Entre Chiautla de Tapia y Brooklyn

Gabriel Rincón salió de Chiautla de Tapia, Puebla a los 17 años camino a Nueva York, de la mano de una mujer puertorriqueña que había ido a visitar a su familia para traerles regalos de su hermana mayor, quien había emigrado años antes.
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Gabriel Rincón salió de Chiautla de Tapia, Puebla a los 17 años camino a Nueva York, de la mano de una mujer puertorriqueña que había ido a visitar a su familia para traerles regalos de su hermana mayor, quien había emigrado años antes. Aunque hasta ese momento no tenía planeado irse al otro lado, cuenta Gabriel que de un momento a otro cambió su visión: “me pasó lo que al mexicano común: me atrajo la apariencia de riqueza. Ver regresar a los migrantes como triunfadores, bien vestidos, hasta con un aspecto físico diferente; más sanos. Quedé deslumbrado por la apariencia.” Se fue a Estados Unidos sin fecha de regreso y con la ilusión de que tendría una vida mejor.

En cuestión de unos días estaba pintando cejas y chapas a muñecas en una fábrica en Brooklyn. De ahí pasó a trabajar como lavaplatos en un restaurante. La ilusión de Estados Unidos poco a poco iba ajustándose a la realidad. El trabajo era duro y los horarios pesados, pero después de años de trabajo en el campo, Gabriel estaba acostumbrado a las condiciones adversas; lo único que resentía era no poder seguir estudiando. Un día llegó a su casa para encontrarse con los agentes de migración en la puerta. Sintió una gran impotencia por no poder defenderse y regresó a México con la firme convicción de que volvería a la escuela a terminar la preparatoria y aprender inglés.

Aunque era el primero de sus cinco hermanos en ir a la escuela, Gabriel tenía la firme convicción de que los estudios eran la única forma de salir adelante y al graduarse de la preparatoria no tenía duda de que quería continuar a la universidad. En un principio quería ser Licenciado en Economía, como los primeros graduados de su pueblo, porque veía que ellos vivían en mejores condiciones que los demás: “Uno va mirando el éxito de los otros y se van convirtiendo en ejemplos”. Al final de cuentas decidió estudiar medicina, pero como no podía estudiar una carrera de tiempo completo, optó por odontología, que tenía un horario de dos turnos. Ya fuera como peón de albañil u operador de máquinas en una fábrica de textiles, estaba dispuesto a realizar cualquier trabajo –y además, hacerlo bien—para cumplir su objetivo de tener una carrera.

Pocos años después de graduarse, con uno de los primeros lugares del grupo, regresó a Estados Unidos, pero esta vez logró obtener la residencia legal. Volvió a Nueva York y volvió a estudiar la carrera de odontología completa para poder ejercer en Estados Unidos. Para ese entonces, a mediados de los ochentas, la comunidad mexicana empezaba a crecer y el Dr. Rincón empezó a darse cuenta de sus necesidades, especialmente en el área de salud: “Cuando la gente llega acá vienen pensando que vienen temporalmente y no atienden sus problemas acá; empezando por sus problemas de salud. Siguen pensando allá y no se establecen acá, aunque al final se quedan toda la vida. Tienen la mente allá y el cuerpo acá.” Empezó trabajando en el tema de VIH, dando talleres, y poco a poco empezó a recibir apoyo de varios grupos que le permitieron fundar Organización Mixteca, una organización comunitaria enfocada en dar servicios de salud y, más adelante, educación.

Hoy, el Dr. Rincón es uno de los líderes mexicanos más destacados en el área de Nueva York, reconocido por mexicanos, latinos y estadounidenses por igual. Dice el Dr. Rincón que “un liderazgo se mide por la cantidad de puertas que se abren, por el apoyo que se da, por el valor que se le trae a un semejante, por la preocupación genuina de una persona hacia el bienestar de otra, sin esperar nada a cambio”.  El trabajo serio y comprometido del Dr. Rincón y de Organización Mixteca ha merecido amplios reconocimientos. El más reciente es el prestigioso premio de la Robert Wood Johnson Foundation a líderes comunitarios en el ámbito de salud. Pero más allá de los premios, una visita a Mixteca permite ver las puertas que se abren ahí diariamente para los migrantes al ofrecerles programas gratuitos de educación, inglés, salud y computación a los que de otra manera no tendrían acceso. Los estudiantes del programa de educación para adultos de Mixteca cuentan cómo estos programas les han permitido avanzar desde lo básico, “ahora ya sé escribir mi nombre”; hasta la relación con sus hijos y su autoestima “ahora sé defenderme y ahora no voy con miedo a la escuela de mi hija”. Es un primer paso que después les permite aprender inglés y obtener un mejor trabajo o darle mayor apoyo a sus hijos para que salgan adelante.

Mixteca está en la calle 23 en Sunset Park, Brooklyn, cerca del lugar al que llegó por primera vez el Dr. Rincón en 1972. Saliendo de ahí, en los días claros, se ve a lo lejos la estatua de la libertad. Este símbolo de oportunidad y optimismo contrasta con la realidad de muchos migrantes en ese país, pero el ejemplo del Dr. Rincón es muestra no sólo de lo que se puede lograr individualmente, sino de la importancia de una visión de comunidad. “Nosotros mismos tenemos que hacer la diferencia. No esperar a que alguien más lo haga por nosotros”, dice el Dr. mientras se quita la bata y sale a media tarde del consultorio de Queens para llegar al otro turno con los pacientes de Brooklyn; y después a Mixteca. Todavía a los cincuenta y tantos sigue con la doble o triple jornada; sigue buscando mejores oportunidades, pero ya no sólo para él.

Con su trabajo, y el de muchos otros líderes migrantes, poco a poco va cambiando la percepción sobre la comunidad mexicana en Estados Unidos, y va cambiando la comunidad misma, uno por uno.

 

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