lo peor aflorando y mezclándose. Entre lo mejor, los millones de manifestantes, indignados pero serenos, y todos los médicos y sanitarios. Y entre lo peor, algunos exaltados llamando asesinos a políticos del PP, o Almodóvar, difundiendo ante la prensa internacional la mentira de un supuesto intento de golpe de Estado.
     Los que continuamos vivos tenemos la obligación de seguir con la vida y de no olvidar a las víctimas del terrorismo. Nuestra mayor, nuestra más vergonzante traición sería ceder ante los asesinos. Eso pensaba en el avión, regresando de mi viaje de novios. Ojalá no hayamos empezado a hacerlo ya. ~

     — Martín Casariego
     Martín Casariego (Madrid, 1962) es escritor. Ha publicado, entre otras,
las novelas
Qué te voy a contar (1989), La hija del coronel (1997) y
La primavera corta, el largo invierno (1999).
      

 

NOCHES NEGRAS

Hay noches en las que uno se acuesta con ganas de que llegue el día siguiente, y otras en las que no. La del 10 de marzo fue de las primeras, porque el día 11 se casaba un hermano. A la mañana siguiente, cuando salí de la ducha, Marisa, mi mujer, me dijo que se había producido un atentado en Madrid. Corrí a informarme en Internet, y me enteré de las primeras estimaciones: varias explosiones, sesenta muertos, cientos de heridos. Me eché a llorar.
     Durante estos días he leído los diarios de Klemperer, que no me han ayudado a animarme, pero sí a reflexionar. Klemperer habla de la fragilidad de los derechos humanos, de las democracias; del peligro de los extremismos, ya sean de origen nacionalista, religioso, o revolucionario; del miedo de la sociedad a señalar y enfrentarse con decisión a sus verdaderos enemigos, que disfrazan su discurso amparándose en unos ideales que son precisamente los que pisotean. Es cierto que tanto la respuesta de los madrileños a los atentados como las manifestaciones en toda España fueron memorables. Pero también que un país en el que oír su nombre remueve la bilis a muchos, en el que el terrorismo condiciona unas elecciones generales, en el que el gobierno entrante va a depender de los nacionalistas, y en el que algunos vociferan insensateces en días tan dramáticos sin pensárselo dos veces, es muy frágil. En España estamos acostumbrados a lanzarnos nuestro dolor y nuestra rabia, y dispuestos a asumir como nuestra la culpa de un atentado salvaje e injustificado perpetrado por fundamentalistas islámicos, como si las bombas las hubiera lanzado realmente un Dios ultrajado que tiene derecho a castigarnos. Nuestro cainismo e incapacidad para analizar las situaciones con perspectiva son terribles.
     Desde el día 11, el horror y la perplejidad me invaden antes de dormirme. ~

     — Nicolás Casariego
     Nicolás Casariego (Madrid, 1970) es escritor. Ha publicado diversos relatos
y la novela
Dime cinco cosas que quieres que te haga (1998).      

 

UNA LARGA JORNADA DE 96 HORAS

El 11-M, el jueves más negro de marzo, el día de la infamia, comenzó como un terrible sueño que no cabía creer. Las emisoras de radio daban noticia del horror: en tres minutos, diez mochilas-bomba sembraron la destrucción y el pánico. Decenas de muertos y centenares de heridos en Madrid, en las estaciones de tren de Atocha, del Pozo del Tío Raimundo, de Santa Eugenia. Una pesadilla de confusión, una mañana manchada de sangre. Pero lo peor fue que apenas se empezaba a conocer el horror. Los heridos y los muertos se multiplicaban en un goteo insufrible. Cayó como una losa la desesperación, también las llamadas solidarias. Maldito terrorismo fanático. Hubo amigos que quisieron saber desde Valencia, desde Praga, desde Málaga, desde Salamanca.

Reunión de urgencia del consejo de redacción de La Clave. La revista llega a los quioscos los viernes, de modo que la mañana de ese jueves ya estaba en la imprenta. Se discute la conveniencia de retrasar uno o dos días su salida, cambiar sus páginas o realizar una edición especial. Se toma la decisión de ganarle unas horas a la imprenta para hacer una nueva revista que entregar a los lectores junto a la ya confeccionada. La adrenalina periodística se junta a la indignación ciudadana y se busca reunir y analizar toda la información posible. Gente en los hospitales, con la policía, en las estaciones; gente buscando las fotografías del espanto que van apareciendo, gente atenta a los comunicados oficiales; los articulistas intentando poner luz y lógica a la barbarie; los expertos en terrorismo analizando con lupa los detalles. A la hora de elegir la portada se impone el criterio de huir de la truculencia, de tanta sangre, tanto estallido, tantos cuerpos destrozados encima de la mesa. Se elige un dibujo que acaba de hacer Martín Morales: es el mapa de España chorreando sangre; sobre él, el hacha ensangrentada, la serpiente y el anagrama: ETA. Cinco horas contra el reloj y sin tiempo para sentir poco más que dolor y rabia. Cuando avanza la tarde y cae entre lamentos la noche, empieza a saberse, a sospecharse, que los autores de tanta crueldad tienen más que ver con el terrorismo islámico que con el de ETA. La Clave no puede salir a la calle con el dibujo de Martín Morales. Y la desolación tras la agitación es triple: el trabajo en balde, el abatimiento, el desconsuelo.

El viernes un mar de paraguas ignora al dios de la lluvia que oscurece Madrid. Es un estruendo de manos levantadas, de lágrimas, de pena compartida, de solidaridad. “Todos íbamos en ese tren” y todas las ciudades son Madrid esa tarde. Los hospitales tienen sangre suficiente para los más de mil heridos que los abarrotan.

El sábado tenía que ser jornada de reflexión en víspera de elecciones. Pero la meditación se tornó bronca. Es perverso pensar en resultados con tanto dolor, con tanta sangre inútil, con tanto daño, pero el día de los mensajes cortos muchos ciudadanos querían saber “quién ha sido”, “la verdad ya”, antes de votar.

El domingo salió un día radiante. El cielo de Madrid era el mismo que pintó Velázquez, como si entre tanta angustia, tanto miedo, hubiera un sitio para la esperanza. Los aledaños de la estación de Atocha estaban sembrados de velas encendidas, de flores, de recordatorios, de mensajes, de besos. El pasadizo de la estación de El Pozo del Tío Raimundo estaba atestado de velas rojas alumbrando, de versos, de lágrimas, de recuerdos de las víctimas. Niños, viejos, jóvenes, señoras, españoles, emigrantes, todos emocionados. “No os olvidaremos”, “Votaremos por vosotros”, “Fue tu guerra, estos son nuestros muertos”. Nunca se leyó tanto la palabra “Paz”. A veinte metros, el tren destrozado, tapado en su más inhumana herida con una inmensa lona. Justo enfrente, un colegio electoral con un gentío agolpándose a su entrada.

Por la noche se supo que los electores habían castigado al gobierno. ~

     — Miguel Ángel del Arco
     Miguel Ángel del Arco es responsable
     de la sección de Cultura de la revista La Clave.

      

 

EL CONSUELO DE LOS DESCONOCIDOS

El móvil sonó a las 8,30, cuando volvía de dejar al niño en el colegio; era mi marido. “Tu as vu les nouvelles? Un attentat à Atocha, on parle de cinquante morts”… Fui corriendo al bar; acababan de abrir, ¡pongan la tele!, todo era confuso, angustiado, irreal, volví a casa para llamar a Barcelona, a mis padres, dicen que hay sesenta muertos, el teléfono no paraba de sonar: mi suegra, llorando, desde Lyon; mi hermano desde París —”por aquí se dice que es Al Qaeda”, “¿cómo va a ser Al Qaeda?, cómo se nota que no vives en España, no te enteras”—, primos, amigos, manifestación mañana, dicen que más de cien, no puede ser, no puede ser… en mi casa el silencio sereno, el pacífico sol de la mañana… aquí mismo, en mi ciudad, en la estación donde el lunes cogí el AVE, en diez metros no había un cuerpo entero, a cada rato hablaba con mi marido, los empleados llegaban llorando… El viernes por la tarde el metro iba tan atestado que al abrirse las puertas los cuerpos formaban una superficie plana, compacta, una hora y media hasta Colón, no se podía casi salir de tanta gente, apiñados, the comfort of strangers, gente, gente, paraguas, frío y lluvia, me moriré en París con aguacero, gente, gente, sin poder moverse, silencio, capitale de la douleur, farolas, helicópteros, y el sábado, en un taxi, la radio, algo de islamistas detenidos, y de repente un flash: “Podemos ganar”. En situaciones así la gente vota la opción más autoritaria, me repiten amigos periodistas, pero yo me aferro a esa iluminación: lo siento, compañeros de IU, otra vez será, si perdemos esta ocasión por un puñado de votos no me lo perdonaré, y así fue como por fin el domingo, tras cuatro días de espanto con sus noches de pesadillas —la bebé polaca, Sonia que se ha quedado sin cara…—, el domingo a las diez de la noche, ante el televisor, esbozamos por fin, aunque triste, borrosa y preocupada, algo parecido a una sonrisa. ~

     — Laura Freixas
     Laura Freixas (Barcelona, 1958) es escritora. Sus obras más recientes son
Literatura y mujeres (2000) y Cuentos a los cuarenta (2001).

 

 

DESDE EL EXTRANJERO

Nadie me lo dijo, no lo oí. Fue un suceso imprevisto en el arranque de mi rutina diaria: conectarme a Internet para echar un rápido vistazo a la prensa española, como hago cada mañana desde que estoy en Escocia invitado por la Universidad de Aberdeen. Primero fue el cálculo apresurado, el repaso de los datos (hora, origen de los trenes, lugar) que me permitieran excluir de la tragedia a mi familia y amigos, luego la cólera, la desolación, mientras en la pantalla crecía el número de muertos: treinta, ochenta, 130, 190… Pasé ese día y los siguientes entre mi despacho y mi casa, entre el ordenador y la televisión. Mientras los medios españoles achacaban la atrocidad a ETA, los medios británicos, aun sin negarlo, barajaban ya la autoría de Al Qaeda. Esa discrepancia fue más palpable el viernes, cuando, repitiendo todavía el gobierno de Aznar lo que más le convenía, el descubrimiento de la furgoneta dio argumentos a la mayoría de la prensa británica para acusar al fundamentalismo islámico.
     Hasta el sábado, mientras no cesaban de venirme a la cabeza las víctimas, las que ya no estaban y las que inundaban los hospitales, me debatí entre dos impulsos: el deseo, a pesar de su contumaz desatino (¿es que sólo viven en Madrid españoles?, ¿es que hay que estar a favor de la constitución para rechazar el terrorismo?), de conceder credibilidad a mi gobierno, y la certeza, que irremisiblemente se fue abriendo paso, de que, una vez más, éste había dejado a un lado los escrúpulos con tal de sacar rentabilidad política. Recuerdo en particular una entrevista con Channel 4 en la que una bochornosa Ana Palacio se defendía del acoso del entrevistador negando una vez tras otra la verdad que su propia torpeza confirmaba. Pocas horas después, veía en el mismo canal las concentraciones frente a las sedes del PP, que, aunque inapropiadas, por lo menos demostraban que la estrategia no había resultado.
     Los tambores se orientan desde entonces a deslegitimar los resultados del domingo. Frente a eso se me ocurre una pregunta. Unos han perdido setecientos mil votos y los otros han ganado tres millones. ¿No será que quien ha marcado la diferencia es ese voto de izquierda al que de nuevo el PP aspiraba a dejar en casa con una campaña electoral de baja intensidad? Poco les importa, de todas formas, a los muertos y a sus familias la respuesta. Nadie debería olvidarlo. ~

— Marcos Giralt Torrente
Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) es escritor. Ha publicado la novela París (1999) y el libro de relatos Nada sucede solo (2000).

 

 

LA ONDA EXPANSIVA

El jueves por la mañana la onda expansiva traspasó silenciosamente el televisor y penetró en mi cerebro sin que notara vibrar el aire ni el más mínimo temblor en la piel. No sentí, aparentemente, nada y me quedé durante varias horas tumbado en el sofá, contemplando un bucle recurrente de palabras e imágenes, sin reaccionar, en una suerte de trance hipnótico. Al final de la tarde, entumecido, me incorporé y reanudé mi rutina de todos los días, pero me encontraba torpe, ausente, desorientado: todo lo que hacía me parecía fuera de lugar, extraño, ajeno, banal, ridículo o extraordinario, cualquier cosa menos normal y cotidiano. Acababa de vivir la experiencia real y concreta de la muerte aunque no la había reconocido. Y enseguida pensé en otros recientes escenarios del terror en los últimos tiempos (las torres gemelas, un hotel de Bali, cualquier rincón de la franja de Gaza, polvorientos poblados iraquíes arrasados por bombas inteligentes) y me di cuenta de que en todos esos casos mi vivencia del horror había sido abstracta, un rechazo ético e intelectual, no una experiencia sentida en carne propia. Uno sólo siente la presencia helada de la muerte cuando su metralla irrumpe en tu territorio emocional, tu geografía, tus afectos. La onda expansiva me llevó por la noche hacia atrás en el tiempo, a los escenarios de esas otras matanzas y atrocidades y, al final, casi llegué a poder vivirlas desde la misma intensidad y me aterró ver la profunda herida de la venganza islámica: sobre qué cimientos de cadáveres y desolación construyen su propio templo de la muerte.
     El viernes por la tarde la onda expansiva me llevó automáticamente, como a millones de perplejos insomnes, a las calles de Madrid, en donde nos reencontramos, nuevamente y para nuestro estupor, con el deseado rostro de lo específicamente humano y nos reconocimos en aquel magma de dolor, solidaridad, coraje, serenidad, determinación y afirmación de la vida. Volví a casa, con un alijo insospechado de fuerza y alegría secretas.
     Durante toda la jornada del sábado la onda expansiva dio un giro inesperado y se extendió irremisiblemente en todas direcciones con el chalaneo electoral de los muertos y la búsqueda del mejor culpable. A medida que pasaba el tiempo y se hacía más evidente la manipulación informativa, la indignación de la gente aumentaba peligrosamente. No creo que el juicio de la ciudadanía haya sido tan severo con el gobierno porque los autores de la matanza fueran de Al Qaeda, sino por su menosprecio a la sociedad, por su deliberada intención de engañarla en vez de darle una información veraz y objetiva. Esta forma de actuar provocó el estallido electoral de los ciudadanos, una explosión de rabia que, afortunadamente, sólo produce cadáveres políticos. El mejor consuelo del pasado domingo fue que la onda expansiva de la primera bomba que cayó en Irak hace ahora un año se haya convertido en una lluvia de papeletas que ha derrumbado una forma infame, prepotente y sucia de hacer política, de espaldas a la opinión pública y a los valores de la ciudadanía. Y con ello la constatación de que, afortunadamente, la democracia no es inofensiva. En Irak, definitivamente, no había armas de destrucción masiva pero a algunos se les olvidó que en España y en los países democráticos se puede activar, incontroladamente, la mejor arma de construcción masiva: el voto. ~

     — Enrique Helguera de la Villa
     Enrique Helguera de la Villa (México D. F., 1958) es escritor y asesor jurídico,
y ha trabajado como periodista cultural y pinchadiscos.

 

FRENTE AL TERROR

El atentado en Madrid del 11 de marzo suscita en mí el mismo tipo de respuesta ética que otros atentados producidos en diversos lugares del mundo: un absoluto rechazo y repugnancia. Pero inmediatamente no puedo dejar de considerar de manera crítica ciertas observaciones de personas (a veces son profesionales de la política o comentaristas políticos) que, tras rechazar y condenar dichos atentados, pretenden encontrar causas en las injusticias que padecen otros pueblos; en este caso y dada la autoría, ciertos países musulmanes. El primer error está en pensar que Al Qaeda tiene algo que ver con Pablo Iglesias, con la madre Teresa de Calcuta o con las ideas de igualdad y justicia propias de la filosofía política heredera del pensamiento crítico europeo, de Locke a Marx. Suponer que Bin Laden y los suyos están o han estado preocupados por la pobreza de algunos pueblos musulmanes, o por el sometimiento extremo de sus mujeres a los designios de los hombres (que a su vez carecen de libertades), es caer en un error demasiado burdo, pero no raro dada la frecuencia de este tipo de opiniones. Si éstas fueran sus preocupaciones, sin duda que habrían encontrado en Occidente aliados políticos, tanto en personas como en instituciones. Pero lo que buscan, ay, no son sino asesinos sin escrúpulos y con una sola idea, no social sino teológica: en el terrorismo siempre hay un dios puesto al servicio de una bomba.
     Otro error, de menor importancia pero también significativo, consiste en hacer de la condición de la víctima un agravante: se trataban —se oye una y otra vez, más allá de la mera obligación descriptiva— de obreros, de pobres, de niños, de mujeres; o bien esa otra consideración a la que no es ajena ni la clase política más inteligente: la víctima era una buena persona, era educada, dialogante, etcétera. No, no es más justo atentar contra tenderos, futbolistas, viejos, o felices y acomodados ciudadanos de la clase media o alta. No. Tampoco es un eximente, así sea mínimo, ser mala persona, antipático o borracho. Para mí, el terrorismo es el mal absoluto. Lo demás es el terreno de la política, un espacio duro y a veces cruel, sin duda, pero también donde los hombres y mujeres ejercemos nuestra libertad y nuestra imaginación social. La política: esa a la que ningún ciudadano puede ser ajeno; la que no puede ser negada en nombre de ninguna inocencia. No somos inocentes respecto a la política, lo somos frente al terror. ~

     — Juan Malpartida
     Juan Malpartida (Marbella, 1956) es escritor. Sus obras más recientes son
la novela
La tarde a la deriva (2001) y el poemario El pozo (2002).

 

UN SOBREVIVIENTE

Hacia 1956, en Buenos Aires, muchos chicos de mi edad morían de poliomielitis o quedaban inválidos de por vida, a causa de la epidemia. Yo me salvé. Veinte años más tarde asistí a los comienzos de la vasta matanza a cargo de la dictadura militar. También me salvé. El 11 de marzo de 2004 estaba en Argel y pensé que me había vuelto a salvar. Un taxista, un conserje de hotel y una empleada del aeropuerto me dieron el pésame al oír que hablaba en español. Pensé entonces: “Ellos también se salvaron”. Argelia, como es sabido, pasó diez años bajo la asechanza terrorista, más o menos cubierta por la misma ideología: “Te mato en nombre de mi Dios”.
     De vuelta a Madrid, las miradas de reconocimiento que nos dirigíamos los viajeros del metro, la noche de las grandes manifestaciones, se parecían a las condolencias argelinas. Los muertos de Atocha se nos habían muerto a todos. Eran como esos pasajeros subterráneos, como yo, miembros de la inmensa tribu de la vida que sobrevivía.
     Y los asesinos, ¿cómo serán? ¿Acaso similares a los supervivientes? Ellos quieren la muerte, nosotros la vida. Ganaron y siempre ganarán, porque Ella siempre gana. Pero necesitan de la vida que se reproduce en camino a la inmortalidad, justamente —injustamente— para matarla.
     Los asesinos son como yo, según discurría Goethe cuando se sentía capaz de todo crimen y todo delito. A la conmovedora, íntima y austera hermandad de aquella noche siguió, en mi tinglado particular, un sentimiento de fuerte repugnancia. Son como yo esos canallas que quemaron vivos a niños, albañiles, empleados y estudiantes. Me repugnó la parte de mi condición humana que me hacía similar a los partidarios de la muerte. Porque soy mortal y todos mis anónimos compañeros de supervivencia también lo son.
     Los asesinos nos ganaron y seguirán ganándonos. Pero hay algo que nunca podrán hacer: fundar una sociedad sobre el culto a la muerte. Podrán organizar bandas, camorras y mafias, pero no sociedades. La sociedad existe porque se rinde culto a la vida, a la dignidad incanjeable de estar vivo y perpetuar esa vida para los otros. La sociedad es la corporización de la vida ajena que se asume como propia. Si alguien muere, muero con él. Si alguien nace, nazco con él. Sigamos viviendo y reconociendo a los otros como semejantes, en nombre de los muertos de Atocha. Murieron por nosotros, aunque no lo supieran. Nuestro deber es saberlo. ~

     — Blas Matamoro
     Blas Matamoro (Buenos Aires, 1942) es director de Cuadernos Hispanoamericanos.
Su última obra es el ensayo
Puesto fronterizo (2003).      

 

 

EL TAMAÑO DE LA HERIDA

A las ocho de la mañana del jueves, 11 de marzo, una señora llegó a la cafetería en la que suelo desayunar y dijo, con pesadumbre algo rutinaria, que había estallado una bomba en la estación de Atocha y había algunos heridos. Desde donde yo estaba se veía la calle. La ciudad sangraba, acuchillada en aquel corazón ferroviario.
     Pero pronto la herida empezó a tomar las dimensiones exactas de la tragedia. El atentado se había producido en cadena, a lo largo del trayecto de un tren de cercanías. Crecía el número de víctimas, el número de muertos. La herida se iba comiendo como un animal voraz el cielo, las calles, los edificios, los vehículos, la vida habitual y caudalosa de Madrid. La herida nos iba devorando a todos de pies a cabeza. Al cabo de apenas una hora, todos llevábamos el cuerpo corroído por las explosiones, el rostro quemado por la dinamita, la expresión estupefacta y tristísima de los animales enfermos y comidos por los coyotes. Y de pronto empezamos a darnos cuenta de que otra herida se agarraba como un veneno incurable a los ojos, la lengua, los gestos del presidente del gobierno y del ministro del Interior. Era ésa una herida que se habían causado ellos mismos, con sus propias manos.
     El viernes, todo Madrid, toda España, era ya una gigantesca herida palpitante. Y aquella otra herida crecía por las venas, los músculos, el cerebro, las palabras del presidente y del ministro. La mentira tenía el color de la pus. Los cuerpos de las víctimas, la sangre de las víctimas, el recuerdo de las víctimas se nos pegaban a los huesos como sólo puede pegarse el dolor. Aquella herida había que empezar a curarla.
     El viernes, dos millones de personan lavaban la atroz herida colectiva en la lluvia inmisericorde de la tarde. Saberse unido era nuestro único calmante. La verdad se iba abriendo paso como un bisturí en el cuerpo enlutado y mutilado de la ciudad. La verdad empezó a gritar y la otra herida, la que se había comido los ojos y la garganta de nuestros gobernantes, ya no tendría cura.
     El domingo fuimos a las urnas. Esa herida colectiva, inabarcable, nunca la olvidaremos, pero ese 14 de marzo empezó a cicatrizar. ~

     — Eduardo Mendicutti
     Eduardo Mendicutti (Sanlúcar de Barrameda, 1948) ha publicado,
entre otras novelas,
Fuego de marzo (1995) y El ángel descuidado (2002).

 

EL FINAL DE LOLITA

La única vida minúscula es la que se interrumpe. Pierre Michon, autor de ese libro fulgurante que es Vies minuscules (aquí traducido por Anagrama), abría sus páginas de reconstrucción imaginaria de lo oscuro, lo solapado y lo antiheroico, con una cita de Andrè Suarès: “Por desgracia, cree que la gente humilde es más real que la otra”. Yo no. Yo sólo creo que la gente desdichada, los expulsados a destiempo de la realidad, se merecen en algún otro mundo, aunque sea de ficción, un desenlace.
     En el pabellón del Ifema madrileño donde, después de haber estado los cuerpos insepultos de las víctimas, se guardan sus pertenencias aún no reclamadas, hay bolsos cerrados, mochilas, guantes sin par, gafas intactas, móviles con la batería agotada. Y libros. Un viajero llevaba por la mitad El dardo en la palabra, otro leía la Biblia anotándola, y entre los restos recogidos del tren que estalló en la calle Téllez había un ejemplar de Lolita.
     Quiero imaginar que la novela de Nabokov (que yo leí por primera vez en un tren inglés) la iba leyendo entre Alcalá de Henares y Atocha esa muchacha rubia muerta y erguida, detrás de un trapo colgante en la carcasa de su vagón, cuya fotografía no he podido olvidar desde el viernes 12 de marzo. Iba ya por la página 335, y su deseo era llegar al final, en la página 336, antes de que el tren entrara en la estación. Le estaba gustando mucho el momento en que el protagonista se detiene arrobado a oír la melodía concertada, al principio enigmática, del juego de unos niños. Este párrafo lo leyó, con un placer un poco doliente, dos veces: “Me quedé escuchando esa vibración musical desde mi suave pendiente, esos estallidos de gritos aislados, con una especie de tímido murmullo como fondo. Y entonces supe que lo más punzante no era la ausencia de Lolita a mi lado, sino la ausencia de su voz en ese concierto”. Entonces se produjo un apagón, y dejó de leer. Quiso pedir auxilio, con el libro aún en las manos, pero no tenía voz. A su lado, los demás viajeros también estaban callados.
     La muchacha perdió su vida sin saber que Humbert Humbert pone fin a su relato en el párrafo siguiente, diciendo estas palabras: “Ésta es pues mi historia. La he releído. Se le han pegado pedazos de médula, y costras de sangre, y hermosas moscas de fulgor verde”.
     En el ejemplar de Lolita almacenado en los expositores de Ifema y aún no reclamado, la novela termina, a mitad de frase, y con la palabra “tenían”, en la página 334. –

     — Vicente Molina Foix
     Vicente Molina Foix (Elche, 1946) es escritor y director de cine.
Su última novela publicada es
El vampiro de la calle Méjico (2002).

 

 

UN DIA QUE CONMOCIONÓ UN MUNDO

Jueves 11 de marzo. A primera hora, contra todo pronóstico y, sobre todo, contra todos los pronósticos en tiempos de paz, que respetan tanto mayorías “suficientes” como puntualidades erráticas, el autobús escolar del Liceo Francés, que viene desde Atocha hasta la Puerta de Alcalá, llega abrumadoramente puntual: a las ocho y cuarto. Por tanto: descarto inmediatamente las confusas informaciones que han empezado a llegar a las ocho de la mañana, antes de bajar a la calle, de unas bombas que habrían estallado en “algún tren” que venía del Pozo del Tío Raimundo, uno de los nombres más castizos, de los lugares más simbólicos y castigados de la España obrera y franquista. Me tomo un café sin sobresaltos con un amigo y comentamos “el fin de ETA”. Esas patéticas fallas del terror residual, fuegos de artificio pueblerinos y estruendosos, últimos coletazos de una banda mafiosa desesperada por no poder contar con una logística suficiente encaminada a matar más y mejor conforme pasa el tiempo. Al subir a casa, el diagnóstico permanece, pero todo se invierte en un segundo, vertiginosamente: una cincuentena de muertos, quizá ochenta, que crece por momentos.
     Barbarie contra civilización. Es la vieja lucha que renace sin cesar. Acumulamos deudas infinitas, eternas del Mal pendiente, siempre renacido, reencarnado (“Es difícil imaginar que los hombres muy malos mueran […] Si César Borgia resucitara se llamaría Adolf Hitler”, Adorno). Defensa absoluta de la muerte para provocar sumisión, para amedrentar, para doblegar o simplemente crear caos generalizado contra los valores enemigos (en nuestro caso, democráticos). Contra el bien más preciado por encima de todos: la vida humana (“Mi oficio y mi arte es vivir”, Montaigne). Contra el respeto, devoción, sagrado sometimiento a la inmensa variedad, libre y democrática de la vida humana (“Jamás dos hombres pensaron igual sobre una misma cosa; un solo hombre es distinto a distintas horas”, Montaigne). Es el eslabón orgulloso y retomado del “¡Viva la muerte!” de Millán Astray; la infame cosificación, la “catalogación de los vivos como muertos” (Adorno) decretada por los nazis; el eslogan lanzado por Stalin a comienzos de los treinta (“¡Liquidemos a los kulaks en tanto que clase!”); o, ya en nuestros días, el “¡Golpead, que algo habrán hecho!”, el “¡Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos!”, lanzado por terroristas islámicos, por coléricos “servidores de Alá”, ya sean palestinos, marroquíes, saudíes o indonesios. O si no: esos asesinatos gudari y valientemente “selectivos”, dirigidos a supermercados o a casas cuartel de la Guardia Civil con culpables niños hijos de culpables guardias civiles. En ese gigantesco campo de exterminio planificado para el siglo xxi, en esa lucha de la muerte contra la vida, no nos engañemos, estaríamos todos. Antes o después. Se odia la vida. La vida en libertad, pura, nítida, clara, confiada, perfectible, única, sagrada, distinta. Se le ha dado muerte por decreto, se la ha prohibido por estar demasiado viva y no mostrar la apariencia temible de un cadáver palpitante (“Prohibido, prohibido, prohibido. Todo aquello que alegra la vida y la hace digna de ser vivida ha sido prohibido”, Stefan Zweig). Todo fanatismo, antes que nada, no nos olvidemos, odia la vida, cualquier signo de ella. En Manhattan, España, Israel, Bali o Irak. En una discoteca de las Islas Caimán o en un Burger King de Sebastopol. Es ingenuo pensar que todo aquel que esté demasiado vivo logrará ponerse a salvo. Ahora lo saben muy bien los madrileños. Lo sabe la ciudad más alegre, más dicharachera de Europa, la más dotada para una irrefrenable ivresse, joie de vivre, que parece no cerrar nunca por agotamiento de los usuarios. Cometió el pecado de estar demasiado viva. ~

     — Mercedes Monmany
     Mercedes Monmany ejerce la crítica literaria en diversos medios.
En 1999 preparó la antología de relatos
Vidas de mujer.

    

 ¿QUÉ PASÓ?

La noticia me sorprendió en San Juan. Había viajado a Puerto Rico a presentar mi último libro. En la mañana del jueves 11, debido a la diferencia de horas, la televisión internacional ya traía abundantes noticias e imágenes. Primero, me quedé clavado en la silla. Creo que la reacción instintiva estuvo más cerca de la indignación que de la pena. Inmediatamente llamé a Madrid para comprobar si los amigos y colaboradores estaban sanos y salvos. Mi residencia y mi oficina están a pocas calles de la estación de Atocha. Es la que suele utilizar mi asistente y una de las más concurridas de Madrid.
     Afortunadamente, parecía que ningún conocido había resultado afectado. Menos mal. Pero era falso. Una sobrina de Miguel Ángel Cortés, el secretario de Estado para América Latina, un buen amigo, había fallecido. La muerte se hizo entonces más dolorosa e inmediata. Dejó de ser una información abstracta para convertirse en una tragedia personal mucho más cerca de las emociones.
     Como todos, inmediatamente pensé en ETA. En diciembre algunos terroristas vascos habían sido sorprendidos mientras planeaban un atentado similar al ocurrido. Una semana antes habían descubierto a un par de asesinos de esa banda con quinientos kilos de explosivos. Luego apareció Al Qaeda en el panorama. En ese momento no se me ocurrió que la salvajada podía afectar negativamente a los populares en los inmediatos comicios del domingo. En realidad, pensé que podía suceder al revés. La cólera popular presagiaba un mayor respaldo para la formación política más dura, y ésa era, sin duda, el PP.
     ¿Qué pasó? Ahora se sabe: los más jóvenes salieron a votar en masa y lo hicieron por el PSOE. Las bombas, atribuidas a Al Qaeda, fueron el acicate para que vencieran su apatía. Hubo un aumento del 8% de afluencia en las urnas, hasta llegar al 77% del censo, y la mayor parte de esos votantes era la primera vez que acudían a votar. Los electores “viejos” se mantuvieron fieles a sus respectivos partidos. Casi nadie pasó la raya en la otra dirección. Fueron los muchachos, que unos meses antes habían forjado sus lealtades políticas al calor de las protestas contra la guerra de Irak, quienes les dieron el triunfo a los socialistas. Un cartel exhibido en las protestas de última hora resumía la actitud de estos jóvenes: “Quien siembra vientos recoge tempestades”. No culpaban a los asesinos sino a Aznar y al PP. El crimen monstruoso no decidió cómo iban a votar, sino que se tomarían la molestia de acudir a las urnas porque habían encontrado una razón de peso: castigar al PP por haber respaldado a Washington, esos detestados yanquis.
     El panorama después de la batalla es terrible. Un espeluznante reguero de cadáveres y un millar largo de heridos. Un país estupefacto y un cambio de mando extremadamente complicado en el terreno de las relaciones internacionales. Una sociedad agriamente dividida que se acusa mutuamente de deslealtad. Zapatero llega al poder a lomo de varios caballos que cabalgan en direcciones opuestas. Tendrá que ser un mago para gobernar. ~

— Carlos Alberto Montaner
Carlos Alberto Montaner (La Habana, 1943) es escritor y periodista.
Su nuevo libro es
Los latinoamericanos y la cultura occidental (2003).

 

CUENTO SIN MORALEJA

Hace tan sólo unos días, hoy mismo quizás, mi madre llamó desesperada a la casa de una amiga con la que preparaba un examen para preguntarme si estaba bien. Eran las diez menos cinco de la mañana del 18 de julio de 1994, y a tres cuadras de allí una bomba aún sin nombre había volado por los aires la sede porteña de la Asociación Mutual Israelita Argentina, abriendo un boquete sanguinario que se tragaba la vida de 85 personas, a la vez que condenaba a la memoria colectiva a escribir otra horrorosa página más en la larga historia de cómplice amistad que mantienen el crimen y la impunidad en Argentina. Diez años dice el calendario que transcurrieron desde aquel trágico episodio, y hace tan sólo unos días, seguramente todavía hoy, fui yo quien le hizo una llamada de larga distancia a mi madre, anticipándome a su pregunta para darle idéntica respuesta que entonces: “Estoy bien, mamá”. A catorce mil kilómetros y tres calles de su angustia en Buenos Aires, en la calle Rafael de Riego donde vivo ahora en Madrid, la estación de Atocha y el corredor de Henares se habían convertido en un infierno.
     Mientras preparaba mi imprescindible café de cada mañana, con el acto rutinario que me conecta al mundo encendí el teléfono móvil y vi que tenía ocho mensajes en el buzón de voz. Qué extraño, pensé, a esta hora temprana tantos mensajes. El primero de ellos era de mi hermana Andrea, que desde Barcelona me preguntaba apremiante: “¿Estás bien?” Antes de contestarle —pensaba tomarme el café y luego decirle que sí, que estaba bien, muy conforme con un artículo que había terminado esa misma noche— escuché los siete mensajes restantes. Silvia, Eva, Andrés, otra vez Eva, Moisés, mi padre desde Buenos Aires y Ana también interrogaban, perentorios, lo mismo. Instintivamente encendí la televisión y las imágenes que vomitaba me pusieron en contacto con la realidad. Aturdido frente al dolor sin gritos que salía de la tele, empecé a llamar por teléfono, a enviar mensajes a mis amigos de Barcelona, a escribir un e-mail colectivo a los de Buenos Aires, y sólo atinaba a expresar un balbuceante “estoy bien”, enunciado anterior únicamente quizás al “Estoy vivo” que otras personas, a tres calles de mí, estarían enviando en ese preciso instante. Cuando tras demasiados intentos conseguí comunicarme con mi hermana Gabriela en Buenos Aires, mis lágrimas se saltaron todas las normas prescritas por la tranquilidad y la catarsis se encendió en la distancia cuando ella me decía que estaba aquí conmigo, a pesar de estar en Buenos Aires estoy allí contigo, hermano querido, estoy con vos en Madrid. ¿Cómo pueden medirse los pasos de la distancia? ¿Cuán lejos se encuentra una persona de su ser querido si su móvil no para de sonar y ningún voluntario se anima a responder la llamada de la muerte?
     No es mi intención, por supuesto, afirmar que el atentado a la AMIA en Buenos Aires y los atentados de Madrid son iguales: diferenciar es reflexionar con responsabilidad. Tampoco pretendo narrar una suerte de oda al dolor de una madre, de una novia, de una hermana, ni sentirme víctima en carne y hueso del atentado. Sólo quiero encontrar al hombrecillo del cuento sin moraleja de Cortázar para comprarle alguna de las palabras que vendía por las esquinas de la ciudad: por favor, señor, déme algo un poco más cercano al triste y solitario “Estoy bien”, porque me he quedado sin habla. ~

— Pablo Nacach
Pablo Nacach (Buenos Aires, 1969) es sociólogo y doctor en filosofía.
Tiene en prensa
Las palabras sin las cosas. El poder de la publicidad.

 

 

LA FUTILIDAD DEL LENGUAJE

Estoy en la Ciudad de México, dando un curso en la Universidad. En la casa del amigo en que me quedo, desayunando, ponen la televisión para saber más sobre unos escándalos de financiación ilegal de los partidos que tienen pendiente a todo el país. El locutor del programa es Brozo, un extraño payaso que da noticias serias. La noticia está ya terminando y sólo llego a escuchar sobre la tragedia en España y su solidaridad con las víctimas. Es evidente que se trata de algo grave. Cambio de canal. Ahí (aquí) está Madrid, en imágenes. El corresponsal habla del atentado y del escalofriante número de víctimas. En México son siete horas menos. Súbitamente cobro una fortísima sensación de estar escindido y encontrarme simultáneamente en dos lugares y tiempos distintos; de estar en ambas ciudades a la vez. Madrid está justamente ahí —los trenes de cercanías, Atocha, los edificios— y a la vez lejísimos. Y “yo” estoy “aquí” y “allí”. Después de un rato inacabable logro hablar con mi madre, toda la familia está bien. El resto del día es un no entender. En el metro y después los intentos de racionalizarlo cruzan por mi cabeza como un relámpago, pero no se quedan el tiempo suficiente como para elaborarlos mínimamente. En la UNAM, los colegas y los estudiantes del curso me animan (luego me dirán que tenía el rostro demudado, aunque en ese momento hubiera pensado que no se me notaba). Me abrazan y me dan cariño —es algo extraordinario, y aunque vengo a México desde hace mucho tiempo, su mimo me deshiela y se me saltan las lágrimas—. Luego vienen sus preguntas: ¿Por qué? ¿Qué significa todo esto? Las preguntas resultan hirientes por que son especialmente adecuadas, inocentemente adecuadas. Cómo explicar una cosa así a personas de un país que no conoce ni sufre propiamente el fundamentalismo del Viejo Mundo. Siempre me ha parecido que las respuestas a un atentado terrorista tienen mucho de absurdo, pero ahora y aquí el absurdo es especialmente intenso. No es que sobren las palabras, es que no llegan. Las razones pierden sentido y el lenguaje se vuelve fútil. El 11 de marzo, en México, lo único que me resulta evidente es esto. ~

— Pedro Pitarch
Pedro Pitarch es antropólogo y autor del volumen
Los derechos humanos en tierras mayas.

 

PESADILLA

Cayó el horror sobre todos nosotros. Nos dejó paralizados, enmudecidos. Escuché desde la cama los retazos de conversación que mi marido mantenía, por teléfono, con nuestro hijo Gustavo. No entendía lo que oía, lo poco que oía. Un atentado, muertos, casi cien. Huidos de nuestra casa en obras, estábamos en un hotel. Apenas había dormido, desvelada por asuntos que, repentinamente, se evaporaron.
     Pensé en ETA. Todos pensamos en ETA. Vísperas de elecciones y esa atrocidad. Qué lejos habíamos llegado. Comimos en silencio, ya todos reunidos, los dos hijos con nosotros, sin saber qué decir, sin poder hacernos cargo de todo ese horror. El número de muertos iba en ascenso, eran muchos más de cien. ¿A esto llega el odio?, ¿cómo se puede responder a un acto así?
     Esa noche íbamos a celebrar el segundo aniversario de nuestro café-bar-librería, El bandido doblemente armado. Llevábamos semanas preparando la fiesta. Nos pasamos la mañana enviando e-mails que comunicaban la suspensión. Algunas personas contestaron, otras llamaron por teléfono. Nos dijeron que, de todos modos, vendrían, que querían estar acompañadas, hablar, compartir la terrible sensación de espanto, de paralización.
     Así fue. A última hora de la tarde, nos reunimos muchas personas en El bandido… Ya se disponía de más información sobre el atentado. Probablemente, la autoría correspondía a Al Qaeda. Elucubraciones, discusiones. Por encima de todo, horror. No sabíamos que al día siguiente el gobierno se empecinaría en atribuir a ETA la autoría, que la situación se le iría de las manos, que iba a darse un vuelco electoral. Una luz de esperanza.
     No lo sabíamos. A veces, la historia actúa así. A veces, la tierra tiembla, el cielo tiembla. El milagro es que podamos alzar nuestra voz y dar nuestro voto. Aunque siga el dolor. ~

— Soledad Puértolas
Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) es escritora.
Dentro de su obra cabe destacar
El bandido doblemente armado (1980),
Queda la noche (1989) y el ensayo La vida oculta (1993).

 

 

NUESTRA VIDA SIN VOSOTROS

Un dolor terrible que no puedo aclarar con la razón. Repito las palabras de Salman Rushdie, que sabe mucho de vivir acosado por el terror: “para demostrar que el fundamentalista se equivoca, tenemos que saber primero que se equivoca. Tenemos que estar de acuerdo en qué es lo que importa: besarse en público, los bocadillos de jamón, la divergencia de opiniones, la última moda, la literatura, la generosidad, el agua, una distribución más justa de los recursos mundiales, las películas, la música, la libertad de pensamiento, la belleza, el amor. Esas serán nuestras armas”.
     La campaña electoral de los teléfonos móviles. Los teléfonos móviles que suenan para activar las bombas. Los teléfonos móviles de las víctimas que suenan en los vagones destrozados, en los bultos apresurados de lo que se rescata y amontona. Los teléfonos móviles para activar las bombas que señalan las 19:40 y no las 7:40. Los teléfonos móviles que llaman al SAMUR, al 112, a los bomberos, a la policía. Los teléfonos móviles de las madres y de los padres y de los amantes y de los amigos, que buscan desesperadamente: Atocha, Santa Eugenia, El Pozo, Gregorio Marañón, La Paz, 12 de octubre, Ramón y Cajal, Clínico, Severo Ochoa, Princesa, Alcorcón, Getafe, Niño Jesús, Fundación Jiménez Díaz, Gómez Ulla, San Carlos, el pabellón de Ifema.
     Las tarjetas de los teléfonos móviles que ponen a la policía en la pista de los terroristas. El número de serie de las tarjetas de los teléfonos móviles que permite detener a los primeros presuntos terroristas. Los teléfonos móviles desactivados en las grandes manifestaciones del 12 de marzo: colocan inhibidores de frecuencia, medida preventiva para evitar más atentados, me lo explica Marina Heredia, secretaria de la Mujer de la ejecutiva de UGT de Aragón.
     Teléfonos móviles como agencias de prensa. Mensajes de teléfonos móviles para convocar manifestaciones, caceroladas, concentraciones. Mensajes de teléfonos móviles para trasladar información de fuentes remotas: servicios de seguridad noruegos, periódicos alemanes, páginas de Internet islámicas, teorías de la conspiración estadounidenses, chats eslovenos. Todo se sabía antes pero habíamos sido incapaces de ordenar los indicios. Antes se consultaban las profecías del astrólogo francés Michel Nostradamus y ahora se consulta El código secreto de la Biblia, del periodista estadounidense Michael Drosnin: siempre acierta.
     El teléfono móvil de Sandra. Sandra da el número de su teléfono móvil en el programa de María Teresa Campos para que alguien le dé noticias de su cuñado Javier Guerrero: es lunes y sólo se ha recuperado su DNI. Los teléfonos móviles como terminales nerviosas, un nuevo órgano de nuestro cuerpo. Cyberpunk electoral. Aunque no llueve como en Blade Runner. Luce el sol.
     Los teléfonos móviles para comunicar la alegría o la tristeza de los resultados electorales. Los teléfonos móviles que, experimentalmente, sirvieron para votar en algunos lugares de Andalucía (aunque el voto emitido por teléfono móvil no servía, sólo era una simulación). Los mensajes de teléfonos móviles que le buscan nuevo empleo a Urdaci. Urdaci como chivo expiatorio. Urdaci, convertido en el Bill O’Reilly de las televisiones españolas, pero sin un Michael Moore que le conceda cierta altura. Urdaci sustituye simbólicamente a Rajoy, a quien se le preserva como figura de la leal oposición.
     Extraña en la noche electoral no ver a Matías Prats y a Ana Blanco y a Urdaci y a Susana Griso y a Juan Pedro Valentín y a Hilario Pino y a Àngels Barceló con un teléfono móvil en la mano.
     Las encuestas que han encargado las cadenas de televisión no aciertan. La que más se aproxima es la de tve y la FORTA. Hasta las nueve y media de la noche no se ofrecen datos oficiales. Por el teléfono móvil se transmite la paranoia, la sombra de las elecciones de Madrid: “están ofreciendo encuestas engañosas para que la victoria del PP se produzca a lo largo de la noche”. Pero a partir de las nueve y media de la noche el escrutinio se desarrolla muy rápidamente. Una hora más tarde se conoce ya la victoria del PSOE. Se ve en directo, en horario de prime time, la derrota amarga del PP y la victoria amarga del PSOE. Rajoy levanta la mano a Aznar. Zapatero, nuevo presidente, presidente del luto, guarda un minuto de silencio y la televisión se queda muda. La palabra concordia y la palabra pueblo se repiten en las bocas de los contertulios. Y también la palabra mentira. La guerra de Irak, se coge al aire en el zapping, ha sido decisiva en el resultado electoral. ~

— Félix Romeo
Félix Romeo (Zaragoza, 1968) es escritor y periodista cultural.
Ha publicado las novelas
Dibujos animados (1996) y Discothèque (2001).

     

 

LO MALO, LO REGULAR Y LO BUENO

Uno de mis vicios es despertarme temprano y escuchar un rato las noticias de la radio antes de levantarme. De modo que el día 11 de marzo pude seguir en directo cómo iban tomando cuerpo las informaciones sobre la tragedia de Atocha: primero se creyó que podía ser un accidente con algunos heridos, enseguida se habló de muertos, de un atentado, de varios atentados, de muchos o muchísimos muertos… Inmediatamente, todos nosotros (los informadores y los que escuchábamos la información) pensamos en la autoría de ETA. Sobre todo en el País Vasco, empezando por el propio lehendakari y siguiendo por el consejero de interior Balza, hasta llegar a simpatizantes abertzales que llamaban a la emisora local para explicar cómo la inflexibilidad del gobierno nos había llevado a esta triste situación. El único que desmintió la autoría etarra fue Otegi, que por lo visto recibe información sobre tales fechorías presentes o venideras “de la propia boca del caballo”, como decimos los hípicos.
     Aunque luego se haya demostrado errónea, esta atribución del atentado era perfectamente lógica. ETA había intentado recientemente atrocidades ferroviarias semejantes y no parece que le falten ganas ni recursos para seguir probando suerte… al menos fuera de Cataluña. Las sospechas tenían en primer lugar que dirigirse hacia la banda terrorista local y que el Consejo de Seguridad de la ONU la mencionase en su condena de la masacre, aunque en esta ocasión equivocadamente, no es para sonrojarse: lo que debería avergonzar a dicho Consejo es no haber condenado aún explícitamente a ETA tras casi mil asesinatos firmados por ella. Sin embargo, pocas horas después de los atentados comenzaron a crecer las sospechas que apuntabanhacia Al Qaeda, aunque el gobierno de Aznar se obstinaba en aferrarse a la pista etarra. Y sin duda ha sido tal obstinación la que ha hecho perder las elecciones al PP. No es propiamente que el gobierno mintiese, sino que por razones electorales intentó al máximo retrasar el descubrimiento de la verdad, algo imposible en esta época de Internet y de los teléfonos móviles. Ahora ya no funciona el boca a boca, sino el mail a mail… Por cierta justicia poética —y política— al PP le alcanzaron finalmente las mentiras de la guerra de Irak, y la matanza de Atocha reactivó el rescoldo aparentemente apagado de la protesta contra nuestra implicación en ese conflicto tan escasamente justificable. El gran error de Aznar terminó siendo fatal para su delfín.
     Más allá de sectarismos, sin embargo, este impacto no puede ser simplemente celebrado. Es obvio que Al Qaeda o su filial de turno cometió su atroz crimen en la fecha precisa para hacer perder al PP las elecciones y ha logrado su objetivo. La turba que la tarde y la noche del sabado asedió las sedes del PP en diversas localidades respondía, supongo que sin quererlo, al plan trazado por la internacional terrorista. Puede haber buenas razones para que España modifique su política exterior, pero la peor de todas sería aceptar que no se debe desagradar a un grupo de asesinos que ahora utiliza Irak como en otras ocasiones ha empleado justificaciones distintas o su simple odio para legitimar barbaridades contra Occidente o las sociedades democráticas que le desagradan. Siguiendo esta misma lógica, acabaríamos modificando nuestra constitución para evitar las iras criminales de los etarras. Como dijo en una ocasión Adenauer, “la única forma de complacer a un tigre es dejarse devorar por él”.
     Pero creo que hay fundadas razones a pesar de todo para cierto prudente optimismo. El futuro presidente Zapatero ha insistido en que la lucha antiterrorista será una prioridad de su gobierno y hasta ahora su trayectoria personal invita a creerle. Su actual mayoría y las esperanzas que ha suscitado le ponen en buena situación para mostrar firmeza sin que se le acuse de “neofranquista” o dicterios semejantes. El PNV, a través de Jon Josu Imaz, le ha ofrecido diálogo sin límites sobre el “plan Ibarretxe”, aunque pidiéndole que explicite su “modelo de Estado”. Es una ocasión excelente para que deje claro que tal modelo, aunque envuelto en formas más amables y dialogantes que las que acostumbraba Aznar, es tan constitucional como el que más y tan escasamente secesionista como el del pasado gobierno. Tiene también la oportunidad de acelerar la aprobación de la Constitución europea, que puede ser un buen elemento disuasorio contra las aventuras disgregadoras que pretenden los reaccionarios del nacionalismo radical.
     Un último aspecto positivo del horror que hemos vivido: ha creado un ambiente de sensibilidad ante el crimen que pone muy difícil la “venta” política de cualquier nuevo atentado etarra… incluso entre su público habitualmente más adicto. Es lástima, tan sólo, que para llegar a este cuerdo repudio algunos hayan tenido que contar los muertos en lugar de bastarles la injusticia cualitativa de uno solo de ellos. ~

— Fernando Savater
Fernando Savater (San Sebastián, 1947) es autor de
una vasta obra ensayística y divulgativa.
Acaba de publicar
El gran fraude (2004).

      

RECORDAR

Sostener a un hijo recién nacido y contarle los dedos. Oler a una madre. Percibir en los pies, a tres manzanas, las trompetas de una orquesta bailable. Comprobar que la luna se salta las fronteras. Agradecer octubre.
     Descubrir que un libro, incluso un cómic, puede ser más grande que un país. Gozar con la buena letra. Saber que los árboles están vivos. Jurar no olvidar los ojos negros de la niña de la trenza en el pupitre de delante.
     Acariciar a un cachorro. Observar el sol sucumbiendo a lo lejos a la noche y la tormenta. Volver del colegio y robar una gamba al pasar frente a un bar elegante. Intuir algo extraordinario bajo una falda entrevista en un coche.
     Buscar el alma de una ciudad desierta y descubrir que es la lluvia. Alcanzar a despedirse de un padre anciano. Un viaje, la noche antes. Sorprenderse un día con que uno es dos, le ha nacido alguien al lado y no querer despertar junto a nadie más. Conducir de noche, en silencio. Imaginar el otro lado del mundo.
     Conversar con amigos. Escuchar la noche del desierto, borrarle las estrellas con el alba. Cruzar un prado recién nevado. Sentir pasar el tiempo en los hijos, quererles. Admirar a artistas y aventureros. Resucitarlos. Despertar en medio de la noche y preguntarse cuánto falta.
     Poder recordar. Eso es, supongo, la vida. Aunque todo esto no es más que una microscópica parte de lo que ya no podrán hacer los asesinados en Madrid, entre un océano de asesinados, quiero creer (en serio) que lo podrán hacer en otro sitio, de otra forma.
     Quizá lo hagan a través nuestro. O sea que no tenemos perdón si dejamos que la vida pase a nuestro lado, sin más. ~

— Pedro Sorela
Pedro Sorela (Bogotá, 1951) es escritor. Sus últimos libros son
la novela
Trampas para estrellas (2001) y Cuentos invisibles (2003).

 

 PUNTO DE ENCUENTRO

Cuando la radio me confesó, otra vez en directo, cuatro explosiones más esa mañana del 11 de marzo, recordé la mirada del amigo en su pequeño despacho en Gütersloh, en la sede central de la editorial Bertelsmann en Alemania, cuando vimos juntos al segundo avión, con tanta naturalidad, casi elegante, taladrar la segunda torre gemela un 11 de septiembre. Su mujer trabajaba entonces en una correduría de bolsa allí, en Manhattan. Salió ilesa. Pero la mirada del amigo a miles de kilómetros de distancia de la tragedia me arrojó una pátina de muerte que cada vez tengo más engullida en los poros y que me ha hecho distinto.
     Quienes, por algún desorden en nuestro íntimo mundo neuroquímico de emociones y sentimientos, pensamos todos los días en la muerte y hemos hecho de la precariedad de la existencia la obsesión que nos hace despertar todos los días a la vida, sentimos un especial respeto por quienes ven su paso casual por el mundo de los vivos como una magnífica ventana al amor en esa incomprensible magnitud de la oscuridad eterna. Amor y solidaridad, entrega —viene a ser lo mismo—, son las fuerzas que abren los poros del ser humano para limpiarlos de esa pátina del dolor intenso que es el miedo a dejar de ser o a perder la parte nuestra que son los otros. El mundo es lo único que tenemos para encontrarnos. Cuando estamos asistiendo a grandes ceremonias del veredicto final, me siento incapaz de hablar de la política, ese nuestro trivial arte de convivir minimizando dolores y horrores. Y me produce náuseas pensar en lo que llaman política algunos que piensan tan poco en su propia muerte que no saben hundirse con el alma en la última experiencia ajena.
     Sólo la inmersión en el sufrimiento y en el acto final de la muerte del prójimo nos hace capaces de valorar ese juego de amor y solidaridad, de entrega y emoción que nos hace seres humanos, entes maravillosos, frutos de la casualidad divina. Conjugar la omnipresencia de la muerte con la adoración a la vida es la experiencia casi mística cotidiana que nos exigen los nuevos tiempos. Somos tantos los pasajeros hacia la nada, que sólo un algo fluido en nuestra breve singladura nos puede consolar. Ese algo es la esperanza de podernos ver los unos en los ojos de los otros. Y poder gozar de esa magia del amor que son la felicidad compartida y la compasión. Lo demás sontristes juegos chuscos. Seamos fuertes en nuestra extrema fragilidad para defender nuestro derecho a un techo feliz en la existencia fugaz. Auschwitz, Nueva York, Madrid y todas las grandes piras de sufrimiento pasadas y por venir deberían recordárnoslo siempre. Al menos a quienes, mientras podamos, queramos entronizar el mundo, tan cruel e imperfecto, en nuestro supremo y único, maravilloso punto de encuentro de las almas, de seres humanos que tenemos mil motivos para amarnos. ~

— Hermann Tertsch
Hermann Tertsch es periodista y columnista habitual en el diario El País.

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