Ilustraciones a la "Novela de ajedrez", de Stefan Zweig (www.elke-rehder.de)

El castigo de que el tiempo no pase

Encerrar a alguien en un lugar sin nada con qué entretenerse constituye una tortura. Una novela de Zweig, un cuento de Borges y la película El día de la marmota plantean distintas formas (y escapatorias) de ese castigo.
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Stefan Zweig escribió su última ficción entre 1938 y 1941. Se titula Novela de ajedrez (Die Schachnovelle, en el original alemán). Cuenta la historia de un duelo de ajedrez entre un campeón mundial, un hombre nacido en un hogar pobre y criado por un pastor, que no lee ni escribe y carece de imaginación, y un tal doctor B, alguien que muestra un talento inusitado para el llamado juego ciencia y que sin embargo afirma llevar décadas sin tocar un tablero.

Con el correr de las páginas, nos enteramos de que el doctor B es austríaco y ha pasado largos meses como prisionero de los nazis. Como los alemanes estaban interesados en ciertos secretos que el doctor B conocía, no lo trasladaron a un campo de concentración sino que lo metieron en una habitación de hotel y lo sometieron a un tormento psicológico: el de permanecer encerrado indefinidamente, sin nada con qué entretenerse ni distraer las horas y los días. O, visto de otra manera, el castigo de que el tiempo no pase. Como un intento de abolir el tiempo.

El doctor B logra eludir los efectos de esa tortura cuando roba un libro que reúne 150 grandes partidas de ajedrez. Primero con la ayuda de piezas fabricadas con miga de pan y luego mentalmente, las reproduce una y otra vez, las aprende de memoria y al fin desarrolla la habilidad de desdoblar su percepción para jugar interminablemente consigo mismo, una partida detrás de otra, en la soledad de su celda. La obsesión lo conduce a una especie de locura, que el personaje llama “fiebre de ajedrez” o “intoxicación de ajedrez”, de la que consigue reponerse… hasta que la casualidad cruza su camino con el de un campeón mundial.

El duelo tiene lugar en un barco que va de Nueva York a Buenos Aires. Para quienes ven rasgos autobiográficos en esta obra del autor vienés, tiene sentido que este último escenario sea un viaje y sea alta mar, un no-país. En esos años, Zweig había huido del nazismo y la búsqueda de su lugar en el mundo lo conduciría, después de mucho deambular, hasta Petrópolis, una pequeña ciudad de Brasil.

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El cautiverio del doctor B es parecido (aunque mucho más breve y menos atroz) al del protagonista de “La escritura del dios”, de Borges, que está encerrado en un pozo y solo goza de luz durante unos momentos, cada mediodía, cuando alguien le baja comida y agua a través de un cordel. El personaje comparte celda, barrotes de por medio, con un jaguar, “uno de los atributos del dios” (y de los fetiches de la obra borgeana).

“Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de algún modo el tiempo, quise recordar, en mi sombra, todo lo que sabía”, afirma el personaje. Recuerda la creencia de que el dios escribió, en el principio de los tiempos, una “sentencia mágica” que serviría para conjurar todos los males. Se convence de que esa escritura está en la piel del jaguar, su vecino. Como solo cuenta con unos breves instantes de luz cada día, tarda “largos años” en conocer las manchas del tigre.

“No diré las fatigas de mi labor”, dice, pero al final las descifra. Entiende la escritura del tigre. Son catorce palabras, cuarenta sílabas. Si las pronunciara, sería todopoderoso. Sin embargo, las calla.

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Un tercer caso viene a mi recuerdo: la película Groundhog Day (El día de la marmota). Phil Connors, el personaje interpretado por Bill Murray, sufre un castigo similar a los del doctor B de Zweig y el prisionero de Borges: las circunstancias de cada uno de sus días son iguales a las del anterior y las del siguiente. Solo que, esta vez, esas circunstancias no son las paredes o la oscuridad. Su encierro no consiste en que el espacio figure una ausencia del paso del tiempo, sino que el propio tiempo, de hecho, no transcurre.

Un editor de la web What Culture se tomó el trabajo de contar cuántos días se pasó Connors atrapado en el tiempo. El cálculo, que se basó en el tiempo necesario para aprender a tocar el piano, a esculpir en hielo, a aprender cada movimiento de las demás personas, etc., como hace Phil con maestría en la última “repetición”, da un total de 12.395 días. Es decir, 33 años y 350 días. Quizá más o menos los mismos largos años que el personaje de Borges tarda en entender la escritura del dios sobre la piel del jaguar.

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La película no nos dice si Phil Connors (quien ejerce un oficio cuyo nombre en España genera un involuntario y delicioso juego de palabras: es “hombre del tiempo”) sabía o intuía qué tenía que hacer para escapar de la rueda de repeticiones. Rueda que se puede leer, por supuesto, como la rueda de reencarnaciones de las religiones orientales. El caso es que Connors se sorprende cuando alcanza su propio nirvana: amanece junto a Rita (Andie MacDowell) y descubre que ya no es hoy, sino mañana. ¿Cómo será despertar por fin junto a la chica con la que llevas 34 años deseando despertar?

El personaje de Borges representa algo así como el caso opuesto. Sabe perfectamente que busca el conjuro para su prisión pero, cuando lo alcanza, se da cuenta de que ya no necesita usarlo. “¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir!”, exclama. Y en el inolvidable final del cuento, dice:

“Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él, y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora, es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.”

El doctor B, por su parte, arrastrado por el ajedrez, está a punto de caer de nuevo en el abismo de la locura. A último momento alguien lo rescata del duelo con el campeón, y el hombre pide disculpas y se va “con aire modesto y misterioso”.

Stefan Zweig pasó años intentando irse con ese mismo aire modesto y misterioso, pero ni siquiera su refugio brasileño fue suficiente. Creyó que, peor que la repetición de los días, sería el castigo de que los nazis conquistaran el mundo. Y que cada día no fuera igual al anterior, sino más y más horrible. Se suicidó el 22 de febrero de 1942. Su última pieza, esta Novela de ajedrez, se publicó de manera póstuma (primero en castellano, en Buenos Aires, y después en alemán) y se convirtió en la de mayor fama de todas las que escribió. Fue llevada al cine en 1960, con el título en castellano de Juego de reyes, y se puede ver completa, en versión original subtitulada, en YouTube.