Feminismos y pornografías

La postpornografía presenta otras opciones para que cada quien elija una, o bien, elija no elegir, sino pasar de un placer a otro.
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Una anécdota como historia

La vida de Linda Susan Boreman es una versión a escala de la historia del feminismo y la pornografía. Más conocida por su nombre artístico, Linda Lovelace protagonizó en 1972 la exitosa Deep Throat, dirigida y escrita por Gerard Damiano. En su momento se dijo que la película pornográfica fue parte de la revolución sexual los 70 porque por primera vez acudieron a su proyección en las salas de cine no solo hombres, sino parejas. Décadas después se puso de moda analizar la trama, lo que terminó por entrecomillar lo revolucionario del filme. Una frustrada veinteañera acude al médico porque a pesar de vivir en la época del “amor libre”, nunca ha tenido un orgasmo. ¿El diagnóstico? Esta mujer tiene el clítoris en la garganta. Por lo tanto, el doctor le aconseja hacer blow jobs, no solo para satisfacer a sus parejas sexuales, sino a ella misma. La solución narrativa nos revela que si bien la protagonista de la historia es mujer, su placer debe subordinarse al del hombre. Habrá quien diga que me estoy tomando muy en serio a una película, otros dirán que la trama no es más que un chiste. Y, sin embargo, esta no es una excepción ni una mala broma que debamos pasar por alto, más bien, es una tendencia que predomina en la pornografía heterosexual de la industria mainstream: aunque pasen menos tiempo a cuadro, ellos son los verdaderos protagonistas; las mujeres no suelen ser más que personajes secundarios.

Durante la conservadora década de 1980, cuando Estados Unidos eligió a Ronald Reagan como presidente, Linda Boreman se desentendió de su nombre artístico, recuperó su apellido de soltera y sumó a las filas del movimiento feminista antipornografía. Catharine MacKinnon y Andrea Dworkin, sus principales portavoces, advertían que aquello que excitaba a los hombres ¾la esencia del deseo sexual¾era la sumisión de las mujeres. Para ambas la pornografía abusaba de las actrices (pues su participación se debía siempre a la coerción) y de las esposas, novias, amigas, compañeras y desconocidas en quienes los hombres consumidores repetían las violentas escenas mostradas en pantalla. Por su parte, Boreman denunció que había filmado Deep Throat bajo las amenazas de su exmarido, Chuck Traynor. Sus declaraciones pusieron en duda el valor de la cinta, que pasó de ser un ejemplo de liberación a un testimonio de esclavitud sexual.

Finalmente, en el 2001, la revista Leg Show le publicó una entrevista, ilustrada con retratos de Linda en lencería. Encima de sus piernas, que se extienden a doble página, se lee la siguiente declaración: “Supongo que estoy más decepcionada del Movimiento de las Mujeres que de cualquier otra cosa”. Boreman dijo haberse sentido tan usada por las feministas como por los hombres de la industria pornográfica.

Del “amor libre” de la década de 1970, pasando por la censura pornográfica en la de 1980, hasta las nuevas corrientes que se han apropiado de este género cinematográfico para modificarlo, los tres momentos de la biografía de Linda Boreman, más que una anécdota, son las coordenadas históricas de la relación entre el feminismo y la pornografía.

Algunos problemas de la pornografía heterosexual

Puedo ser dos espectadores cada vez que veo pornografía mainstream heterosexual. Si me asumo mujer, discuto con la pantalla. Cómo crees, esa chava nunca se va a venir así. Está fingiendo. Es imposible que esté excitada con esa lengua que parece estar teniendo un ataque de epilepsia sobre su clítoris. Después del fast forward a los interminables minutos que dura el blow job, me imagino la sensación del actor, le presto atención a sus gestos y palabras, a sus gemidos sordos, a su cara de abandono cuando tiene un orgasmo. Adopto la mirada masculina, dejo de identificarme con la actriz y devengo hombre para sacarle algo de provecho a estas películas.

El problema de la pornografía más comercial es obvio: no hace el menor esfuerzo por representar el deseo ni el placer de mi cuerpo. Por si fuera poco, el casting para incluir a otras razas, etnias y nacionalidades no ha resultado en una democratización; con frecuencia es una secuencia de prejuicios y estereotipos. Solo por citar uno de los desplantes neocolonialistas disponibles en Youporn y Pornhub, mencionaré que los títulos protagonizados por mujeres originarias de Europa del Este suelen decir lo siguiente: “Las checas hacen cualquier cosa por dinero”. Sí, la pornografía erotiza los fracasos económicos. Peor aún: al darle clic a las categorías se despliega una variedad de mujeres. Rubias, afroamericanas, latinas, asiáticas, europeas, adolescentes, madres, gordas se ordenan en una fila que va de lo “normal” a lo “anormal” de acuerdo con la perspectiva del hombre heterosexual.

En el último año de los 80, Linda Williams publicó Hard Core: Power, Pleasure and “The Frenzy of the Visible”, inaugurando el análisis feminista de la pornografía. Desde entonces, se han impartido seminarios en la Universidad de Berkeley, se han editado antologías de los llamados Porn Studies y se han fundado compañías productoras de pornografía alternativas a la heterosexual.

¿Primero en el arte, después en el porno?

Además de examinar lo tradicional y de incluir a otras identidades y cuerpos en la representación del sexo, el postporno y la teoría queer podrían reescribir la historia entre el feminismo y la pornografía. En vez de insistir en las radicales posiciones del movimiento conservador de MacKinnon y Dworkin, podemos recuperar el trabajo de las activistas y artistas (artivists) de los 60 y 70. Lo cierto es que entonces se hicieron las preguntas y críticas sobre la participación y la representación de las mujeres en el arte que ahora nos hacemos en el terreno de la pornografía. ¿Por qué fue que nos tardamos tantos años en mirar a esta como mirábamos a aquélla? Quizás porque durante décadas el movimiento se volcó en el esfuerzo de distinguir a lo estético del erotismo de la vulgaridad de la pornografía.

Annie Sprinkle es una de esas activistas y artistas. En mi opinión, su gran logro fue subvertir uno de los personajes más manidos de la narrativa porno. Desde los libros prohibidos de mediados del siglo XVIII en Francia, probablemente desde antes, la trabajadora sexual era el personaje que revelaba sus secretos a las jovencitas inocentes, iniciándolas en un camino inmoral que, por cierto, sólo conducía al placer del hombre. Sprinkle, por el contrario, pasó de trabajadora sexual a educadora tanto de hombres como de mujeres en la liberación más íntima y emocionante del feminismo.

Más allá de su trabajo, algunas películas recientes han visto en las mujeres gay la figura de una educadora que podría ser más radical. Primero, debe decirse que para la pornografía heterosexual, el lesbianismo no es más que un entremés, no el banquete; el calentamiento previo al sprint pun intended; una suerte de foreplay y no el “verdadero” sexo: la penetración del hombre. Aquí y allá escuchamos que el sexo entre mujeres es algo incompleto, porque falta el pene. Contra ello, y de acuerdo con Heather Butler, las películas dirigidas, filmadas y actuadas por mujeres gay muestran el deseo y el placer de una sexualidad autónoma que no es la trágica consecuencia del abuso sexual o la violación que “las hizo lesbianas”. Este nuevo tipo de pornografía representa la decisión y la expresión de una orientación sexual independiente, en vez de una subtrama imaginada por algunos hombres.[1] Mejor aún, para desengañar a quienes aseguran que el dildo es una pobre imitación del pene y que las mujeres gay “quieren ser hombres”, Butler escribe:

El dildo funciona como un objeto que da placer, no como un órgano que busca placer. A diferencia de su “contraparte” masculina, no eyacula, no pierde la erección y viene en casi todos los tamaños, colores y formas; más importante aún: uno se puede quitar el dildo. Éste representa un aspecto o un accesorio del sexo lésbico, que no empieza ni termina con la penetración. Si bien a quien se lo pone se le identifica con un rol más activo o “masculino”, cuenta mucho más el placer de quien es penetrado por él.[2]

En 1998, la compañía Fatale Media, dirigido por Shar Rednour, una mujer lesbiana, produjo el video porno educativo titulado Bend Over Boyfriend. En una vuelta de tuerca, son las mujeres gay y las bisexuales quienes ahora educan a los heterosexuales. Con ello se ha dado un paso más: de la reivindicación de las trabajadoras sexuales a la de las mujeres de la comunidad LGBTI. Si para la versión straight el sexo lésbico no es más que unas cuantas caricias, para la queer, el mejor cumplido que recibirá un hombre es “coges como lesbiana”.

Insisto en la relación entre las mujeres gay y los heterosexuales porque no buscamos un escaño o el 50% de ellos en la Cámara de Diputados, ni una sola ponencia en un panel de hombres, mucho menos una sección o un barrio queer en una tienda o una ciudad straight. No se trata de que “nos dejen vivir en paz como minoría, sin molestarnos.” Se pretende, es cierto, difundir otra representación de nuestras identidades y, además, mostrar que otros placeres son posibles. El argumento, que proviene de la teoría del cálculo racional y que hará eco entre politólogos y economistas, dice que cuando el consumidor tiene más información, toma mejores decisiones. La postpornografía presenta otras opciones para que cada quien elija una, o bien, elija no elegir, sino pasar de un placer a otro. Después de todo, puede ser que la libertad sea un baile de máscaras en el que, cada tanto, los invitados intercambian antifaces.



[1] Passim Heather Butler, “What Do You Call a Lesbian With Long Fingers? The Development of Lesbian and Dyke Pornography”, en Linda Williams (ed.), Londres, Porn Studies, 2004, pp. 167-197.

[2] Ibid., p. 183.

 

 


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