Cien años del TLS

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El Times Literary Supplement cumple cien años. Nuestra amiga Luisa Bonilla no pudo resistir la tentación de al menos enlistar las virtudes intelectuales de este suplemento modélico que ha hecho, a lo largo de un siglo, más por la literatura y el debate ingleses que casi ninguna otra institución.
Ahora mismo, al escribir estas líneas, mi procesador de textos me aclara en un aparte que estoy usando el tipo "Times New Roman", una adaptación del "Times Roman" que Mr. Stanley Morison diseñó mientras dirigía el Times Literary Supplement. La presencia del semanario inglés en nuestra tipografía se convierte casi en omnipresencia cuando hablamos del devenir de la cultura anglosajona a lo largo del siglo XX. Del mismo modo que el tipo ideado por Morison es un pequeño prodigio de elegancia pragmática, el TLS encarna sin igual los rasgos medulares de la sociedad en que nació y que lo ha visto crecer, desarrollarse y (por fortuna) no morir: su mezcla de rigor y modestia, de búsqueda intelectual y sentido común, de curiosidad y coqueta endogamia, es el espejo donde muchos lectores siguen mirándose para comprobar la vigencia de su propia cultura; y donde algunos anglófilos impenitentes veneramos la confirmación de nuestras expectativas.
     El TLS cumple un siglo y la fanfarria que acompaña su aniversario parece traicionar la rutina casi fiel que ha gobernado su historia. Una rutina que nació por error, cuando la sección de libros de The Times fue empujada por una crónica parlamentaria demasiado extensa y hubo de refugiarse en un suplemento. El cambio agradó a sus responsables y devino de inmediato costumbre. El TLS cumple cien años pero se diría que nunca nació, que siempre ha estado ahí, como el aire o un buenos días. Su creación fue un golpe a la salud de algunas revistas culturales y supuso el nacimiento de un círculo selecto de críticos que ha elegido siempre su propia sucesión. Desde los tiempos de Virginia Woolf y T. S. Eliot, caracterizados por el anonimato y cierta complacencia en el ataque severo pero caballeresco, hasta los actuales de A. N. Wilson o Ian Buruma, que prefieren el buen nombre a un aguijón afilado, han pasado algunas cosas: una guerra que cerró sus oficinas durante la primera mitad de los cuarenta, la decisión en 1974 de abolir el anonimato, la creación de su rival The London Review of Books con motivo de la huelga que afectó a The Times en 1979… Pero otras no han cambiado. No ha cambiado, por ejemplo, el criterio que tiene en cuenta tanto libros de élite como de salón, o que aconseja abrir cada número con un amplio ensayo monográfico, o que informa de manera exhaustiva de las publicaciones más recientes, o que ofrece a sus lectores la oportunidad de debatir los trabajos publicados. Ahí, en esa plaza pública en que se convierte cada semana la página central del TLS, encuentra uno la raíz de su atracción: hablarle al lector en un idioma transparente, que no esconde la mano ni le niega el derecho a la réplica, y que busca, sobre todo, otorgar a cada cosa su dimensión exacta. Cien años son pocos para tantos buenos propósitos. Que vengan otros cien, y que nuevos lectores los celebren con la misma alegría. –

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