Fotografía: Gerardo Landa

El amanecer de San Carlos

Materiales que nunca podrían imaginarse en un museo aguardan su turno para ser dispuestos en los ensambles o piezas que conforman el proyecto del artista Thorsten Brinkmann.
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1. El agente provocador

Las salas del Museo Nacional de San Carlos, recinto dedicado al arte europeo del siglo XVI a inicios del XX, se han convertido en escenarios del desecho; por sus pasillos, materiales que nunca podrían imaginarse en un museo aguardan su turno para ser dispuestos en los ensambles o piezas que conforman el proyecto del artista Thorsten Brinkmann (Alemania, 1971).

Amanecer es el nombre de la muestra con la queBrinkmann crea  un mundo paralelo, una fantasía contemporánea que dialoga con la colección permanente del museo. Su obra, una serie de instalaciones in situ creadas a partir de materiales desechados por la sociedad, acompaña y refresca las piezas canónicas que conforman el acervo de San Carlos. Desde su llegada a México para preparar la muestra, el artista ha trabajado con el equipo del museo recolectando material, recorriendo mercados de pulgas e interviniendo las salas destinadas a esta inusual convivencia.  El montaje de la muestra advierte el complejo proceso creativo con el que el artista reta al museo, a la obra y al espectador; durante el mismo las salas se transforman en un taller, en escenografías que recuerdan imágenes de desalojos más cercanas a escenas exteriores de una sociedad de consumo en la que los objetos cumplen ciclos de uso casi efímeros para terminar en el abandono, quedando reconocibles solo como residuos.

2. La mirada irreverente

La sala Medieval del museo es la primera en transformarse. Al centro, una enorme instalación escultórica en la que domina la madera vieja y los materiales de desecho, se integra ante la sacra presencia de La Santísima Trinidad con San Andrés y San Babilés o el góticoRetablo de la Encarnación (ca.1456) de Pere Espallargues. Las texturas y cromatismos de la pieza del alemán generan un diálogo irreverente. Sillas rescatadas de la basura, espejos y relojes, paneles reciclados y objetos producidos y utilizados por el hombre en tiempos no tan remotos como los de las obras que cuelgan de los muros, son el inicio de una propuesta contundente que responde, desde lo contemporáneo, a los modos en que concebimos al arte clásico.

El shock inicial continúa, el efecto anestésico que normalmente impera en las salas del museo se rompe. En conjunto con las instalaciones, en los muros conviven obras emblemáticas del arte europeo con algunos autorretratos del artista en los que su rostro aparece cubierto por objetos. Inspirado en la historia del arte, en la retratística holandesa y flamenca, los autorretratos de Brinkmann -impresiones cromogénicas a color- dejan ver la imperfección de la imagen, haciéndola cercana a la imperfección pictórica y a los procesos artísticos de las obras de arte clásico. La presencia insinuada del artista en los autorretratos activa un diálogo directo entre lo pasado y lo contemporáneo, de esta manera, Brinkmann se ubica de manera fantasiosa como integrante de la tradición artística clásica.

La sala de Arte Nórdico, que durante el  proceso de montaje pareciera más un lugar que se transformará en escenografía teatral, presenta las mayores ambientaciones de la muestra. Un papel tapiz de color rosa brillante coloca a la obra La cacería de venados de Rubens como pretexto central para la disposición de una serie de ensamblajes que toman como eje el tema de la cacería, la figura de un perro cobra protagonismo por medio de retratos que emulan de manera cómica los referentes más tradicionales de la pintura clásica. Como parte del recorrido, las lúdicas intervenciones a las esculturas seguramente provocarán carcajadas entre los usuarios; el dramatismo, uno de los temas centrales de estas salas, es llevado al extremo opuesto mediante la apropiación espacial y las intervenciones a las obras que resultan de fuerte impacto visual.

Las dos últimas salas de la muestra permiten ver la complejidad de la propuesta de Brinkmann, en ellas, el sentido de apropiación del museo es total.  Comprendida como una exposición en varias capas, se pasa de la intervención de obra, el ensamblaje y la disposición de objetos en salas clásicas a una muestra de obras del artista de pequeño y gran formato. Destacan ahí las extravagantes esculturas en las que el material de desecho es el elemento nodal.  

3. La museología audaz

Amaneceres a todas luces una propuesta ambiciosa, además de la cirugía plástica que Thorsten Brinkmann  realiza a las salas de la muestra, para el Museo de San Carlos, una institución gubernamental que alberga arte clásico y que trabaja con públicos establecidos, la propuesta advierte la intención del museo por ofrecer relecturas frescas y renovadas de la colección permanente. Para Marco A. Silva, curador del museo, el reto es atraer nuevos públicos y dinamizar las maneras de entender la colección. Ninguna de las descripciones aquí esbozadas ejercerán la fuerza y el impacto que esta propuesta produce en quien recorre las salas que integran la muestra.

El Museo Nacional de San Carlos, un espacio que podríamos comprender como un templo del arte, apuesta por un proyecto no solo estético sino museológico pues el rol de la institución supera la función de proveer contenidos y apuesta, o aprovecha, la apropiación del espacio de Brinkmann, una convivencia entre lo contemporáneo con lo establecido, un juego de contestaciones actuales a la propia institución, que finalmente refrescarán el tipo de públicos a los que se dedica el recinto. San Carlos se encuentra al límite, se expone a sí mismo como objeto de un artista contemporáneo, abre sus espacios clásicos al diálogo y ofrece que sus obras se relacionen en diferentes maneras o en distintos niveles con los visitantes.

 

Thorsten Brinkmann. Amanecer

Museo Nacional de San Carlos

20 de abril – 29 de octubre 2012

Puente de Alvarado No. 50, col. Tabacalera

México, D.F.

 

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