“El privilegio del escritor es invitar a imaginar”

Javier Montes rastrea las huellas de Stefan Zweig, Rosa Chacel, Elizabeth Bishop y Manuel Puig en Río de Janeiro. 
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Stefan Zweig huyó de Austria, Rosa Chacel tuvo que abandonar España, Elizabeth Bishop se marchó de Estados Unidos y Manuel Puig dejó Argentina. Río de Janeiro fue un destino común de todos ellos. En Varados en Río (Anagrama, 2016) Javier Montes rastrea sus huellas en la ciudad.

Se trata de un ejercicio de ficción sobre la realidad –explica el autor–. Tiene puntos de crónicas de viajes, partes de ensayo literario, algo de memorias o recuerdos personales, pero he tratado de escapar de un género en concreto.”

Hasta ahora solo había escrito ficción. ¿Cómo ha sido el salto a otro campo?

Cuando vi que tenía más bien material no ficticio me acordé de los libros de Janet Malcolm y decidí lanzarme. Su manera de enfocar las historias me servía a mí también. Ella hace una cosa interesante: se incluye a sí misma en la narración y se muestra como parte de la trama. No se presenta como una especie de autoridad ni como un personaje al margen que facilita la información. Yo también elegí este tipo de enfoque: el narrador se incluye como elemento de duda. 

¿Cuándo surge la idea de Varados en Río?

Durante mi estancia en Río y después. Acabé viviendo dos años, que es más de lo que en un principio tenía planeado. Tuve un flechazo con Río. Después de un enamoramiento inicial, un amor muy fuerte por la ciudad que tiene una energía muy potente y un pasado muy denso –no es solo la ciudad de samba y playa que se puede pensar–, llegó el lado duro, el negativo. Es una ciudad con muchas desigualdades, no es tan alegre como parece y el clima –llueve muchísimo– es deprimente. Esa contradicción es la que me hizo escribir. Tenía la necesidad de resolverla. Creo que Río se ha vuelto una ciudad leyenda de sí misma, algo así como Jauja o como Shangri-La, entre lo real y lo imaginado, con la que la gente sueña. Parece que todo vaya a ser perfecto cuando llegues, pero en muchos casos no es así.

Sigue las huellas de los exilios de Rosa Chacel, Manuel Puig, Elizabeth Bishop y Stefan Zweig. ¿Por qué escoge a estos cuatro?

Me identifiqué con sus experiencias: el hecho de sentirse libres y a la vez prisioneros de la ciudad, y las ganas de quedarse e irse al mismo tiempo. Para desentrañar esa contradicción que yo había sentido, me pareció más fácil abordarla siguiendo los pasos de estos escritores que habían vivido allí. Hay más escritores, pero estos cuatro me parecieron los más interesantes y tienen fuerza como personajes.

¿Alguien que no conozca bien la obra de estos escritores puede disfrutar de Varados en Río?

Yo creo que sí, y esta es mi apuesta: con una estructura casi de novela de detectives, propongo la búsqueda y descubrimiento de personajes. Si el lector está familiarizado con su obra, puede tener un interés extra, pero creo que los personajes tienen la entidad suficiente y la fuerza de sus experiencias es suficiente como para interesar incluso a quien no está familiarizado con su trabajo.

Destaca el segundo plano que ocupó Rosa Chacel en Río y en ocasiones se refiere a ella como “camarrupa”. ¿Qué es lo que quiere transmitir?

Ella estuvo casi cuarenta años en Brasil y apenas dejó huellas. En los años sesenta, cuando Chacel llevaba ya treinta años en Brasil y estaba muy olvidada en España, la generación de jóvenes intelectuales y poetas en Barcelona, alrededor de Pere Gimferrer y Ana María Moix, redescubrió sus libros. Les pareció interesantísima su figura y se pusieron en contacto con ella. A partir de ese momento, Rosa Chacel empezó una relación epistolar con Ana María Moix, recogida en el libro De mar a mar (Editorial Comba), y eso le dio un sentido a su vida en Brasil. De hecho, gracias a ese redescubrimiento Chacel tuvo una segunda oportunidad cuando volvió de su exilio a España. En una de esas cartas Chacel dice que se siente una camarrupa, un fantasma de la santería que se hace en Brasil y que aparece sin que nadie le invoque: una especie de intruso invisible. Chacel dice que en Río se siente así: está que no está. Esta sensación de pasar desapercibido se puede aplicar a todos los que alguna vez nos hayamos sentido fuera de nuestro territorio. Todos, cuando viajamos, experimentamos un momento en el que nos sentimos camarrupas. Por eso esta idea se vuelve un leitmotiv que va apareciendo a lo largo del libro.

Destaca a Manuel Puig como a un personaje excéntrico, humilde, particular.

Manuel Puig tuvo mucho éxito en vida fuera de los países hispanohablantes. En Broadway estuvo años El beso de la mujer araña, y William Hurt ganó un Óscar por la versión cinematográfica. Puig tuvo mucha fama y aún se le sigue editando. Es un personaje que se aleja de la idea que tenemos de escritor latinoamericano. Con el paso del tiempo cada vez se fue refugiando más en mundos secretos, en el cine, reconstruyó Argentina a su manera en Río. Me hubiese encantado entrevistarlo y que en vez de llevarme a su despacho me dijera: “Venga, ¡a la playa!”. No me gustan los escritores autoritarios que dicen quién vale y quién no vale, como Bolaño en alguna ocasión.

En el libro cuenta que se sintió ofendido por un ataque de Bolaño a los escritores que van al gimnasio.

Sí, Bolaño se ha convertido en una especie de figura de autoridad sancionadora. Se fijaba en las pandillas y ponía etiquetas. Eso no me gusta.

Destaca también el concepto de apátrida y recuerda un poema de Elizabeth Bishop, “Cuestiones de viaje”: ‘¿Deberíamos habernos quedado en casa e imaginar este sitio?’ (…) ‘¿Deberíamos habernos quedado en casa, dondequiera que eso sea?’ ¿Por qué le interesan estos versos?

El poema de Elizabeth Bishop aborda un concepto que comparten los cuatro: el hecho de sentirse vagabundos. Bishop tuvo durante toda su vida una dificultad muy grande para establecerse en una ciudad e iba como un holandés errante, bajo los efectos del alcohol muchas veces. Hay una frase que Bishop dijo en un momento dado con muy mala leche, y que yo también comparto: “Río no es la ciudad más hermosa del mundo, sino el lugar más hermoso del mundo para una ciudad”. Río es puro paisaje. Tuve la suerte de poder acceder a la casa en la que vivió quince años con Lota, su pareja. Fue un momento mágico.

Se ha asociado la estancia de Stefan Zweig en Río a su suicidio con su mujer Lotte, pero ¿cuál fue su presencia en la ciudad?

Stefan Zweig es un personaje muy complicado. Al llegar a Río ya había perdido su patria porque el mundo en que él se había criado, Austria, y la intelectualidad de Centroeuropa, había desaparecido. Es el caso más duro porque su patria mental está destruida para siempre. Sabía que nunca podría volver a casa porque ya no existía. Es el más trágico, y el más lúcido, me temo. Cuando llegó a Brasil, después de su exilio en Londres, Bath y Nueva York, llegó cansado y lleno de pesimismo. En realidad, Zweig solo estuvo un año y poco, porque cuando vio que los nazis iban ganando la Segunda Guerra Mundial y que en Brasil se coqueteaba con el fascismo –y parecía que se fuera a alinear con los países del eje–, no pudo soportarlo más y terminó con su vida.

Dice que le sorprende “la francofilia de los brasileños”. ¿En qué aspectos la ve?

Francia fue el faro de la intelectualidad durante el siglo XX de Occidente hasta la Segunda Guerra Mundial, pero esto fue disminuyendo. Brasil, en su momento de expansión, acudió a Francia como referente y espejo en el que mirarse. Cuando llegué me sorprendió ver que ese gusto por lo francés, en la cultura, en la arquitectura, lo vivían aún muy en serio. Y me gustó, me pareció peculiar esa devoción por lo francés que nosotros ya no mantenemos.

Dice: “conocer a escritores que uno admira no es buena idea, en general”.

Cuando uno empieza a escribir tiene la tentación de querer conocer a los escritores que uno admira. Y eso es muy peligroso. Un escritor no es el personaje que muestra en sus libros; es una construcción que no necesariamente refleja la personalidad del autor. En este caso lo comento a raíz de una entrevista de Alan Pauls a Manuel Puig. Cuando un joven Pauls llegó a Río para entrevistar a su admirado escritor, vio que él se comportaba de una forma arisca, borde. Y se llevó una decepción. Creo que lo mejor de un escritor es su obra. Yo no opté por centrarme en escritores vivos porque con los cuatro que elegí tenía más que suficiente para armar el libro.

¿Qué destaca del proceso de investigación y estructura de la obra?

Leí los diarios, las cartas publicadas, las memorias de los interesados, las historias que otros han contado de estos escritores para documentarme. Esto último a veces puede deformar lo que sucedió, pero como decía Janet Malcolm hay que admitirlo y sincerarse: hasta aquí puedo leer. En el fondo, ¿qué podemos saber de la noche en la que se suicidaron Stefan Zweig y su mujer? Nada, porque todo lo que había allí se fue con ellos. Sabemos por las pruebas médicas que su mujer se suicidó después de él. Entonces, ¿qué pasó durante ese rato entre la muerte de Zweig y el momento en el que ella también toma su dosis de somníferos? El privilegio del escritor es invitar a imaginar sin pretender decir verdades. Yo he intentado mostrar esos huecos: ¿Qué queda cuando pasa el tiempo? ¿Qué podemos construir con lo poco que queda?

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