Diogenes y… Diógenes

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—¡Vaya con ese Diógenes tan exigente! —dijo uno que había visto el suceso—. Iba como de costumbre con su linterna en busca de, como decía, alguien al que se pudiera reconocer como un verdadero hombre, topó con el espejo de la puerta de la barbería, vió allí a Diógenes y… siguió de largo, buscando, buscando, buscando…

[José de la Colina, Tren de historias, ed. Aldus, 1998]

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