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A un año del rescate. El fantasma de Chile

El drama que hace justo un año vivieron los mineros de San José logró atrapar al fantasma y ahora todos pueden captar el alcance de los cambios que ha vivido y vive Chile.
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“Un fantasma recorre Iberoamérica: el fantasma de Chile. No es un fantasma porque asuste. Ni lo es porque arrastre cadenas o ulule como un alma en pena (aunque también las arrastra y son muchas sus penas). Más bien es un fantasma porque todos hablan de sus apariciones, pero son muy pocos quienes realmente lo han visto”.

Así escribía el novelista Carlos Franz en un brillante ensayo (Letras Libres, septiembre, 2007) cuyo título usurpan estas notas. En su ensayo, Franz sugiere que,  mucho más que por ser un elusivo espectro, a Chile no lo vemos los demás latinoamericanos simplemente porque no queremos verlo ni sacar provecho de las lecciones que el país austral nos ofrece al haber logrado crecimiento económico y estabilidad política durante un cuarto de siglo.

La explicación de esta “ceguera” tal vez tenga que ver con la remota situación geográfica de Chile, pero el hecho es que hoy día ese pequeño y árido país, con una población de 16.3 millones de habitantes está, sin lugar a dudas, a la cabeza de nuestro continente. El drama que hace justo un año vivieron los mineros de San Josélogró atrapar al fantasma y ahora todos pueden captar el alcance de los cambios que, de un modo singular, irrepetible y, lo que es más envidiable, lleno de futuro, ha vivido y vive Chile.

Lucho Urzúa, el veterano jefe de la partida de mineros, y Sebastián Piñera, el presidente de la República, encarnan dramáticamente esos profundos cambios. Urzúa es hijo de un minero, activista de izquierda, desaparecido por la dictadura de Augusto Pinochet. Piñera es – para hablar primero de lo que resulta más de bulto– un multimillonario cuya fortuna personal la revista Forbes estimaen mil doscientos millones de dólares. También ha sido Piñera un dirigente del partido de centro-derecha Renovación Nacional. En el plebiscito convocado por Pinochet en 1988 para asegurar su continuidad en el poder, Piñera hizo campaña y votó por el NO.

Los logros de Chile, sostenidos en el tiempo, merecen un desglose detallado. Entre los veinte años que van de 1987 a 2007, la economía chilena creció a un ritmo del seis por ciento. El resto del continente, tomado en conjunto y durante el mismo período, creció a solo 2.8 por ciento. Y, si bien la distribución del ingreso es aún más desigual que la de muchos “hermanos menores” de la Unión Europea, la pobreza ha sido abatida desde un 45% en 1987 a un 13.7% en 2007, según cifras independientes de hace apenas tres años. Pero las cifras hablan una lengua insuficiente. Escuchemos lo que la irónica prosa de Franz – quien ha sido, además, un brillante diplomático de su país– tiene que decir al respecto:

2.

“Sin duda – se lee en mismo ensayoque hoy comento–, la tela más confusa con la que atavían al Chile de hoy es la sábana de seda del ‘milagro chileno’. El país exitoso, ‘viable‘–pronunciado muchas veces como ‘envidiable’, es arropado ahora con una suerte de toga de alumno sabelotodo recién egresado de la escuela de la pobreza, admitido por fin, y con honores, en la educación superior de los países desarrollados.

Sin embargo, para decirlo con palabras del ex presidente Lagos, más que un alumno aplicado, Chile ha sido uno de esos estudiantes díscolos pero creativos. Uno que sin apegarse mucho a la lección aprendida inventó soluciones y recetas propias.

El neoliberalismo chileno nació ya ‘reparado’ con esos parches y alambritos típicos del ingenio mestizo latinoamericano. Nunca se aplicó la pura receta privatizadora de la escuela de Chicago, en un país donde la principal industria de exportación –el cobre, nacionalizado por Allende– permaneció fervientemente estatal bajo Pinochet.

La posterior fórmula socialdemócrata chilena, en continua reelaboración y ajuste, hermana políticas redistributivas ingeniosas con ingredientes de un liberalismo económico que, en una auténtica socialdemocracia escandinava, por ejemplo, serían considerados hasta inmorales.

En lo social, la mala fama –o buena, según quién lo mire– que hace de Chile el país más conservador de América, no sólo no resiste la comparación estricta con nuestra región. Tampoco resistiría nuestras noches libertinas el visitante timorato que, animado por esta fama, llegue al Santiago donde la radio más oída trasmite coitos en vivo y la juventud se ‘levanta’ a las doce de la noche, como los vampiros, para salir de ‘carrete’ hasta el alba.

A pesar de las simplificaciones que nos prodigan los mismos analistas europeos o norteamericanos que hilan delgado, hasta lo invisible, cuando se trata de sus políticas locales, nuestra pequeña política tampoco es sencilla. Un bipartidismo de hecho hace que las grandes alianzas se disputen el centro. Y que más allá de alharacas para la galería, las prácticas de la derecha y la izquierda converjan en una especie de ornitorrinco político que podríamos bautizar como ‘liberal-socialismo’. Engendro, éste, que no será la menos original de las aportaciones chilenas a la desideologización universal.”

3.

 Lucho Urzúa es, según el imaginario marxista, la encarnación del proletariado – es minero–, mientras que Sebastián Piñera, según el mismo imaginario, es su enemigo de clase. Ambas nociones son engañosas simplificaciones que opacan el hecho de que los chilenos han logrado un amplio consenso en torno a su política económica al tiempo que han retornado la democracia y restaurado el estado de derecho.

Esto último es el logro mayor que desafía las creencias populistas y el estatismo prevalecientes en la mitad del continente. Pero no es un milagro.

“Otros países de nuestra región– escribía hace algunos años Paula Escobar, respetada columnista de El Mercurio–viven dominados por el culto a la gratificación instantánea. Nuestros vecinos quisieran para ellos resultados chilenos pero sin el proceso, el dolor y el esfuerzo que Chile ha aportado: esta es la actitud quintaesencialmente latinoamericana”.


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