Virgen en oración, Giovanni Battista Salvi, 1640-1650. National Gallery, Londres

El azul verdadero

Al menos desde el siglo XII los europeos contrajeron la fiebre del azul y establecieron contacto con la provincia de Badajshán (hoy en Afghanistán) para comprar lapislázuli.
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Pocos conocen el camino que conduce a las minas de Darreh-Zu, y aunque muchos lo hicieran, de poco o nada les serviría. La mayor parte del año, la nieve cierra el paso entre las montañas y el invierno de esta región es tan cruel que asesina a sus propios habitantes. Apenas es posible hacer el viaje en el verano. Entonces, si uno decide hacerlo, hay que cargar el burro de provisiones y andar a pie durante kilómetros. No hay árbol ni planta que crezca entre estas rocas grises, los que sí brotan son los bandidos y los contrabandistas. En el tramo final, se debe escalar la pendiente casi vertical de las montañas.  

No se puede decir que Darreh-Zu es un pueblo, más bien, es un campamento de mineros. Unas cuantas casas de piedra improvisadas, con una puerta y ninguna ventana se levantan junto a un basurero de rocas inútiles por blancas. Pueden pasar meses antes de que encuentren un pedazo azul, pese a que todos los días martillean, en cuclillas y con el cuello torcido, las paredes de la mina.

Al menos desde el siglo XIII, pero sobre todo en los siglos XV y XVI, los europeos contrajeron la fiebre del azul. Establecieron contacto con la provincia de Badajshán (hoy en Afghanistán) para comprar lapislázuli, el cual usaron para labrar joyas y, más sorprendente aún, para fabricar pigmentos. Si bien los europeos tenían una amplia gama de colores –los había anaranjados y brillantes, oscuros y contundentes, hechos de arcilla, de raíces y de insectos raros– pocos se hacían a partir de una piedra semipreciosa. En nada se parecía este azul a los otros, a los que la luz carcome, a los que se deslavan con el tiempo y quedan crudos, torpes, casi blancos. El azul del lapislázuli es otro. No brilla, más bien parece que vibra, que palpita. A partir de la Edad Media, los pintores –entre los que se cuentan Rafael y Sassoferrato– fueron creando una convención que perduró más allá de las etapas de la historia del arte (más allá del Renacimiento o del Barroco): solo el ultramarino, el color que sale del lapislázuli, era digno de adornar el manto de la Virgen o los paños sagrados de Jesús.

 

Madonna and Child, ca. 1485 Filippino Lippi
                                   


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