Dos elegías romanas

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Caballo chino en el Gianicolo

 
No sé cómo llegó hasta aquí, el caballo
Estaba pastando en un dibujo de Xu Beinhong
Y de repente cruzó mi sueño y apareció en el jardín

Le oí relinchar desde mi ventana y me asomé para verlo
No había nadie más en el jardín ni en las otras ventanas
Sólo yo pude ver al caballo Negro Robusto

(Podría haber ido en mi sueño hasta el templo Rokuon-ji
Haber visto los copos de nieve
Caer lentamente sobre el Pabellón Dorado
Haber traído del sueño una almohada de hierba Pero no)

Sólo yo sé de sus huellas en el jardín y en mi sueño
Sólo yo sé que vino como un presagio Un mensajero

Aunque no sepa qué puede querer decir
Un caballo chino en el Gianicolo una tarde de noviembre

 
Mascherone

¿Es el tuyo el rostro que siempre he visto
en sueños, Mascherone? ¿El rostro que llegaba
para decirme algo, y nunca se atrevía a hacerlo?
Ahora estamos, por fin, frente a frente:
no sé si tú real, no sé si yo mismo un sueño.
Te miro para saber: tú me miras sin desvelar
del todo lo que hace tiempo intentas decir.
Miras, espantado, a mi espalda.
Sé que sólo intentas advertirme.
Pero de esa sombra que ves tras de mí,
que quisieras señalarme,
no puedo librarme ya. No está a mi espalda,
me ha ganado ya extremidades, torso, corazón. –

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