El conejo dejó de correr

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John Updike

Si alguna revista literaria le pedía una entrevista al norteamericano, novelista, cuentista, ensayista, crítico literario, caricaturista, astro de la legendaria revista The New Yorker que fue John Updike (Pensilvania, 1932- Massachussetts, 2009), él la negaba diciendo que detestaba ser uno más de la legión “de monologadores de cabeza humeante”. En 1966, ante el ruego de The Paris Review, afiló más su rostro de conejo como el del protagonista de su afamada novela Rabbit, Run —es decir Harry “Rabbit” Angstrom, siempre fugitivo de todo lo que pudiera atrapar su humanidad bajo cualquier forma de tranquila y conformista identidad social—, y contestó:

Tal vez escribo ficción porque todo lo carente de ambigüedad tiende a aplastarme de alguna manera, y si el tema soy yo, me dan ganas de chillar y llorar. No tengo nada importante que decir a un entrevistador. Lo poco que he logrado aprender sobre la vida y sobre el arte de la ficción lo intento expresar a través de mi labor literaria.

Pero cuando en alguno de los años setenta Charles Thomas Samuels, un entrevistador de The Paris Review, volvió a la carga, penetró en la updikiana casa veraniega de la isla Martha’s Vineyard y atrapó a la tan evasiva cabeza conejil, ésta empezó a humear en un monólogo que se hizo pasar por diálogo con el afortunado cazador del “inentrevistable”.

Updike, entonces muy joven y ya sabio como si asumiera toda la vasta parte de experiencia que tenía por delante, ya peliblanco y con una bibliografía cuantiosa aun si mantenía un aire juvenil y algo pícaro (no conozco ninguna foto suya en que no sonría), habló extensamente acerca de su vida, de su vocación literaria, de su paso por el periodismo y, claro, ¿de qué otra cosa si no?, de sus obras.

Dijo, como definiéndose solidario de la fuga sin fin y en busca de escondite de su principal personaje novelesco: el conejo humano Harry “Rabbit” Angstrong:

La capacidad de escribir se convierte en una especie de escudo, una manera de esconderse y de transformar el dolor en miel demasiado instantánea…

Y, justificando la condición de escritor como un profesional y no como un campeón intelectual o un guía moral, espiritual o político, añadió:

Siempre quise escribir o dibujar para ganarme la vida. He sido capaz de ganarme la vida con las formas literarias respetables: poesía, cuentos cortos, novelas, ensayos, pero el periodismo me ha sido útil y escribiría anuncios para desodorantes o etiquetas para botellas de ketchup si tuviera que hacerlo.

Para sorpresa de algún fan de la Gran Literatura (así, con mayúsculas), elogió la posible nobleza de cualquier forma, literaria o publicitaria o periodística o artesanal de corporizar la escritura:

El milagro de convertir las insinuaciones en pensamientos, los pensamientos en palabras y las palabras en tipos metálicos y en tinta sobre papel, nunca pierde su sabor para mí: me interesan los aspectos técnicos de la fabricación de libros, desde la caja del tipógrafo hasta la cola de encuadernar. La distinción entre algo bien hecho y algo mal hecho se observa en todas partes, en todos los círculos del Paraíso y del Infierno.

(Y ese amor a la escritura como artesanía, ¿acaso lo habrá trasladado Updike a la tecnología del procesador de palabras o computadora, y de Internet?)

Pero su amor a la ficción de todos los géneros y niveles lo llevó a inferirle a la alta cultura una especie de ¿saludable? injuria:

Crear una figura tan universal como Tarzán es en cierto modo un logro mayor que escribir novelas de Henry James. Cuando era niño, mi primer pensamiento sobre el arte fue que el artista traía al mundo algo que no existía antes y que lo hacía sin destruir nada. Una especie de refutación de la teoría de la conservación de la materia. Esa sigue siendo la magia central, la médula de alegría del arte.

Lo mismo, es de suponer, pensaría Updike del milagro artesanal y/o artístico que es la creación de figuras tan universales como Ulises, Tristán e Isolda, Gargantúa y Pantagruel, Lázaro de Tormes, Don Quijote y Sancho Panza y Dulcinea, el rey Lear, Hamlet y sir Falstaff y Lady Macbeth, Fabrizio del Dongo y la Sanseverina, Madame Bovary, Long John Silver y Jekyll y Hyde, David Copperfiel y Oliver Twist, el Capitán Nemo y Sandokan, el monstruo de Frankenstein y Drácula, Sherlock Holmes y Watson, Tom Sawyer y Huckleberry Finn, Fortunata y Jacinta, Pinocho y la Bambina dei Capelli Turchini, Swann y Gilberte y el barón de Charlus, Lord Jim y Nostromo, King Kong, Sam Spade y Phillip Marlow, Leopold Bloom y los Snopes de Yoknahpathaupha, Pedro Páramo y la familia Burrón, Snoopy y Charlie Brown, los hobbits de la Tierra de en Medio, la familia Von Trotta y… y… y todos cuantos por su cuenta y riesgo quieras, lector, poner en pie en el retablo viviente, tanto de la literatura y el arte nobles como de la literatura y el arte plebeyos. Apuesto que en compañía de esas figuras para siempre vivas tendrá un merecido y distinguido lugar la criatura de Updike, el personaje que no quiso resignarse a estar y ser indistinto en el mundo común y corriente, un hombre del siglo XX, un fugitivo constante e impenitente de la condición de tranquilo ciudadano vulgar y habitual, el hombre-conejo siempre en desesperada pero acaso íntimamente alegre busca de la trágica, la feliz, la inquieta e inquietante, la maravillosa ambigüedad de lo cabalmente humano. Y si al final Harry “Rabbit” Angstrom aparece conformista y vulgarmente inmerso en el mundo común y corriente, no podremos olvidar su fuga una y otra vez emprendida hacia los horizontes ambiguos y sin fin, sin señal de destino establecido.

John Updike ha muerto, ¡viva Harry the Rabbit!

(Los Inmortales del Momento, 1º de febrero 2009)