¡Fin al Día de la Raza!

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(A PROPÓSITO DEL 12 DE OCTUBRE)

La memoria es el único modo en que la resurrección de cualquier víctima -cosa físicamente difícil-, se torna plausible. Así pues, creo que debemos tener especial cuidado en aplicar un sentido moral y cívico a la conmemoración del 12 de octubre. A este episodio de la conquista española de América, que yo nombro sin rubor “Conquista”, aunque a veces me seduzca la denominación “Descubrimiento” –término en el que brilla, fugaz, la importancia cultural con la que se puede iluminar tanto el eufemismo como la verdad–. Me quedo con lo último.

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Esta semana se celebra en Madrid el Festival VivAmérica, que fue inaugurado por el presidente Rodríguez Zapatero, a punto de enfrentarse a la aprobación en el Congreso de la Ley de Memoria Histórica. Y escucho el rumor de que Walter Benjamin se ha quedado quieto en su tumba ante la perspectiva de que, otro año más, se pierda en España la oportunidad de hablar sin complejos de su papel pasado y presente en Hispanoamérica, es decir, de sumar a los actos institucionales de nuestra Fiesta Nacional el debate propio de una sociedad crítica, capaz de asumir su responsabilidad histórica y de restablecer la memoria de sus víctimas. Se opta, sin embargo, por agotar la confraternidad en el espejo de los hitos culturales, se llamen Carlos Vives o Bryce Echenique, a quienes aquí y acullá apreciamos. Su presencia, agradecida, no logra que deje de verse este festival como una celebración desmemoriada. Y puede hablarse, claro, del papel de las empresas multinacionales españolas Repsol y Telefónica y El Corte Inglés, que financian el evento. ¿Qué interés tienen por figurar en esta iniciativa? Y, más aún, ¿cuál es su responsabilidad actual en Hispanoamérica?

Festivales y mercadotecnia aparte, sería fértil que el 12 de Octubre se viera, en cualquiera de los países implicados, un acercamiento entre ciudadanos, historiadores y políticos alrededor de las efemérides. Este ejercicio convertiría la celebración en el cauce más singular por el que pueda festejarse la diferencia y, de paso, la hermandad entre pueblos que la Historia enlazó con sus miserias, nuestras también por derecho de herencia. Es más, de cumplirse con esta deuda (y perdonen mi debilidad) podría incluso mandarse recado a los que por el mundo vociferan casi en exclusiva las tropelías imperialistas de la Corona Española, obligados por un secular vicio que consiste en hacer de esta conquista una mancha indeleble, cabeza de turco de cuantas invasiones coloniales se han producido después (ahí está Chirac en su biografía autorizada, asqueado de vergüenza ajena). En efecto, es una mancha histórica, mas también, en rigor, esta circunstancia fue decisiva en el inicio de la Edad Moderna. A su alrededor se fraguó, para lo malo y lo peor, buena parte de nuestra idiosincrasia común y todos esos documentos de cultura que también son (inevitablemente, dice Benjamin en sus Tesis sobre la Filosofía de la Historia) documentos de barbarie.

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Me inquieta, de todos modos, la perseverancia de la expresión “Día de la Raza”, un sintagma ignominioso que, en España, precursora en esto y en otras injusticias patrióticas (que motivan, por ejemplo, la ley de Memoria Histórica que cité antes), no tiene, paradójicamente, hondas raíces. Después de rastrear el origen institucional de la fiesta y en contra de lo que yo mismo creía, no fue un invento del todo franquista (yo pensaba en un intento de alineación diplomática en los tiempos en que España estaba más bien aislada internacionalmente), sino que, antes de servir a este propósito, salió del magín de un exministro, Rodríguez San Pedro, presidente de la Unión Ibero-Americana, que la promovió en 1915 para diluir el complejo español en una pócima muy moderna. Frente a la Doctrina Monroe, cundió el éxito de la propuesta y fue instituido como “Día de la Raza” en Argentina (1917), en Venezuela (1921), en Chile (1923) o en México (1928). Aquí en España es, desde 1958, “Día de la Fiesta Nacional”, una denominación que acarrea problemas de identidad a la izquierda (y a los nacionalismos llamados periféricos –¿existe esto en un estado federal?–), y a la derecha, ansias de apropiación indebida. De cualquier forma, la correspondencia entre la Fiesta Nacional y el desembarco americano merece que se otorgue, a medida que nuestra democracia madura, igual importancia a los dos hechos, o que se abandone el 12 de octubre a favor del 2 de Mayo de 1808 (aniversario de la resistencia madrileña contra el ejército napoleónico, y contra el liberalismo) o el 19 de marzo de 1812, fecha en la que se promulgó en Cádiz la primera Constitución liberal que, bien entendida, sirvió con esmero a uno y otro lado del océano.

– Juan Menchero