Carta a José Luis Cuevas

Un reconocimiento a la trayectoria de uno de los artistas emblemáticos de la plástica mexicana del siglo XX. 
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Engabardinado, aleteándote el pelo sobre la frente abombada y embestidora, y mirando como por arriba de las cejas, tú, José Luis, cultivabas tu mito de enfant terrible. Invitado a comer sopa de almejas en casa de Bambi y Alberto Gironella, miraste las conchas y preguntaste: Esas piedras ¿se comen? Y en alguna casa chic hiciste desmayarse a las señoras contando cómo en la morgue del Hospital General retratabas putas muertas. Y una vez, estando en el lecho con una mujer bonita pero extrañamente no excitante, ella, después de muchos inútiles escarceos, te chilló: ¡José Luis, por Dios, imagina que soy fea y jorobada! (como las que dibujas, pudo añadir).

Digo siempre: Cuevas es genial cuando en la intimidad trabaja en lo suyo, pero ante el público posa de falso genio. Quizá ese “teatrito” de dizque bravucón lo aprendiste desde el colegio para defenderte de los colegiales matoncitos, o cuando en la Escuela de Artes de la Esmeralda subías la escalinata de dos en dos peldaños para robustecerte el corazón, para que el latido transformado en pulso te durase (y te dura) por los dibujos y los dibujos y las polémicas y las polémicas.

¿Vanidoso, buscador de escándalos? Tú sonríes como un corsario con cuchillo entre los dientes, y así proteges con tu “teatrito” tu fuerte y autoasombrada niñez interior, la de quien juega hasta con sus obsesiones más terribles y las traza en el papel y las concreta en el metal (¡y qué bella y terrible Venus cuevesina lograste en tu Giganta que Baudelaire habría aplaudido!)

Te recuerdo, José Luis, en los primeros años 50’s, cuando, nacidos ambos en el 34, éramos adolescentes. Caminabas adelantando la frente beethoveniana y llevabas bajo el brazo una enorme carpeta que el viento azotaba como a un velamen. Ibas por la Colonia Roma y llegaste a la Galería Prisse, ¿o era la Proteo?, a mostrar no sé cuántas decenas de dibujos a pluma y de gouaches que maravillaron a Gironella, a Vlady, a Echeverría, a Bartolí (que exclamaba: ¡cojonudos!). Allí platicamos de cine y me venciste en la erudición filmográfica, y, hablando de pintura, reconocimos que siendo casi todavía niños habíamos coincidido en tener en el Palacio de Bellas Artes una erección ante la puta en decúbito dorsal del mural Catharsis de Orozco: la mujer morena, de rostro achinado, de dientes blancos y salvajes, de bellos muslos delgados y fuertes, lúbricamente ofreciendo el pubis público, impúdico, en medio de la catástrofe.

Cuando iniciaste la guerra casi unipersonal contra la dogmática Escuela Mexicana de Pintura, los artistas y críticos de la izclesia se encresparon contra ti, y tú seguiste firme en decir tu verdad. Atacabas a los monstruos sagrados Siqueiros y Rivera, pero siempre respetaste a Orozco. Y mientras tanto, en medio de tus polémicas, creabas tus criaturas exquisitamente escalofriantes, tu personajerío de la noche desvelada y lúcidamente alucinatoria.

Desde entonces y con la misma ininterrumpida línea de acero de la mano con muñequera (para tener firme el pulso) has narrado sobre las cartulinas la incursión de tu mirada en una cotidiana hecatombe, en un familiar infierno: tu jardín de las pesadillas. Aunque (¡paradoja!) eres en realidad un profundo tímido, todos los días has armado y dado cuerda a tu robot “Cuevas” y lo has puesto en el tablado del mundo a trompetear y tamborilear y a pregonar, y luego, en casa, dejas fluir tu caligrafía de personajes entre los que te autorretratas para vaciar de tinieblas el corazón. Tu hilo de carboncillo y tinta china fluye de allí como una fina melodía que transcurre en figuras. Si el poeta dijo: “Merece tus sueños”, tú José Luis, añadirías: “Y reconoce tus pesadillas”. Esos seres  son personajes de la comedia inhumana por demasiado humana, y aúllan desde el silencio de lo visible.

Tu numerosa obra es una caligrafía icónica, una zarabanda de enternecedores esperpentos atrapados por la tinta como por un rayo disecador y amorosamente cruel. Es un discurso gráfico de escenas íntimas de manicomio fijadas en un latido de alucinación helada, en una eléctrica pelambrería de líneas, en un plástico poema de la humanidad bajo la acerada luz de un alba terminal.

En los años setenta el corazón te asestó una campanada malagorera y te internaste en un hospital estadounidense. En la portada de uno de los primeros números de “Sábado”, el suplemento cultural de unomasuno, publiqué una gran foto (¿de quien?) en la que se te veía en la mesa del quirófano y preso de una red de tubitos de plástico que entraban y salían de tu cuerpo… pero estabas impávido, mirando al frente con los ojos claros.

Ahora, José Luis, me alegra verte resurgir invicto de días de otro hospital. Y se te ve vivo y bravo y sereno, y siempre gran artista, y siempre querible amigo. 

-Texto publicado previamente en Milenio diario (y aquí ampliado).