Dibujo de Bartoli

De la vida militar

Seis historias sobre el arte bélico.
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El célebre militar prusiano Carl Philipp Gottlieb von Clausewitz (17801831), autor del clásico tratado teórico titulado Von Kriege, escribió  que la guerra es la continuación de la política (o la diplomacia) por otros medios. Menos célebre, alguien anónimo, pero que también  hablaba desde su propia experiencia, dijo que contar la historia de un mero soldado de infantería es contar la Historia de todas las guerras. Cabría parafrasear añadiendo que cualquier historia de cualesquiera hombres metidos en guerra, sean anónimos soldados o grandes y celebérrimos capitanes, generales o comandantes, es la Historia universal de la guerra. Y quizá esto lo ilustren estas pequeñas historias, casi todas debidas a mi pobre imaginación y dos de ellas (“El ritual” y “Rosa de Tokio”) reescritas a partir de anécdotas leídas en viejas y perdidas revistas.

 

EL INCIDENTE

Presentándose en el salón de la embajada extranjera, el gallardo general saludó a toda la concurrencia haciendo sonar los tacones, besó manos, estrechó manos, se inclinó en reverencias, bebió un poco de vino, intercambió susurrados chistes verdes con otros militares, hizo un cuidadoso pero discreto examen visual de las mujeres guapas, derramó galantería, llegó incluso a bailar un vals con la señora embajadora. Luego, pensando en el aburrimiento de los cuarteles, de las fiestas cívicas y las reuniones diplomáticas, deseoso de hacer cualquier cosa con tal de romper la monotonía, fue hacia el señor embajador, le dio un guantazo en la cara y con ese incidente, al parecer inmotivado, motivó la declaración de guerra del país ofendido.

 

VISITA

Salón inglés. Lord y lady toman five o’clock tea. Balancéanse de pronto arañas de luz. Muebles y tacitas tiemblan. Cucharillas tintinean dentro de tacitas. Retrato colgado sobre chimenea se ladea. Suena gigantesco bordoneo, luego explosión no distante. Asombro, confusión, miedo, etcétera. Y mayordomo entra, se inclina, anuncia con la serena profesional voz de anunciar que la cena está servida:

–Milady, milord: la Segunda Guerra Mundial.

 

EL RITUAL

Un joven soldado, convaleciente de una herida, ha estado por horas en la taberna de Londres, digamos la taberna de Smith, sentado solo ante un  intacto vaso de cerveza con la espuma intacta y mirando hacia fuera.

El tabernero se acerca y pregunta si hay algún problema.

–No, ¿por qué? -responde el soldado.

–Es que lleva usted horas aquí, sin tomarse la cerveza.       

–Ah, eso -sonríe el soldado-. Es que mire usted, los muchachos de mi regimiento, mis amigos Tom y Harry, me decían que cuando tuvieran una licencia y vinieran a Londres, nada les gustaría más que estar en la taberna de Smith, sentados, viendo pasar la tarde frente a un vaso de  fría cerveza . Ellos murieron en combate. Y, ahora que tengo licencia por mi herida, estoy haciendo lo que voy a hacer durante unos días, lo que mis camaradas tanto decían desear: estar sentado en la taberna de Smith ante un buen vaso de fría cerveza y mirando la calle por el ventanal.    

–La cerveza ya se entibió -dice el tabernero, conmovido-. Déjeme traerle otra, yo la invito.

–Por favor, no se moleste -vuelve a sonreír el soldado-. ¿Le digo una cosa? ¡No me gusta la cerveza!

 

EN EL AIRE

Freddy conducía el helicóptero, Jimmy ametrallaba y bombardeaba a los hombrecitos amarillos que combatían a las tropas norteamericanas allá abajo, en la espesa selva.

Y de  pronto:

–¡Ey, detente, detente!- gritó Freddy-. ¿Qué te pasa? ¿Estás loco? ¿Te has pasado al enemigo o qué? ¡Estás tirando contra los nuestros!

Jimmy se volvió, bonachón:

–Calma, chico. ¿Es que no tiene derecho un pobre combatiente lejos del hogar a celebrar su cumpleaños?

 

ROSA DE TOKIO

En el corazón de la selva, avanzando penosamente por las sendas fangosas y culebreantes sin saber desde dónde los atacaría el enemigo, los soldados norteamericanos oían en la radio portátil esa hermosa voz femenina, que, llegada del enemigo Tokio y que, entre swings y blues, les predecía en un inglés casi perfecto la derrota y el final de la gran potencia de los Estados Unidos.

El comandante norteamericano prohibió que se escucharan las emisiones de Tokio, pues resultaban intensamente desmoralizantes para sus tropas, pero el soldado encargado de la radio, enamorado de la voz, la escuchaba a escondidas. Y luego,

al final de la contienda, y porque era muy patriota, solicitó un consejo de guerra y se acusó él mismo de alta traición.

 

GUERRA EN EL PATIO

La casa en que vivimos, que era de las más bellas del barrio, cuando había barrio, está también casi en ruinas, pero perdura en medio de hierbajos y montones de piedra y de ladrillo y trozos de cemento y fierros y madera carcomida y paredes rotas y ahumadas y patio agujerado, en el cual mis hermanos y yo jugamos a la guerra, decididos a que ninguno de nosotros gane nunca, porque hay que dejar más guerra para jugar al día siguiente, así que abandonamos el juego cuando la noche ya empieza a estar suelta y ululante alrededor, y entramos en la casa en ruinas y le pedimos a abuelo que nos cuente una historia, y abuelo meciéndose en su chirriante silla de balancín, nos cuenta historias de guerra, o más bien de cuando fue soldado en quién sabe cuál guerra, pero qué importa, pues, como él dice, contar la historia de un soldado de infantería es contar la historia de todas las guerras. 

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