España

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Era una casa con la duela vieja
que se quejaba al paso del zapato.
Tenía un patio con hiedra aquella casa
donde la gota a gota de la toma de agua
era fuente y origen de los ríos de España.

Era un barbero andaluz tras una barra
el que servía el vino, el ron y las cervezas,
era un minero ciego toda Asturias
y Salamanca los helados afectos de mi abuelo,
su humor de libertino, su visera.

Era de Pedro Garfias esa casa
y el énfasis amargo de su desolación
la calentó hasta que no hubo nadie adentro
a quien le hiciera falta.

Toda noticia era de ayer y venía de lejos:
de la muerte, del miedo, cárceles y coraje,
y era el futuro ahí vuelta al recuerdo
de plazas con la gente armada
y el arrojo de jóvenes con alma de toreros
que fueron fuego sofocado en mierda.

Ya dije que la casa tenía las duelas viejas,
buena compañía que eran las maderas de esa casa
para los cónclaves de tanto rojo,
para la voz de los poetas,
y a veces —demasiadas pocas veces—
para el cante que mi padre procuraba
—ahí, sentado al borde de una silla,
a mis siete de estar en este mundo,
escuché cómo se cantan granaínas
a don Enrique Morente.

Esa casa de la colonia Juárez,
en la ciudad de México, a medio camino
entre la nuestra y el mercado, era España,
y sus abandonados sótanos
galeras de mis barcos de aventuras,
igual que sus macetas los campos de Galicia
y Santander y el País Vasco.
era la barra y la sonrisa del barbero
que a los mayores les servía las copas
y para mí refrescos y en sus ojos claros
pájaros sobre el puerto y la bahía.
Anda mi niño aquél por esa España. ~

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