Frente al “patrioterismo del Pacífico”

En el drama internacional por la demarcación marítima entre Perú y Chile, un llamado a la concordia. 
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El llamado a la “concordia” y aun a la “reconciliación” entre Perú y Chile, firmado por un grupo de intelectuales de ambos países que encabezan Mario Vargas Llosa y Jorge Edwards, es una novedad interesante, un “soplo de aire fresco” en un ambiente enrarecido por maquinaciones diplomáticas que continúan por otros medios, y más de cien años después, la Guerra del Pacífico.

Los citados escritores, así como Javier Pérez de Cuellar, Isabel Allende, Delfina Guzmán, Fernando de Szyszlo y otros, mostraron una forma distinta de pensar sobre un tema que normalmente convoca posicionamientos nacionalistas fervorosos.  Un difícil “paso al frente” en un momento en el que peruanos y chilenos esperan el fallo de la Corte Internacional de la Haya sobre un diferendo fronterizo como si fuera la final del mundial de fútbol: otra oportunidad para elevar su bandera más arriba que la de sus “archirrivales”.

El diferendo se origina en dos interpretaciones sobre las fronteras marítimas entre Perú y Chile, que según el primer país nunca fueron acordadas y que, por tanto, deberían inferirse de los límites terrestres que se establecieron en el Tratado de 1929. En cambio, Chile argumenta la existencia de dos tratados que, firmados en los años cincuenta, establecen los bordes actuales. Pero Perú objeta éstos tratados; para este país, únicamente rigen la pesca.

El recurso ante La Haya fue planteado por el Perú, aunque Chile señaló que admitirá el fallo. Su tramitación durante los últimos dos años ha llevado al paroxismo la suspicacia entre ambas cancillerías, así como sus esfuerzos por conseguir el apoyo de otros países, en especial de Bolivia, que –por haber participado en la guerra de 1879– está directamente involucrada.

Sobre este asunto, Evo Morales se ha mostrado tan errático como de costumbre: Cuando comenzó, su gobierno se hallaba en excelentes relaciones con Chile, así que Morales atacó al Perú, afirmando que su reclamo perjudicaría una eventual salida boliviana al mar por el norte chileno, es decir, justamente por la zona disputada. Sin embargo, después de la llegada de Sebastián Piñera a la Moneda, y conforme éste despejaba las ilusiones de recuperación del mar que la cercanía política con la socialista Michelle Bachelet había sembrado (más bien arbitrariamente) en la mente de Morales, éste giró a favor del Perú, al punto de concebir otro proceso en contra de Chile ante La Haya, a fin de que este tribunal declarase ilegal el tratado que determina la mediterraneidad boliviana.

Nada nuevo bajo el sol. Desde hace más de un siglo que Bolivia es el “objeto del deseo” de las agresivas cancillerías de sus vecinos; oscila entre ambas y, al final, le convenga o no, se inclina por el Perú, que al fin y al cabo fue su aliado en la guerra. Mientras los “diplomáticos del Pacífico” ganan galones y promociones, los “políticos (e intelectuales) del Pacífico” medran de la continuidad del conflicto y el ridículo patrioterismo “anti-todos-los-demás” que éste despierta en los tres pueblos. Aunque hay que admitir que este patrioterismo, además de buen negocio para éstos y aquéllos, es un elemento fundamental de las mentalidades colectivas,  forjadas en el crisol del nacionalismo y su conocida necesidad de unificar fuerzas combatiendo contra una variada gama de chivos expiatorios. Uno de ellos: “Chile”. Otro: “el hostil vecindario anti-chileno”. 

Todos  ganan, entonces, con la pelea, incluso la población que con ella se consuela, y esto paraliza a quienes ven la verdad, en toda su estrechez, ridiculez y peligrosidad. Pero por suerte no paralizó a Varga Llosa, Edwards y los demás firmantes de este manifiesto.   

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