Brasil interior

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Meu Brasil brasileiro

Wladir DupontMeu Brasil brasileiro, entonaba, ingenuo y patriotero, el refrán de la famosa canción popular de los años cuarenta, en una época en que la inmensa diversidad aún oculta del país servía, sobre todo por medio de la música, para fomentar un nacionalismo inofensivo. Pero hoy, cuando una realidad dolorosa y obscena se sobrepone a las ideologías y los partidismos ineficaces y oportunistas, será el caso de preguntarse qué Brasil es éste que no excita la retina y la mente ante las fotos de Miguel Rio Branco.

No será por cierto el Brasil de una cultura popular estereotipada por la misma prensa nativa y mucho más por los ensayos socioantropoló-
gicos de europeos y estadounidenses en la búsqueda del exotismo fácil: las noches orgiásticas del Carnaval, el erotismo de exportación de las mulatas, el ritmo contagiante de la batucada, las fintas mareantes de Ronaldinho en la cancha.

Y para hacer el escaparate aún más atractivo, los clichés de los folletos turísticos —la alegría del pueblo, su vigor físico, el estoicismo, la informalidad, la supuesta convivencia armónica entre blancos y negros.

Lo que se revela, eso sí, en las fotos de Rio Branco, es otro Brasil, aquel del interior, de lo más profundo del país, donde la luz del sol, generosa, sí se esparce, pero sin fuerza para iluminar un entorno por siglos sombrío, triste, desesperanzado, donde vive —¿o vegeta?— una gente que se sabe abandonada por Dios y los gobernantes.

Si acaso, gracias a la mirada compasiva del fotógrafo y su sensibilidad para captar y mezclar los colores y los matices ambientales, salta a veces, en un rincón de las más descarnada miseria, una chispa de energía o sensualidad, ilustrada por poses inesperadas, por hieráticas patéticas, pronto borradas por la realidad cotidiana, casi siempre indigente, cruel, animalesca.
     Será virtud mayor de Rio Branco, y eso lo destaca otro gran fotógrafo, su amigo Sebastião Salgado, la condición de viajero constante, el eterno extranjero, que al regresar a las raíces busca fijar, con sus lentes nostálgicas, una identidad nacional que ha perdido por las circunstancias y que ahora le urge tener de vuelta, y de paso compartirla con su pueblo —aunque sea en fragmentos.

Fragmentos que, en medio de la silenciosa resignación, apenas explican, dejan vislumbrar, por cuenta de la pasión del ojo recién llegado y de la propia grandiosidad de la tierra, algo de la riqueza, la belleza, en fin, el joie de vivre de ser brasileño, de ser parte, ¿por que no?, del sufrido pero valiente Meu Brasil brasileiro.

 

 

 

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