Aprendizaje de la Realpolitik

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A veces resulta irrelevante que los fracasos consecutivos del idealismo en política internacional no certifiquen del todo la imposibilidad de una idea del bien común como transfusión ocasional de la moral a la política. También viene a dar lo mismo que las verdades tangibles de la Realpolitik no determinen de forma unívoca la preeminencia de la selva. Todo ayuda a hipertrofiar la bibliografía sobre las catástrofes históricas. De Kosovo a Afganistán, el idealismo puro y el realismo duro vienen a ser o un abuso de la abstracción o una tergiversación de la Historia, sobre todo si se parte de la convicción de que la Historia —con todas sus propensiones a lo trágico y a la entropía— no tiene más sentido que el que le den los seres humanos que la habitan. Incluso Cándido habría entendido que la democracia y la libertad siempre están en riesgo.
     Los idealistas piensan que algún día habrá justicia para todos; los realistas dan por status quo la injusticia. Lo más plausible es que siempre haga falta justicia. En realidad, ya hemos olvidado la gran angustia de la conciencia occidental ante la opción de choque termonuclear. Ahora el profesor John Mearsheimer reafirma la tesis del realismo ofensivo en la previsión de que, no por desear la paz, ninguna gran potencia se libra de la necesidad conveniente de afirmar sus poderes. Según la cuenta Stendhal, la política de la corte de Parma todavía alecciona.
     Robert Kaplan está por la presunción plenamente hobessiana: el caos es tan inminente como irremediable. Los sistemas democráticos son demasiado frágiles para no alterarse constitutivamente ante la nueva barbarie. Tanto fatalismo contrasta con acontecimientos tan diversos como la Unión Europea, la desaparición del apartheid, la pacificación de Irlanda del Norte o la caída de los talibanes afganos. No va a dejar de haber más conflictos, como es propio de la naturaleza humana, pero existen soluciones para algunos. La propia sustancia del proporcionalismo aducida por Kaplan atenúa el fatalismo histórico, en virtud del método de cálculo que permite calibrar cuánto mal menor se puede disponer para un bien mayor. Es una muy vieja historia y sus logros, para bien y para mal, acostumbran a derivar del uso proporcional de la fuerza. Al adentrarse en las penumbras de la república imperial norteamericana, Raymond Aron dice que "las armas, en función de si se ponen del lado de la libertad o del despotismo, del desarrollo económico o el estancamiento, de una élite modernizadora o reaccionaria, son capaces de impregnar la acción imperial de un resultado bienhechor u odioso".
     Recientemente, Kaplan insiste en la práctica necesaria de un ethos pagano para solventar el equilibrio mundial. Soñar con las virtudes patricias del imperio romano no parece que logre sustituir con holgura el legado de valores judeocristianos.
     Con el conflicto de los Balcanes asomó la generación activista en el nuevo orden internacional, los intervencionistas que —en no pocos gobiernos de centro-izquierda en la Unión Europea— proceden de la confusión ideológica entre la caída del muro de Berlín y la inercia de mayo de 1968. Da ejemplo de un giro tan rotundo el ministro alemán de exteriores, Joschka Fischer. Tuvo que caer el muro de Berlín para que tomasen la decisión de atajar el totalitarismo. Más vale tarde que nunca. En el trasvase, una de las figuras más sugestivas ha sido y es André Glucksmann. Fue orador de contundencia en las asambleas de mayo de 1968 y luego protagonizó los episodios del maoísmo francés y de la edición de La cause du peuple. Ahora ha publicado el ensayo Dostoievski en Manhattan, con el propósito de alegar que el atentado del 11 de septiembre es un avance del nihilismo. Si el marxismo fue el opio de los intelectuales según Aron, Glucksmann viene a decir que el falso ansiolítico de nuestros días es la tesis del fin de la Historia. No puede ser casual que los ataques más frontales contra Francis Fukuyama procedan de un pensamiento que tuvo su primera educación sentimental en el determinismo de la revolución y hoy aspira a la vez a la sabiduría sombría de la Realpolitik y al intervencionismo redentor.
     Tiene que haber un sendero practicable en aquella franja de territorio intelectual que se da entre el idealismo institucionalizado y el realismo autocomplaciente. Charles Péguy dejó escrito un comentario sobre Kant: "Tiene las manos puras, pero no tiene manos". Para operar en la política internacional, disponer de manos resulta imprescindible. Unilateralistas y multilateralistas debaten en los seminarios al uso, en un mundo en el que la unidad de tiempo se ha desvinculado de la unidad de lugar y el caos puede sumarse a la simultaneidad. Nada habría impedido una sincronización del ataque del 11 de septiembre con la demolición de la torre Eiffel y un colapso provocado en el sistema energético chino. Del gauchisme a la Realpolitik cualquiera no se pierde unas cuantas lecciones de la Historia. –

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