Una tarde con Svetlana Alexiévich

La nobel Svetlana Alexiévich visitó la Fundación Telefónica de Madrid para charlar con estudiantes de entre 14 y 18 años. 
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“Yo no entrevisto a las personas, solo hablo con ellas”, dijo Svetlana Alexiévich poco después de comenzar el acto, mirando al público y sujetando los cascos con las dos manos. Esta semana la Premio Nobel de Literatura 2015 protagonizó el ciclo Hay vida en martes en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid. La presentadora Marta Fernández detalló el formato del programa: cuatro estudiantes de entre 14 y 18 años formularían las preguntas, mientras los adultos, callados, se limitarían a observar, y en cualquier caso, tuitear.

“No quiero presentarme como una supermujer. He visto cosas atroces, he visto de todo, y no soy fuerte”, empezó la escritora, autora de obras comoVoces de Chernóbil (Debate, 2015), La guerra no tiene rostro de mujer (Debate, 2015), El fin del “Homo sovieticus” (Acantilado, 2015) o Los muchachos de zinc (Debate, 2016). “Me han juzgado y perseguido, pero eso forma parte de mi profesión. Ahora, años después de todo esto, me estoy dando cuenta de que mi capa de protección está perforada… ya no sería capaz de entrar a un hospital y ver a niños mutilados”, dijo la bielorrusa, que ahora está trabajando en dos libros alejados de las armas y la muerte. El primero son voces de mujeres y hombres que hablan sobre el amor. El segundo aborda la vejez y las maneras de afrontarla. “Escribo esto para intentar comprender qué es ser feliz. Nunca nos han dicho que lo seamos. En Rusia han usado siempre la frase ‘Defiende a tu patria’, aunque paradójicamente sea nuestro país el que amenaza a los otros. No siempre se consigue ser feliz, y de eso va mi nuevo libro.”

Una de las estudiantes preguntó a la Nobel su opinión sobre la atracción que ejerce el comunismo en la actualidad. “Dostoievski escribió muy bien sobre esto, aunque en su caso se refería a los jóvenes rusos. Aquellos jóvenes que leen a Trotski, a Marx, hacen caso omiso a este gran derramamiento de sangre, a las fosas comunes, al Gulag, a los campos de trabajos forzados de Stalin. Cuando les hablo de esto, me dicen que la generación anterior lo hizo mal y que ellos lo harán mejor. Eso es muy altivo y arrogante”, dijo Svetlana Alexiévich. “En los noventa, la mayoría de ciudadanos no quería capitalismo, quería un socialismo con rostro humano. Pero llegó el capitalismo y Rusia parecía Chicago en los años treinta. En ese contexto, Putin aprovechó para reorientar y manipular a los ciudadanos bajo la premisa ‘Vamos a seguir luchando por la gran Rusia’”. También aludió a una percepción personal: después de vivir tres años en Suecia se dio cuenta que puede haber cambios sin revolución. Según Alexiévich el progreso llega con la tecnología y la libertad de expresión. “El patriotismo me da miedo y yo, que soy pacifista, creo que hay que matar las ideas, las malas ideas”, afirmó con contundencia.

Respondiendo a otra de las preguntas que le formularon los estudiantes, Alexiévich recordó el desastre de Chernóbil, del que hace unas semanas se cumplieron treinta años: “No podía sentarme en la arena, ni recolectar flores… le cogimos miedo a todo”. En su libro Voces de Chernóbil un pediatra cuenta que los niños no comprendían que su cáncer era mortal: “Soy la radiación, soy la radiación”, jugaban por los pasillos. Este es solo uno de los más de quinientos testimonios que Svetlana Alexiévich recopiló en sus diez años de investigación sobre Chernóbil, aunque no todos pudieron incluirse en el volumen.

Su libro Los muchachos de zinc, en el que recoge las voces soviéticas en la guerra de Afganistán, es también estremecedor. Un soldado cuenta que tuvo que buscar a un amigo entre los muertos. En esa misma fosa vio a otros soldados que rebuscaban entre los bolsillos de los compañeros muertos con las tripas fuera o con boquetes en el pecho. O la experiencia de un cirujano cuando llegó el primer transporte con los heridos: “Ni brazos, ni piernas… Delante de ti solo hay un muñón que respira”. El conjunto de voces hunde, pesa, desmoraliza. “Cuando llegué de la guerra a casa le dije a mi padre: ‘Papá, somos asesinos’. Se quedó callado, no sabía qué contestarme y se echó a llorar”, contó. Parafraseando a Hannah Arendt, apuntó que vivimos en tiempos de oscuridad. “Solamente el amor puede salvarnos. Necesitamos personas que nos lleven al futuro y nos alejen de las banalidades que publican los medios y los libros”, terminó. Cuando se fue, todavía quedaban algunos espectadores en la sala, donde todavía parecía escucharse su voz: la voz de tantas voces. 

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