El objeto de la mirada

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Francisco Mata ha puesto sus ojos en la Ciudad de México de finales del siglo XX y el universo que contienen sus fotografías da fe de la persistencia de una ciudad a la vez real e imaginaria, resultado de las contradicciones sociales, culturales e históricas de la capital de México, pero también creación intelectual e invento ideológico asumido por algunas colectividades como representación de su propia identidad.
     La edición del libro propone una lectura que parte de los restos vivientes de la antigua ciudad lacustre (imagen nocturna de Xochimilco), a la vez origen y periferia, memoria viva de la ciudad india, para después caminar junto a los miles de emigrantes que todos los días entran a la capital con la esperanza de quitarse el hambre y la desesperación por el rumbo de Indios Verdes, la puerta norte de la ciudad. También arranca esta visión fotográfica con la mirada del águila antes de encontrarse con la serpiente: observa los volcanes, más que para detenerse en ellos, para pedirles licencia. Es también un reconocimiento a la naturaleza geográfica que la ciudad muchas veces ignora a pesar de ser su sustento. Xochimilco, Indios Verdes, el Izta y el Popo introducen la mirada fotográfica por la puerta mítica y al mismo tiempo marcan una perspectiva histórica: la ciudad de hoy es todavía territorio indio y su edificación se remonta al siglo XIV o aun antes; la ciudad española del XVI interrumpe violentamente una cultura que sin embargo se filtra, como el agua, por todos los resquicios que la dominación occidental no alcanza a fortificar y permite una cierta continuidad. No cabe duda de que frente a Edmundo O’Gorman (América como invención europea), estas fotografías apuestan por la perspectiva de Guillermo Bonfil Batalla (la persistencia de un México profundo).
     Los habitantes de estas fotografías parecen más campesinos sin tierra que proletarios sin empleo; son los rostros de los calpullis contemporáneos, donde sus moradores se resisten a desaparecer bajo las cifras de los índices demográficos de la pobreza, los de quienes viven esa resistencia desde una economía precaria y reproducen determinadas manifestaciones culturales que consideran propias como una forma simbólica de reivindicarse.
     En la mirada de Mata se reconoce la ciudad que cumple un riguroso calendario de celebraciones religiosas fiel a una desmesura ritual sin esperanza. Es la ciudad de la sobrepoblación que devora al individuo, la de la gente que a pesar de alimentar con sus votos a los gobernantes siempre pierde con ellos, no importa quién salga vencedor en la contienda. Son legiones de personas que el poder arrea con la jara de la necesidad hasta los corrales del mercadeo electoral, pero que a través de la fiesta reconstruyen un vínculo mágico con los vencidos originales, los primeros y sus sucesivas reencarnaciones en una historia patria de conquista y mestizaje, guerra, avasallamiento y victorias provisionales que son el refugio del amor propio y de la dignidad, pero que generalmente desembocan en dolorosas derrotas colectivas.
     Vistas fijas del México contemporáneo: un indio ejercita una danza ritual a cambio de la limosna que tengan a bien darle automovilistas varados; la cabeza de Quetzalcóatl bajo el pie de una columna plateresca; la abyección masiva de gente que aún cree posible que una lamentable selección nacional de fútbol le ofrezca el gusto de una victoria patria; la impotencia, la frustración y el regodeo ante la imagen esperpéntica de la miseria y su complemento: la dignidad epopéyica de quienes la sobreviven.
     Estas imágenes miran la nación que aguarda todo el año con zozobra el agua que reparte un camión cisterna que bufa por calles sin asfalto, colgada de cualquier forma a la red pública de electricidad, la ciudad amenazada de desahucio que no tiene para dónde irse y sale el día de fiesta a reunirse bajo una multitud de disfraces en torno a las metáforas de sus creencias. Estas fotos huelen a copal y vertedero de basura, pólvora de artificios y aguas negras, en una ciudad de la cruz y del zonpantli (ese altar donde un cráneo sobre otro cráneo sobre otro cráneo lo construyen ahora las máscaras de un colectivo de putas que le reclaman al poder que las acose). Estas imágenes nos permiten ver otra vez la ciudad que en múltiples manifestaciones reproduce su herencia mitológica y que a través de la representación parece superar la invisibilidad a que la pobreza quiere orillarla.
     En la gran puesta en escena de los mitos populares (la pasión de Cristo y el sábado de gloria, la adoración de la virgen de Guadalupe, el día de muertos, los santos patronos), el espacio ritual de lo sagrado toma la calle y suspende el devenir natural del tiempo. Así como en el misterio cristiano de la comunión la hostia y el vino pasan, gracias a la transustanciación, a ser el verdadero cuerpo y sangre de Cristo, en la representación de la pasión en Iztapalapa el joven que toma el papel de Jesús se convierte en el verdadero Jesús y la simulación de su martirio prácticamente es vivida como un hecho real, un acontecimiento en verdad relevante, central en el orden jerárquico comunitario que mueve a la multitud y renueva los lazos compartidos. No se celebra al Cristo redentor sino al del martirio, el sacrificado por órdenes de la autoridad, el que carga su condena, el Cristo semejante, el Cristo cómplice, el hermano en desgracias.
     La mirada que Francisco Mata pone sobre la ciudad en este trabajo no la abarca toda ni define su naturaleza necesariamente plural, no aspira a registrar la totalidad de su compleja diversidad social y cultural, no da fe de todos sus contrastes y matices. Se trata, sin embargo, de reconocer una experiencia objetiva de esta urbe: la de quienes perdieron el campo y no se puede decir que han ganado definitivamente la ciudad, la de quienes se refugian en mitos gregarios porque su individualidad es extremadamente vulnerable bajo las condiciones de desigualdad imperantes.
     Las obras de la modernidad no aparecen fotografiadas aquí, como si su existencia perteneciera no sólo a otro tiempo sino a otro espacio. La Torre Latinoamericana, el único referente de signo contrario, tiene más de medio siglo y pareciera a los ojos del fotógrafo tan viejo como los volcanes, la Catedral o el Templo Mayor, convertido —a diferencia de su inspiración, el Empire State— no en el punto de partida de la modernización que quiso anunciar sino en la ruina arqueológica de su frustración. Si vemos en un mapa los sitios donde suceden estas imágenes trazaríamos las coordenadas del México prehispánico: las acciones retenidas por el lente del fotógrafo no abandonan el centro de Tenochtitlan y las poblaciones que lo circundaban (Iztapalapa, Azcapotzalco, el cerro del Tepeyac, Xochimilco, Milpa Alta). La ciudad que aparece en estas fotos es fundamental y no sólo anecdótica: no se trata únicamente de registrar una puesta es escena (que también lo es) para confirmar la veracidad de los estereotipos, ni de dar fe de un resabio folclórico en vías de extinción, sino de poner los ojos en la gente que encarna el arquetipo y a ser posible descubrir el rostro detrás de la máscara.
     Estas fotografías son testimonio de unas manifestaciones culturales vivas que también están señalando la concepción imaginaria de los vencidos: los que derrotó la Conquista, no liberó la Independencia ni redimió la Revolución, ni incorporaron el desarrollo y la tecnología; los que no han adquirido un lugar diferente en la vacilante democracia recién inaugurada y cuya desolación estas fotos no buscan ocultar. A pesar de la conciencia crítica que lleva al fotógrafo a insistir en un cierto sentido del humor, la constante es una lectura escéptica cuando no estoicamente fatalista.
     En las imágenes de Francisco Mata vemos suceder las fiestas sagradas en una ciudad que no desea cortar el vínculo con su origen agrario. El territorio en el que se desarrollan las acciones captadas por la mirada fotográfica es también aquél donde la obra urbana se pelea el suelo con el campo y donde la tierra del ejido todavía se asoma confundida con la basura y los materiales de construcción. De ahí que la condición de los retratados esté determinada por su carácter fronterizo, donde la fiesta popular hace convivir hábitos rurales en la vastedad de un suelo urbano y los diferentes tiempos históricos se entrecruzan.
     Se ha insistido mucho en la naturaleza del vínculo entre fiesta y tragedia en la cultura mexicana, así como en el avasallamiento de la muerte en la concepción de la vida de los mexicanos, donde la fiesta es rito, es lazo, es renovación y absolución, pero también sacrificio, carnaval y visita sin retorno a la tierra de los muertos. El México que mira hipnotizado su propia naturaleza en las representaciones litúrgicas y en su pobreza ancestral vuelve a estar presente en la mirada del fotógrafo. Francisco Mata hereda esa perspectiva y la actualiza, documenta así su persistencia, le otorga también continuidad a una cierta poética de la cultura mexicana: funda de nuevo la ciudad sobre sus ruinas. –

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