Bilingüismo y autotraducción

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Todos los escritores que escriben en catalán son bilingües. Esta perogrullada se convierte en interesante cuando uno de ellos se traduce a sí mismo. Se trata de una práctica bastante común, que revela, cuando se lleva a cabo un análisis comparativo, ciertas mutaciones, relacionadas tanto con las posibilidades de la lengua en cuestión como con los contextos de recepción. El caso de Quim Monzó es paradigmático a este respecto: basta con comparar sus cuentos y sus artículos en las versiones en ambos idiomas. La publicación de Poemas del Alquimista, de Josep Palau i Fabre —que se sitúa en la línea de excelencia de los libros de poesía de Galaxia Gutenberg—, ilustra este fenómeno, al tiempo que le añade un matiz diacrónico tan inhabitual como sugerente.
     Por matiz diacrónico entiendo el hecho de que sea el mismo poeta quien se traduce a sí mismo más de medio siglo después de la escritura de los originales. Las lenguas crecen, se ramifican en el interior de los cerebros. Cambian los ritmos vitales. Así, el poema “Poeta-Narciso” (“Vers: sigues igual a mi./ Jo em veig en tu si em veus./ ¿Som una o dues veus?/ ¿Quina, però, és de qui?”) se metamoforsea en: “Verso: sé tú mi igual./ Me veo en ti si tú me ves./ ¿Somos dos voces a la vez?/ ¿Pero cuál es de quién? ¿Cuál?”. El yo lírico se refleja en el espejo del verso, lo interroga como hace la madrastra del cuento, pero esta vez no hay respuesta posible. La traducción al castellano del último verso dobla la pregunta. Quizá porque la distancia respecto al material poético es también doble (el hacedor y el fingidor), si no triple: más de cincuenta años entre el original y la traducción marcan —insisto— y plantean muchas preguntas que tal vez se pueden condensar en un “¿Cuál?” que quedará para siempre sin respuesta.
     Una vuelta de tuerca a la complejidad comentada se encuentra en el caso de las versiones que Palau hace de poemas de otros autores, como Rosselló-Pòrcel. En “El lector invisible” las palabras “crua” (cruda), “encenia” (encendía) y “obscena” devienen, en la versión castellana, respectivamente: “desnuda”, “expira” e “irreverente”. “Un poema es siempre, en el mejor de los casos, una traducción”, escribía en un prólogo de 1950. El traductor es para él un alquimista: alguien capaz de manipular a su antojo la materia poética. Desde Ramón Llull hasta los simbolistas, la suya es una obra que se sitúa en la estela de la poesía de la destrucción: “La poesía moderna es una mística furiosa que tiende a vaciarnos del mundo sensible”. En los prólogos y notas que acompañan los diversos poemarios que se reúnen en Poemas del Alquimista se cita a Rimbaud, Verlaine, Artaud y otros destacados poetas franceses; de la tradición española, sólo dos nombres merecen la más alta consideración: San Juan de la Cruz y Lorca. Del primero, le interesa su nocturnidad y la mística como vaciamiento; del segundo dice, en un texto firmado en octubre de 2002, que es “el más grande poeta del siglo XX”.
     Esta contradicción, al menos aparente, tiene su eco en la ambigüedad que preside la obra palaufabriana. Una ambigüedad que, junto con la ironía, es según Octavio Paz la esencia del movimiento romántico. El neorromanticismo —identificable tanto en la corriente simbolista como el surrealismo— se observa en la reivindicación que Palau hace de la figura del genio. Picasso, a quien ha dedicado una energía extraordinaria, es el artista genial por excelencia del siglo XX. Esto es debido a su estudio de la destrucción mediante la pintura, a su versatilidad con los géneros de expresión, a su vitalismo. No es casual que el ciclo teatral más importante de Palau sea el consagrado al mito de Don Juan (reunido en una reciente edición de Proa). El deseo y la promiscuidad son más que constantes temáticas en su obra. Obsesiones. La poesía promiscua, el enmascaramiento fértil, el semen que engendra versos. Paralelamente: la desaparición del sujeto, en una época en que ésta no era aún defendida por la crítica académica.
     Escribió Alejandra Pizarnik sobre Fernando Pessoa: “Tampoco conviene clasificarlo por su adhesión a las ciencias ocultas, adhesión que comparte con otros grandes poetas modernos desde Nerval, Mallarmé y Rimbaud hasta Breton.”. El motivo por el cual no debe destacarse ese aspecto de la obra pessoana es que se haría en detrimento de otros de mayor importancia, como su concepción del poeta como fingidor y su creación de una cartografía vanguardista en el seno de un único cerebro. Cargar las tintas sobre el malditismo de los poetas conduce por lo demás a una falta de atención a las otras muchas caras del poliedro que es toda existencia y, sobre todo, a los textos que al cabo son el único testimonio válido de la enjundia de una obra. La exclusión de la propia Pizarnik de la antología de Valente —Las ínsulas extrañas— se debe, intuyo, a ese defecto de la crítica literaria actual. Para no incurrir en ese error en el caso de Palau i Fabre, merece la pena situar su marginalidad y su poética órfica al lado de un compromiso político y de un autoexilio que, como señala Juan Goytisolo en el prólogo al libro que nos ocupa, constituyen una victoria sin demasiados parangones en la literatura peninsular.
     Una victoria que es la de quien ha trabajado secretamente durante toda una vida, para recoger a la vejez la recompensa del reconocimiento. El hecho de que Poemas del Alquimista se cierre con un poema de 1946 (a él pertenecen los célebres versos: “Las palabras se me mueren adentro/ y yo vivo en las cosas.”) revela, además, una inteligencia encomiable, la de saber retirarse a tiempo. Los años que siguieron a esa fecha denunciaron las místicas, orfismos y mitos que habían conducido al desastre. Palau encabeza su libro con las siguientes palabras: “El hombre es un animal que se busca”. Él era un animal de fondo juanrramoniano que había perdido su fe en el lenguaje de la poesía, y eso milagrosamente significaba tener la llave para volver al mundo.
     Poemas del Alquimista pertenece al tránsito de los años cuarenta a los cincuenta, a una época en que se podía afirmar: “Toda la poesía que hoy se salva (la que nos salva) reposa sobre las entrañas de la noche.”. Sólo seis años más tarde, en su diario íntimo, Gil de Biedma escribiría: “La literatura no salva, como creían Proust et alia, pero alivia”. ~

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