Estudio de precocidad

El caso de Carlo Michelstaedter permite evaluar las distintas facetas del genio precoz
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Alguna vez le escuché decir a Arreola que ni él ni Borges –se lo habían confesado el uno al otro, según Juan José– habían leído El mundo como voluntad y representación, de Schopenhauer, pues les bastaba el título para entender perfectamente de qué se trataba y actuar en consecuencia, como falsos eruditos. El dicho arreoliano quizá marca la diferencia decisiva entre la filosofía y la literatura; se me ocurre frente a Carlo Michelstaedter (Gorizia, 1887–1910), el precoz y malogrado genio filosófico italiano que se suicidó a los veintitrés años. A él, sin duda, le alcanzó su breve tiempo en la tierra para leer mucho Schopenhauer aunque no le sirvió, a diferencia de lo que los ocurre a los Arreola y a los Borges, para cambiar la “duración” por la “intensidad”. La contradicción la propone el propio Michelstaedter en uno de sus impactantes pensamientos.

Se mató este muchacho tan pronto como puso en el correo su tesis de licenciatura, La persuasión y la retórica (2007), que Sexto Piso tradujo al español junto con una miscelánea de pensamientos, cuentos y reseñas titulada La melodía del joven divino (2011). Como este tratado no es fácil de comprender para los legos y yo lo soy, temeroso de dejarme embaucar por la precocidad suicida, que le construye la obra a quien se toma el trabajo de escribirla, le pregunté a un par de filósofos analíticos, de formación anglosajona recalcitrante y nada complacientes con el ánimo latino, su opinión, sí la tenían, sobre Michelstaedter. Uno lo conocía, el otro no. Hechas sus gentiles lecturas y averiguaciones, me lo describieron como un notabilísimo alumno de griego, de aquellos cuya aparición llena la vida, que tras ellos se vuelve luminosa y trágica, de sus profesores. Le restaron importancia universal a La persuasión y la retórica, incluyéndola, en primera fila sin ninguna duda, como trabajo representativo de los epígonos de la filosofía alemana que infestaron entonces las universidades meridionales. Concluyeron, palabras más, palabras menos, que Michelstaedter se mató en ese momento de obnibulación juvenil en que creemos haber descubierto la verdad. Un genio filosófico, dijo uno, habría nacido verdaderamente cuando un joven como él no se mata sino decide volver a empezar. Como Wittgenstein, digamos.

Debo decir que este exámen póstumo, en lo que valga, no le resta un ápice a la perturbadora belleza y a la impresión –la espero duradera– provocada por Michelstaedter, capaz de reconocer, más allá de todos los pesares, que al “absoluto nunca lo he conocido, sin embargo, lo conozco como quien sufre de insomnio sufre el sueño, como quien mira la oscuridad conoce la luz”. Fue, como lo dicen los comentaristas reunidos en ambos libros (Miguel Morey, Sergio Campailla, Claudio Magris, Paolo Magris, Massimo Cacciari), un agonista de la Bella Época transido de aborrecimiento por la ciencia del positivismo y convencido de la falsedad de lo moderno ante la cual antepuso los remedios supremos que le sumistraban sus lecturas: Schopenhauer, Nietzsche (ninguno de los comentaristas se toma la molestia didáctica de explicarnos cómo, cuándo y cuánto lo leyó este joven) y Marx (leído en alemán sin la intermediación idealista de Benedetto Croce, a quien le dirigió una respetuosa carta pública de ruptura, antes de morir. Bueno, todo en Michelstaedter ocurrió en la víspera de su muerte). Si entiendo bien fue este imberbe judío otro griego clásico perdido entre los modernos, un partidario de Sócrates contra Platón y de Platón contra Aristóteles para quien la nietzscheana “voluntad de poder” era en realidad aquello que nos “persuade” contra la retórica.

Contra la retórica, fue un retórico. Escribió memorablemente: “En efecto, acostumbrarse a una palabra es como contraer un vicio”. Le gustaban los guiones usados a la manera de signos de interrogación, las partículas adversativas y naturalmente, las itálicas, según nos lo recuerdan sus diligentes traductores. Pero lo que más me interesó del caso Michelstaedter fueron sus cuentos y reseñas pues sólo en ellas vemos el revés de la genialidad precoz, real o supuesta. Estupendo material para un estudio de la precocidad, me digo, es leer al arrogante autor de La persuasión y la retórica, en la misma época, balbucear escribiendo cuentos que delatan su verdadera, sufriente edad y cómo procede puesto en el muy difícil ejercicio de la admiración. Sus entusiasmos son los de un joven de su época: d´Annunzio, Maxim Gorki, Tolstoi, Ibsen. Se desencanta rápido y lo que le seduce en el primero, acaba por hartarlo, pues incurre, el autor de El placer, en la superchería comercial del superhombre. El segundo, Gorki, lo entusiasma porque ve en él y en Tolstoi, a los proféticos antiburgueses destinados a incendiar el mundo. En 1910 era clarísimo que el fuego venía de Rusia. Tras esos incendios vendría el reino de los persuadidos, los auténticos, encarnados por el dramaturgo noruego. Michelstaedter, quien describe genialmente, como filósofo, todo lo que otros hemos borroneado horriblemente, de adolescentes, en diarios de viaje, poemitas y otras patrañas confesionales, es tierno y hasta obtuso escribiendo reseñas.

Sin sus griegos y sin una vida universitaria que lo norme, sin retórica enemiga a la vista, Michelstaedter enseña el cobre. Por ello, su suicidio no puede sino ocurrir en la más emocionante de las circunstancias. No sólo lo comete tras haberse deshecho de su tesis –tengan para que se entretengan– sino que se decide por el suicidio debido a la impresión que le produce escuchar “la melodía del joven divino”, el Stabat Mater de Giovanni Battista Pergolesi, tocado en Gorizia, su ciudad, el 27 de abril de 1910. La obra de ese otro joven genio muerto dos siglos antes que él hizo que Carlo Michelstaedter reseñara el concierto y se matara meses después. Había encontrado quien lo tomara de la mano para llevárselo.

 

(Publicado previamente en el suplemento El Angel, del periódico Reforma)

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