Alaska y los piratoides o el emporio del disco contraataca

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Mediocridad y delirio, el memorable título de Enzensberger, es lo primero que me viene a la mente, una vez repuesto del último suceso extraterrestre. Bajo las siglas crípticas y anodinas de cualquier proyecto espacial (ANEDI) se esconde, una vez más, el imperio del bien. Es decir, un ente abstracto, con todos los parabienes legales y la justificación de cumplir no sé qué función social, pero que, en realidad, defiende unos intereses corporativos concretos y, a juzgar por los hechos, de la peor manera posible. Estas famosas siglas responden a la Asociación Nacional de Empresas Distribuidoras de Discos, aunque atendiendo a su forma de actuar bien podría rebautizarse como la Asociación Nacional de Estúpidos Disfuncionales Inéditos o algo parecido.
      Resulta que el pasado mes de noviembre, y a raíz de unas opiniones políticamente incorrectas de Alaska sobre el presente y futuro del mercado del disco, la susodicha asociación decidió retirar los discos de la artista de las estanterías en todas las tiendas de España. Tal despropósito sideral no duró más de 24 horas, pero da mucho que temblar una organización que castiga los delitos de opinión de esa manera. Alaska, afectada en primera persona por la crisis y mutación del mercado discográfico, dijo al parecer dos anatemas: “no es de recibo cobrar veintiún euros por un CD que cuesta tres” y que no entendía ni soportaba el “discurso policial de la SGAE”, opiniones que no coinciden con la versión oficial que culpabiliza de la tragedia a los alienígenas del top manta. Para quienes quieran conocer mejor las saludables opiniones de la artista les recomiendo que visiten directamente su página Web, en la que se recogen de forma imaginativa y rigurosa sus argumentos sobre el asunto. Además —y como el movimiento se demuestra andando y se predica con el ejemplo— el último disco de Fangoria ha salido al mercado con un precio máximo de 10,8 euros (muy por debajo de los 18 habituales), y cada cierto tiempo la artista saca singles a tres euros en los que se incluye la canción original, remezclas y a veces videos.
     Pero el asunto de fondo requiere dedicarle unas cuantas reflexiones, sobre todo cuando algunos otros criptogramas célebres (SGAE, AFYVE) tienen opiniones muy similares.
     Siempre ha habido tres actores en el sistema económico: el que crea o produce algo, el que lo compra o lo consume y el que se pone en medio, es decir, el intermediario. Éste es el espacio en donde se mueve la mayor parte de los terrícolas, y cuanto más larga es una cadena y más consiguen meterse dentro de ella, más viven del asunto y más caro va resultando el producto final. Y claro, cuando un eslabón se rompe, cada uno intenta salvar sus muebles de la manera más primitiva del mundo, ya que finalmente todos tienen una familia que alimentar y una hipoteca que amortizar.
     En el caso del planeta musical, la cadena se ha roto. El precio de un producto lo fija, como a todos nos enseñan en la universidad, el mercado; lo que años después descubres que quiere decir: el que controla la oferta del producto. Si pagas lo que dicen que vale, pues estupendo, y si no, pues… tararéalo. La industria discográfica ha perdido el control sobre la música. Los avances tecnológicos de los últimos diez años han provocado una reducción drástica de los costes de grabación y producción de material sonoro, lo que ha facilitado la autonomía de los artistas y la aparición de sellos independientes. Por otra parte, los particulares ya pueden, mediante las grabadoras de CDs o el intercambio de archivos en Internet, conseguir lo mismo (o algo parecido) a un precio muy inferior. Y si algo resulta mucho más barato, es obvio que hay un margen artificial en el precio anterior: alguien se está llevando mucho a cambio de nada.
     Lo de que los beneficios de la industria discográfica eran astronómicos era fácilmente detectable, aun sin telescopio: no había más que observar los delirios multimillonarios de aquel cantante negro que se ha pasado la vida sometiéndose a operaciones de blanqueo facial y terminó insertándose una nariz noruega, o los devaneos de aquel otro cantante blanco, íntimo de Lady Di , que viaja en jet privado, ataviado de lentejuelas y con unas gafas tamaño televisor, desde cualquiera de sus castillos privados al estadio de fútbol del equipo que compró. ¡Si esto son los artistas, imagínense los intermediarios!
     Según datos de la propia ANEDI, citados en un espléndido artículo de Pablo Guimón del que he vampirizado algunos otros datos, el precio final de cada disco se descompone de la forma siguiente: 49% la discográfica, 25% la tienda, 16% el Estado y 10% el artista. Saquen sus propias conclusiones.
     El negocio de la música movió en 2001 la friolera de cuarenta mil millones de euros, o de dólares, que viene a ser lo mismo. Las ventas legales de CDs en nuestro país han ido disminuyendo a tasas de un 4% anual en los últimos tres años y en el primer semestre de este 2002 un 18% en relación con el mismo periodo del año anterior. Las ventas de CDs piratas, por su parte, han aumentado su cuota de mercado en España del 3% en 1999 al 35% en el momento actual. Abracadabrante, sin lugar a dudas, pero no creo que la solución final sea lanzar a las fuerzas especiales de la Guardia Civil contra la marea negra de los top manta pues, a decir verdad, sigue siendo más urgente que la benemérita dedique el grueso de sus fuerzas a desmantelar otras mafias bastante más peligrosas: los iluminados de ETA, la trata de blancas, la inmigración ilegal, los traficantes de droga, los delincuentes de cuello blanco y alma oscura, etcétera, etcétera. A mí, qué quieren que les diga, todos estos desamparados (“sin techo” y “sin papeles”) que, en vez de reaccionar violentamente como hacen otros frente a una sociedad y un sistema que los rechaza, se dedican pacíficamente a intentar integrarse aportando algo, me producen cierta ternura y reconciliación con lo humano. Las mujeres coreanas llevan muchos años adornando nuestras noches con sus ramos de flores y todavía no ha aparecido ninguna asociación de floristas legales denunciando el intrusismo profesional. Será que detrás no hay colectivos tan poderosos ni se mueve tanto dinero.
     Lo realmente preocupante para la industria musical no son los subsaharianos del metro sino la llegada de internet. Eso sí es de otra galaxia, y para navegar esos espacios tendrán que idear fórmulas mucho más sofisticadas y estructuras mucho más ligeras que las actuales. Por un lado, Internet permite la distribución directa e instantánea de la música: sin intermediarios, del productor al consumidor. De hecho, ya hay artistas españoles, como Kiko Veneno, que han sacado su última producción de forma independiente y la venden por Internet. Por otra parte, estamos ante la discoteca infinita, en la que los internautas a través de plataformas peer to peer (de par a par o, si se prefiere, de igual a igual) ponen en contacto a decenas de miles de usuarios que ofrecen intercambiar sus archivos musicales. Por medio de buscadores como Morpheus y KaZaA, localizan los temas que desean y se hace el trueque. Se calcula que hoy en día hay unos mil millones de archivos musicales en la red, y todos los días se producen más de cuatro millones de descargas de archivos musicales, con lo que no me extraña que la música cubana se esté poniendo tan de moda. Resulta imposible acabar con el fenómeno pues, a diferencia del sistema Napster, ya no hay un “mercado central de canciones”, sino que el intercambio se hace entre particulares. Para evitarlo habría que desenchufar todos los ordenadores. Y también, que transgredir la ley: ¿cómo se va a prohibir el intercambio no lucrativo de canciones? ¿Es delito compartir tus gustos musicales con alguien?
     Definitivamente, la industria discográfica ha de inventar un nuevo modelo de negocio, transformar sus pesadas e ineficientes estructuras, adelgazar convenientemente los sueldos y los márgenes, y proponer al público algo innovador a precios más razonables que compita con el top manta o el intercambio de archivos musicales. Parece claro que el destino de su estructura actual es el mismo que el de los regimientos de caballería después de los primeros encontronazos con los tanques allá por la Primera Guerra Mundial. Y el nuevo campo de batalla será, sin duda, Internet. Tanto en Estados Unidos como en Europa hay movimientos. En nuestro continente la compañía OD2 (que ha obtenido la cesión del repertorio de cuatro de las cinco majors del sector) oferta música a cambio de dinero, pero con más variedad, calidad de grabación, mejor servicio y atractivos complementarios: entradas para conciertos, información sobre los artistas, etcétera.
     Quedaría, en relación con el precio, mencionar, aunque sea brevemente, la participación del Estado. La opinión pública es unánime en relación con la reducción del IVA, ya que no se entiende que los libros tengan un tipo reducido del 4% por entender que son productos culturales mientras que los discos padecen el 16%, al estimarse que son un artículo de lujo. Más allá de esta medida, y con independencia de las ayudas y subvenciones de costumbre, sí sería interesante que se reforzase la presencia de la música en los canales de televisión públicos. El desgraciado ejemplo del éxito musical de Operación Triunfo y las recopilaciones de Crónicas Marcianas hacen pensar que la mayor parte de la población oye por los ojos. ¡Qué le vamos a hacer!
     Estamos en una encrucijada en la que hace falta imaginación y generosidad en los planteamientos, desde todas las partes implicadas. Actitudes como las de ANEDI o sus replicantes, señalando la solución final, son peligrosas y poco serias. Lo sospechoso de la mayoría de las soluciones, como dice Sánchez Ferlosio, es la facilidad con que la gente las encuentra.
     A la luz de lo que hemos venido comentando, la vieja industria discográfica se parece a aquellas naves descomunales de Star Trek o Alien, y que uno imagina perfectamente dimensionadas para su uso, cuando luego, a lo largo de la película, te vas dando cuenta de que las manejan tres o cuatro y el resto está, simplemente, vacío. ~

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