El turista avispado

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En junio, la Europa entera se echa a temblar y la tierra, los bosques, los ríos, se esconden bajo espesas capas de asfalto con el fin de sobrevivir. Las termiteras humanas se agitan enfebrecidas y las calles y las plazas vibran como vistas a través de una cortina gaseosa. Comienza el tiempo de los grandes traslados, los del sur van al norte, los del norte al este, los del este al sur, los del sur al oeste, y así sucesivamente hasta formar una rueda cósmica de la que caen al fuego infernal, de vez en cuando, doctores alemanes, niños inconscientes dentro de su cochecito, una anciana pía, grandes damas con sus afganos.
     Un colosal enjambre de personas cargadas de los más dispares enseres rasca la piel del cielo con sus aviones y fragmentos recalentados, como una caspa celeste, caen sobre las gentes que aún no han podido escapar, lo que les espolea a un movimiento súbito para evitar el quemazo. Ciudades enteras se vacían para que puedan llenarlas brutales hordas semidesnudas que vienen de lugares apenas cristianizados. Por las calles de Barcelona uno tropieza con búlgaros que golpean mapas escritos en catalán y tratan de explicar a unos tiroleses que sólo hablan rético la situación exacta del depósito municipal donde la grúa se ha llevado su coche mal aparcado. Ningún nativo puede ayudarles; están todos en Bulgaria y en los Alpes réticos.
     Con el propósito de no cometer los habituales errores, conviene asesorarse. Las guías suelen ser un precipicio hacia el fracaso. Ignoran los datos vitales como cuál es el monto del soborno a la policía municipal, y en cambio ocupan cientos de páginas con datos superfluos sobre el consumo de cereales de la población. Por fortuna, hay manuales más propiamente pedagógicos, escritos por los héroes del turismo. Para aprender a viajar es menester imitar a los grandes viajeros. Por ejemplo, Giorgio Manganelli, uno de los más grandes. Resumo su enseñanza, aparecida en el último volumen de sus obras completas editado por Adelphi hace unos meses.
     Primera sugerencia: elegir el destino del viaje tras una rigurosa selección de nuestros monumentos más detestados. “Detestar una obra insigne confiere estilo y sutileza a nuestro odio”, dice. Elegir cuidadosamente la obra detestada (¿la Mona Lisa?, ¿la Estatua de la Libertad?, ¿el Partenón?, ¿la Ópera de Viena?, ¿la Reina de Inglaterra?) puede dar una grandísima satisfacción al viajero que sepa evitarla viajando a una zona muy apartada de la misma. Si no puede evitarla, cabe la posibilidad de ponerse frente ella, reír frenéticamente, y señalarla con el dedo índice haciendo muecas grotescas ante todos los circunstantes.
     Segunda sugerencia: elegir el destino del viaje mediante una rigurosa selección de los lugares menos significativos, es decir, aquellos en donde no cabe la sorpresa, donde todo está clasificado desde hace siglos, donde no puede suceder nada inesperado y donde hasta los niños saben lo que contiene y cómo debe usarse. Para Manganelli, el perfecto ejemplo de lugar insignificante es Florencia. Obsérvese que, en efecto, la ciudad toscana viene a ser algo así como una Las Vegas para licenciados. Y del mismo modo que Las Vegas no es el lugar más recomendable para elevar nuestro conocimiento de la poesía metafísica isabelina porque allí sólo se puede jugar a los dados, al naipe, a la ruleta, a las maquinitas o a los chinos, así en Florencia lo único que puede hacerse es admirar, admirar abrumadora, desconsolada y fatalmente. Alguien que viajara a Florencia para meterse en un cine o a bucear en el Arno pasaría por imbécil constitucional.
     Tercera sugerencia: elegir el destino mediante una rigurosa selección de los lugares que nos informan sobre lo que somos. En este punto, Manganelli apela de nuevo a Florencia, lógicamente. “En Florencia descubro cómo Italia entera pueda ser el extranjero”, dice. Analógicamente, para un turista que desee penetrar en la espesa atmósfera del esencialismo hispano, de la España Eterna, lo mejor es que viaje a Gerona o a San Sebastián. Si va a Madrid o a Sevilla se encontrará con ciudades similares a Utrecht o Lisboa, en donde la gente trabaja y luego habla con los amigos de cosas triviales y modestas. En cambio, gerundenses y guipuzcoanos disputan infatigablemente sobre la esencia de la patria (como Donoso Cortés), sobre los rasgos castizos nacionales (como don Claudio Sánchez Albornoz), sobre la pureza de sangre o identidad racial (como don Ramiro de Maeztu) y sobre la inmoralidad y arrogancia de los extranjeros (como Onésimo Redondo).
     Última sugerencia: elegir el destino mediante una rigurosa selección de los lugares más improbables para ser visitados por gente como nosotros. No es fácil imaginar un destino turístico al que no podamos ir ni siquiera nosotros mismos que lo estamos imaginando (único modo de dar con él), por lo que se impone una decisión drástica y fenomenal: abandonarse a la ternura del caos. Manganelli propone, en este particular, un lugar acogedor e inmenso donde todos cabemos y en el que nadie nos puede molestar: “Una ciudad destruida por los bárbaros dos siglos antes de ser fundada”.
     Allí les espero. –

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