Imagen: publico.es

Del señor Ratzinger en España

Asombran el desparpajo, la torpeza y la grosería del Papa al hablar de los ateos españoles, quienes puesto que pagan impuestos le pagan a él la suntuosa y derrochadora visita a España.
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Asombran el desparpajo, la torpeza y la grosería del Papa al hablar de los ateos españoles, quienes (¡como si no lo supiera él!) están entre los millones de ciudadanos que, puesto que pagan los impuestos (aportando al uno por ciento con que el Estado sostiene a la clerigalla nacional), resulta que le pagan a él la suntuosa, la derrochadora, la barraganuda visita a España en momentos en que ésta se precipita a la recesión, la quiebra, el abismo económico.

El señor Ratzinger, que viste siempre galas y joyas y faldas finas, que es jefe de un Estado multimillonario, dueño de un territorio y de empresas comerciales y bancarias y de por lo menos una compañía de aviación, etc., y que no sabe que entre sus anfitriones están los ateos, a quienes injuria como a muchos que son creyentes pero no necesariamente vaticanistas o vaticanófilos, es decir que no quieren estar bajo el “espiritual” yugo del dizque gran embajador de Dios.

Está más que justificada la ira de los españoles que no están de acuerdo en que se reciba al señor Ratzinger como a un Dios que bajara del cielo a derramar bondad sobre todos los humanos.

Y el señor Ratzinger sonríe y, no viendo la viga en el ojo propio (así como no ve cómo la policía española apalea a los disconformes con el agasajo catolicón), tonturrea que somos los ateos los que nos creemos dioses.

Hay cada mantenido desvergonzado.  

(Y el señor Zapatero, jejejé, “socialista”, besa los zapatitos, ¿dorados?, ¿de color rosa?, ¿o son zapatillas de cristal?, del señor Ratzinger.)