El crítico caníbal

Un elogio a Caníbal, el libro de apuntes sobre poesía mexicana del poeta y crítico Julián Herbert.
AÑADIR A FAVORITOS

 

De los poetas mexicanos actuales, Julián Herbert, nacido en 1971, está entre quienes han decidido desdoblarse en críticos y asumir los riesgos de esa condición en la arena de una vida poética local que, vista a través del abismo de la pantalla, impresiona por pendenciera. Caníbal (Bonobos, 2010)libro que reune sus apuntes sobre poesía mexicana reciente, permite leer en conjunto la crítica, inteligente y polémica, que Herbert ha ofrecido durante los últimos años. Se formó Herbert, como todos los verdaderos escritores, en distintas escuelas informales, destacando entre las suyas, la de David Huerta, el poeta mexicano que más admira o Eduardo Milán, el crítico de poesía tan influyente en el último cuarto de siglo. De esa atmósfera proviene la defensa, temperada y lúcida, que hace en Caníbal de algunas manifestaciones de lo nuevo, llámese conceptualismo, postmodernidad, “arte basura” o instalación poética.

 

Si la tradición es sólo lo bello que queremos conservar, dice Herbert citando a Ezra Pound, es obligatorio recordar que el poema como “materia versificada” se establece plenamente apenas en el siglo XIV en Inglaterra y España. De esa manera, muchas de las innovaciones llamadas habitualmente “experimentales”,  sean de índole gráfica, escénica, interactiva, oral, no pueden descartarse como poesía, tentación que anima a no pocos conservadores. Y este aserto, que habría merecido la aprobación del Octavio Paz poéticamente más radical, el duchampiano de los años sesenta, le permite a Herbert respaldar a poetas como José Eugenio Sánchez (con mucho, su preferido), Luis Felipe Fabre (1974), Luis Jorge Boone (1977), Eduardo Padilla (1976) o Daniel Saldaña París (1984).

La tradición, retórica, sentimental, crepuscular de la poesía mexicana, la simbolizada por Alí Chumacero o Rubén Bonifaz Nuño, es la que menos interesa al autor de Caníbal, lo cual no quiere decir –lo reconoce explícitamente– que no admire a poetas, como Julio Trujillo (1969), Alfredo García Valdez (1964) o León Plascencia Ñol (1968), influidos por esa tonalidad “bellista”. Otro apunte de Herbert, clave, pone las cosas en su lugar frente a la poesía comprometida: nadie puede sostener con seriedad que escribirla sea líricamente nocivo o políticamente incorrecto. Es cosa de escribirla muy bien, lo cual no es nada fácil. Tampoco es cierto, insisto con él, que haya sido condenada por el último Paz: es cosa de leer los prólogos a las Obras completas. Demuestra Herbert que la lira militante sigue tocándose pese a la bancarrota ideológica del viejo comunismo y que esa poesía (practicada con desiguales resultados por Sánchez, Oscar de Pablo, Iván Cruz Osorio) puede mirarse en un ejemplo supremo de montaje poético, La canción del ogro (1984), de Jaime Reyes.

Hablando de Trujillo, a quien Herbert le reconoce la sapiencia acumulada en Pitecántropo (2009), el crítico dice que hay poetas que viven de la tradición como si fuera la cuantiosa cuenta bancaria que les legó un tío lejano y hay otros que toman posesión, con naturalidad, de una herencia que les es propia. Herbert, agregaría yo, muestra en Caníbal su disponibilidad absoluta a arriesgar ese tesoro,  exponiéndose, si es necesario, a dilapidarlo. Su libro discute fuerte con Poesía en movimiento (1965), con la Crónica de la poesía mexicana (1976), con la Asamblea de poetas jóvenes de México (1980): relee los errores de una antología (la de Paz y compañia) a la se juzga por sus fracasos adivinatorios; pondera la importancia de los instrumentos antolométricos en funciones de crítica cultural (la asamblea de Gabriel Zaid), y rechaza la perniciosa dualidad postulada por José Joaquín Blanco entre cultistas y coloquiales, antagonismo maníqueo que reaparece periódicamente como emblema del resentimiento ideológico, del chantaje sentimental, del antiintelectualismo.

Herbert da las guerras que tiene que dar un crítico: ha hecho la guerra de las antologías (en defensa de El manantial latente, la muestra hecha en 2002 por Ernesto Lumbreras y Hernán Bravo Varela), publicó su propia antología latinoamericana (El decir y el vértigo, con Rocio Cerón y Plascencia Ñol, en 2005) y no rehuye las obligaciones de la crítica moral, señalando el escándalo filisteo que en México suelen provocar los estímulos estatales a la cultura, condenados (con honrosas excepciones) sólo cuando no benefician al quejoso.

Es también, Caníbal, una colección de reseñas literarias. En una de ellas, Herbert ratifica su admiración absoluta por Gerardo Deniz. La admiración, la comparto, pero a estas alturas ya considero un poco cansina la creencia en que al autor de Erdera se le ningunea: a Deniz  le han faltado premios, sobre todo internacionales, pero no la devoción manifiestada, por escrito, desde hace cuarenta años, de todos los escritores mexicanos que importan. En otras reseñas, Herbert celebra a Tedi López Mills (desde hace rato, la principal poeta mexicana), expone sus diferencias (con Luis Vicente de Aguinaga), se permite las complacencias (todos las tenemos) y se da tiempo para revisar a una pareja nada casual de clásicos (cuya presencia destaca a la luz de la propia poesía de Herbert): el  enervadísimo Manuel Acuña, su paisano y José Juan Tablada, el hipermodernista. Sólo le reprocho a Herbert esas líneas en que se muerde el rebozo presentándose sólo como un humilde lector de poemas. Nada de eso: Julián Herbert es un crítico hecho y derecho, y Canibal, una lectura imprescindible sobre nuestra poesía contemporánea.

    ×  

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: