Darwinismo y seducción

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Un extraño personaje se encuentra a punto del colapso nervioso tras comprobar que su antigua novia sale con otro hombre. Un no menos extraño personaje, autonombrado Style, acota que el hombre de uñas y ojos pintados de negro es un darwinista irredento: “Mystery no tenía ninguna paciencia para lo espiritual. Su religión era Darwin.”

La teoría de la evolución de las especies cuenta entre sus devotos a unos insospechados seguidores: los denominados Artistas de la Seducción, Pick Up Artists, una comunidad que brotó, como la conocemos actualmente, con nuestro milenio. Aunque siempre han existido seductores e incluso muchos escribieron y asentaron sus comentarios, detallando procesos para manipular mujeres, sería un oscuro aspirante a guionista de comedias, Ross Jeffries, inspiración para el personaje T. J. Mackey del filme de Anderson, Magnolia, quien establecería la seducción como método.

Jeffries aseveró que la apariencia, el dinero o la edad no eran importantes para seducir. Sus esquemas, adecuaciones de patrones ideados dentro de la escuela neurolingüística, partían de la posibilidad de establecer un vínculo, a la manera de cualquier terapeuta o maestro de la hipnosis: crear un anclaje para establecer rapport. Uno de sus seguidores, David DeAngelo, ponderó el concepto de CockyFunny, humor arrogante, de chulo. Y acuñó una fórmula que es el verdadero mantra de la seducción: La Atracción no es una Elección.

De Angelo dilucidó los lineamientos evolucionistas de la teoría de la seducción. Estableció que hay hombres apocados (wussy) y chicos malos (bad boys). Las mujeres no tienen interés en chicos simpáticos, inteligentes y necesitados sino en quienes parecen no necesitarlas y son indiferentes a sus necesidades o requerimientos. El concepto de cool, anterior a la seducción, ya conocía y había establecido esta diferencia. Quien es nervioso, excitado y vehemente exhibe menor valía que el individuo indiferente y ajeno: cool.

Además del lema, De Angelo propuso los conceptos de necesidad e indiferencia, de atraer con un señuelo y de jugar al estira y afloja. Angelo recomienda no ceder al primer tirón sino basar la seducción en una estrategia de castigo-recompensa. Sus pautas se basan en los principios del entrenamiento para perros. Hay que desafiar el interés de la mujer, asentar quién es el macho dominante y una vez que ella misma se ha entregado, es posible establecer una conexión, que es el preámbulo al sexo. Por eso otra de sus técnicas recomienda: dos pasos adelante y uno atrás; por ejemplo, no aceptar las proposiciones ni los signos de interés de una mujer de inmediato, con el fin de acrecentar su deseo y lograr una rendición plena.

Mystery, un nerd aspirante a ilusionista, asentó el carácter decididamente evolucionista de la teoría. Tras una investigación que comprendió no sólo los habituales clásicos de la literatura de la seducción sino una observación incesante, Mystery diseñó un método elegante y deudor de la jerga científica. Su método, denominado El Método de Mystery, se fundamenta en una teoría evolucionista que considera como objetivos vitales sobrevivir y procrear. En la primera parte de su popular libro desmonta los principios de la moderna teoría de la seducción al establecer como ancestrales el miedo al rechazo, el temor de las mujeres a ser consideradas un coñito (slut) y por ello su compleja conducta, sus exámenes y pruebas para con los pretendientes. Mystery basa su método, que desmonta las fases del cortejo para refundirlas en un esquema de cuatro pasos, en técnicas que buscan atraer, crear confianza, establecer una conexión y finalmente cerrar, que equivale a decir acostarse. O como dijera Strauss: manipula las dinámicas sociales para seducir a las mujeres más atractivas.

Discípulos ingratos como Tyler Durden –no confundir con el antihéroe de Chuck Palahniuk– han llevado ese darwinismo a asuntos más extremos al perseguir establecer un liderazgo entre los hombres a través de la competencia y el ataque frontal a los machos rivales. La teoría de la seducción se establece entonces como un conflicto de testosterona, de busca de poder y legitimidad a través de la atracción femenina. Curiosamente las lecturas principales, además del manual de instrucción para perros y de El Arte de la Seducción de Robert Greene, es El gen egoísta de Richard Dawkins. Describe Neil Strauss, convertido en seductor él mismo:

Entre las lecturas obligadas para cualquier MDLS había varios libros sobre la teoría de la evolución: The Red Queen de Matt Ridley, El gen egoísta de Richard Dawkins y Batallas en la cama de Robin Baker. Al leerlos entiendes por qué a las mujeres suelen gustarles los tíos más insoportables, por qué los hombres quieren acostarse con tantas mujeres y por qué hay tantos maridos infieles.

Todos los conceptos creados por Mystery de una supuesta lectura evolucionista, como el concepto de peacock, pavonearse, consistente en investirse de elementos que atraigan la atención en el campo –pantalones de cuero, maquillaje, pieles exóticas–, las negaciones para devaluar a mujeres de alta autoestima, proceden de esa fuente, al igual que la regla de los tres segundos que busca conjurar el miedo al acercamiento. Al revisar El origen de las especies de Charles Darwin, son sorprendentemente pocas las páginas reservadas al apareamiento y menos las que establezcan el pavoneo, la competencia entre machos, el aislamiento de las hembras, como premisas para el cortejo. De donde se deduce que sin descartar las teorías de Mystery, quien ha resultado un asombroso moralista, una suerte de Choderlos de Laclós posmoderno, éstas poco tienen de científicas, a menos que revivamos las oscuras tesis del darwinismo social.

– José Homero

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