Ayaan Hirsi Ali y la reforma del islam

Para Hirsi Ali la violencia que se comete en nombre del islam no es una desviación a los principios de la religión, sino que es algo que deriva de la doctrina.
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Mientras no cambien los dioses nada habrá cambiado es el título de un libro de Rafael Sánchez Ferlosio y en cierto modo podría servir también para Reformemos el islam (Galaxia Gutenberg), el nuevo libro de Ayaan Hirsi Ali (Mogadiscio, 1969). Hirsi Ali se hizo famosa en todo el mundo cuando un fanático musulmán asesinó a su colaborador y amigo Theo Van Gogh en las calles de Ámsterdam, como castigo por haber hecho una película que consideraba ofensiva para el islam. El asesino dejó una nota llena de amenazas de muerte contra Hirsi Ali, que desde entonces tiene que vivir protegida.

Ha contado su historia en sus libros: su infancia en Somalia y Arabia Saudí, el exilio en Kenia, el contacto con el islamismo, la mutilación genital que sufrió en su infancia, un matrimonio concertado que hizo que huyera a Europa, donde descubrió los valores laicos y democráticos, su alejamiento de la fe, su trabajo como traductora y en centros de ayuda para inmigrantes, su labor como activista y diputada en el parlamento holandés, las amenazas de los islamistas, la actitud deshonrosa de su país de adopción y su traslado a Estados Unidos.

A lo largo de estos años, Hirsi Ali ha reivindicado los valores de la Ilustración y ha denunciado las restricciones a la libertad individual (y sobre todo a la libertad de las mujeres) y a la dignidad que impone la religión musulmana. Su posición es combativa, en ocasiones discutible y siempre interesante y valiente. A menudo ha resultado también incómoda. Los valores que defiende –la libertad individual, la igualdad de derechos entre mujeres y hombres, entre heterosexuales y homosexuales, el pensamiento crítico y el derecho a expresarlo– son valores centrales en las democracias liberales. Sin embargo, su crítica a la religión musulmana se considera a veces demasiado fuerte, demasiado ofensiva. Lo que defiende está bien, parecen pensar muchos, pero quizá lo defiende con excesivo entusiasmo. Cargados con la culpa del racismo y el colonialismo, y conscientes de que las ideas de civilización y progreso han servido a menudo de pretexto para el crimen y el abuso, algunos occidentales se han sentido descolocados. Un ejemplo elocuente es la carta (firmada por 87 profesores) que acusaba a Hirsi Ali de promover un discurso del odio e hizo que la Universidad de Brandeis le retirase una oferta de doctorado honoris causa. Entre sus logros, Hirsi Ali puede contar el de haber contribuido a crear alianzas improbables, como la formada por estudiosos de “Teoría Narrativa Queer” e islamistas abiertamente homófobos. Escribe: “Nunca dejará de sorprenderme el hecho de que no musulmanes que se consideran liberales –incluidas feministas y defensores de los derechos de los homosexuales– se hayan dejado convencer de un modo tan burdo para ponerse en el bando de los islamistas, y en contra de los críticos musulmanes y no musulmanes.”

Algunos de sus críticos aseguran, de manera un tanto condescendiente, que una experiencia vital traumática distorsionaría sus puntos de vista. Otros señalan que su trayectoria singular no es extrapolable: los musulmanes no podrían adoptar esas posiciones. Eso es algo que ella reconoce en sus obras, que narran su experiencia (mi preferida, Infiel, es un relato de aprendizaje y descubrimiento) pero también intentan diagnosticar unos problemas más amplios y presentar unas soluciones aplicables de manera general.

Partidaria de ideas universalistas, Hirsi Ali ha sido en obras anteriores una infiel y una nómada; en este libro se propone ser una hereje. La tesis de Reformemos el islam es que “las doctrinas religiosas importan y necesitan una reforma”. El islam, una religión que cuenta con 1.600 millones de fieles, un 23% de la población mundial, no precisa (como había reclamado en otras ocasiones) solo un Voltaire. También necesita un Lutero. Hirsi Ali divide a los musulmanes en tres grupos: los musulmanes de La Meca, la gran mayoría, que practican la religión y se oponen a la violencia, pero tienen el problema de que los principios de su religión viven en un estado de “tensión precaria” con el mundo moderno; los musulmanes de Medina, los extremistas que seguirían las enseñanzas más violentas de los últimos años de Mahoma; los musulmanes disidentes o partidarios de la reforma. Cree que muchos de los problemas que sufren los musulmanes, y los países donde esta confesión es mayoritaria, tienen que ver con la religión. Para ella, además, la violencia que se comete en nombre del islam no es una desviación o una traición a los principios de la religión, o el producto de las condiciones socioeconómicas, sino que es algo que deriva de la doctrina. Textos sagrados de otras religiones incluyen incitaciones al genocidio o normas estúpidas, pero en general esas exhortaciones ya no se interpretan al pie de la letra. Uno de los problemas que detecta en el islam es que es una religión rígida, que ya ha dicho su última palabra, y eso complica acoger cualquier innovación.

A diferencia de Lutero, no propone 95 tesis, sino solo cinco, que son los cambios fundamentales que a su juicio necesita el islam. En primer lugar, está la categoría semidivina de Mahoma y la lectura literalista del Corán. En segundo, el énfasis en la vida después de la muerte, que induce al fatalismo y desprecio de la vida terrenal: en el futuro el buen musulmán encontrará, dice el erudito Algazel, siete vírgenes que “no duermen, no se quedan embarazadas, no menstrúan ni escupen ni se suenan la nariz y nunca están enfermas”; la preferencia por esa vida futura justifica también los “mártires homicidas”. En tercer lugar está la sharía, el conjunto de leyes procedentes del Corán, los hadices y el resto de la jurisprudencia islámica; en cuarto, la práctica de otorgar poderes a los individuos para hacer respetar la ley islámica “ordenando lo que está bien y prohibiendo lo que está mal”: explica que “el islam es la religión más descentralizada y al mismo tiempo la más rígida del mundo. Cualquier creyente se siente autorizado para rechazar el debate libre”, lo que puede desatar una especie de “totalitarismo doméstico”. El quinto elemento que necesita una reforma es el llamamiento a la yihad. Hirsi Ali reclama una mayor libertad y apertura en la forma de vivir la religión (aunque algunas estadísticas que cita son bastante desalentadoras: el 84% de los musulmanes pakistaníes apoyaban la implantación de la sharía en su país). “No existe ninguna religión moderna que considere la disidencia un crimen, punible con la muerte”, explica la autora, que señala que el cristianismo también fue partidario de la guerra santa en otra época y que denuncia cómo las interpretaciones más extremistas se han extendido en las últimas décadas, financiadas por países como Arabia Saudí. Para ella, el islam “es una religión política en la que muchos de sus principios fundamentales son enemigos irreconciliables de nuestro modo de vida. Debemos insistir en que no somos los occidentales los que debemos adaptarnos a las sensibilidades de los musulmanes; son los musulmanes los que deben adaptarse a los ideales liberales”. Hirsi Ali reivindica también el papel de la blasfemia: “fue por medio de un proceso de blasfemias reiteradas que los cristianos y los judíos evolucionaron y se adaptaron a la modernidad. Se logró gracias al arte. Se logró gracias a la ciencia. Y sí, se logró gracias a la sátira irreverente”, dice, pero esta no basta por sí sola.

Aunque está lleno de casos estremecedores, sobre castigos y vidas destruidas por el dogmatismo, Reformemos el islam, en cierto modo, es un libro más conciliador y optimista que otras obras de la autora. Hirsi Ali, que repasa brevemente momentos de la historia del islam y de sus controversias, encuentra signos de mejora. La reforma le parece posible, pese al fracaso de la primavera árabe, y son útiles las páginas que dedica a pensadores musulmanes contemporáneos. Hirsi Ali traza un paralelismo arriesgado con la guerra fría y reclama una intervención intelectual de Occidente, recordando el Congreso por la Libertad de la Cultura. La equivalencia no funciona, y Ayaan Hirsi Ali tampoco es totalmente persuasiva cuando dice que Francia, tras el atentado de Charlie Hebdo, adoptó las posiciones de George W. Bush que había criticado antes. Aunque se puede discutir su exactitud, quizá no es tan reprochable que un dirigente de un país con población musulmana diga tras un atentado cometido en nombre de Alá que el crimen no tiene nada que ver con el islam.

Parece difícil que las ideas de una apóstata sean muy influyentes entre los fieles o que una atea declarada impulse una reforma religiosa. No todas las propuestas de Hirsi Ali en este libro son igual de convincentes o sencillas de llevar a la práctica, pero merece la pena leerlas y pensar en ellas.

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