Fuera del Partido

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 Autobiografía de Federico Sánchez, de Jorge Semprún, escritor premiado con el Formentor y el Fémina –por sus novelas El largo viaje y La segunda muerte de Ramón Mercader e igualmente premiado por su labor como guionista (recordemos La confesión, Z y Sección especial con Costa-Gavras, La guerra ha terminado y Stavisky con Alain Resnais y Las rutas del Sur con Joseph Losey, entre otras) y acogido hasta hace poco con el absoluto silencio en su propio país ha sido como un detonador en gran escala y un revulsivo sin precedentes en el mundo de la cultura española.

Hasta 1964, fecha de su expulsión junto a Fernando Claudín, Semprún formó parte del Comité Central del Partido Comunista de España, como miembro destacado en el interior durante la dictadura. Lo que convierte a esta autobiografía en un documento histórico de primera magnitud, no tanto porque desvela las intrigas palaciegas en las que se debatía el partido, como por la incidencia que en su día tuvo la posición disidente de Semprún y Claudín y la repercusión actual, a nivel de Estado, que todavía hoy –cuando el Partido Comunista está legalizado– conservan las tesis de los dos expulsados.

El debate –ardiente, febril y descarnado, personalísimo, si se quiere– está abierto desde la publicación y el lanzamiento –ortodoxo o no– de la Autobiografía. Lo que se cuece debajo de toda esta polémica es una lucha tanto más sórdida cuanto los interlocutores deciden, por una parte, no darse por aludidos, y con posterioridad y ante la imposibilidad de escurrir un bulto demasiado evidente, un alud que se les viene encima, jugar al desprestigio del libro como novela, como literatura, como verdad, del autor como tal y de los que entendemos que el libro ejerce una función fundamental de dialéctica y discusión necesarias, como cazadores de brujas, aventureros, o –más tímidamente– inoportunistas. El affaire Semprún es significativo de la división maniquea, de la retórica secular que domina y esteriliza la cultura española.

Algo hay que huele a cadáver en las omisiones y silenciosas actitudes de siempre: la falta de memoria, amnesia para lo propio y recuerdo para lo ajeno y el anatema para quien, parcial o subjetivamente, se atreva a desbrozar la podredumbre del pasado inmediato. En nuestra opinión, es competencia y función específica del intelectual discutir siempre, impugnar, criticar y poner en tela de juicio todo aquello que es presentado como teorema definitivo, como dogma bíblico. Semprún, Federico Sánchez –su nombre en la clandestinidad–, ha declarado que su “resurrección” se debe a unas declaraciones hechas por Santiago Carrillo y Max Gallo en el libro Mañana, España. Todos están en su derecho de defenderse cuando se sienten amenazados, todos estamos en nuestro derecho de discutir todos los puntos de vista que no nos sean afines, dentro de parámetros mentales siempre ideológicos. Anatematizar con supuestos y paranoicos contubernios (judeo-masónicos), darse el lujo del martirologio cuando la legalidad actual ampara a minorías parlamentarias que se sienten propietarias únicas de la historia, iluminados, etc., culpar de maniobras electoreras y de motivaciones que corresponden claramente a un modo de pensar que creemos hoy fuera del Estado español es –como siempre– ensayar la técnica del avestruz, esconder la cabeza debajo del ala o jugar a la confusión psicodélica de las iglesias, sus dogmas, sus cardenales, sus mártires, sus santos de music-hall, etc.
La heterodoxia española -–desde Blanco White, pasando por Juan Goytisolo, Fernando Savater, Leopoldo M. Panero y llegando a Semprún, etc.– sigue afortunadamente viva y presente, pese a los fiscales de capelo partidista, y bautizados en el dogma que han anatematizado incluso a Fernando Arrabal, Alfonso Sastre, etc. La memoria, volviendo contra sí mismo un verso de Celaya, “es un arma cargada de futuro”, pese a quien pese y por encima de nosotros mismos. La memoria ejerce hoy su función, su ejercicio de disidencia.

Aparte de las graves verdades que circulan en el libro, su aportación original se debe fundamentalmente al hecho de que el debate abierto de nuevo por Semprún –y seguido por Fernando Claudín, de un modo más crítico e intelectual, si se quiere– está protagonizado por un alto dirigente de un partido comunista. Hasta ahora existían testimonios de hombres que han sido comunistas, como es el caso de Silone en Italia, pero que se limitaban al fenómeno de la Unión Soviética. Lo mismo en el caso de André Glucksmann, etc. El caso de Semprún es bien distinto. Es más dramático porque se juzga un periodo histórico del partido en el momento en que este estaba en la clandestinidad, y por consiguiente la conciencia de lo que circula en el discurso tiene más gravedad.

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La polémica que ha originado su libro Autobiografía de Federico Sánchez ha puesto de relieve, aparte de los graves errores cometidos durante el franquismo por la dirección del Partido Comunista bajo la dirección de Santiago Carrillo, un problema de fondo, el del centralismo democrático, y cierta actitud sórdida, totalitaria y deshumanizada de dicha dirección frente a la base. No obstante, con su cambio de posición después de ser legalizado, el Partido Comunista Español ha optado por las tesis reformistas, kaustkianas y socialdemócratas y muchos han visto en esta nueva cara una aproximación a las tesis de usted y de Claudín. En este aspecto, cuando la democratización interna del partido ha llevado consigo un giro de 180 grados hacia la derecha, ¿podríamos decir que la democracia es en esencia burguesa?, ¿o por el contrario, que los partidos comunistas, para que sean tales, no deben integrarse en el ámbito de la democracia burguesa? O aún más: ¿no piensa usted que una democracia efectiva está en contradicción con la organización de un partido, su jerarquía, su disciplina, y, como apunta Goytisolo, “siempre habrá cuestiones de las que no es oportuno hablar”?

Trataré de contestar en forma sintética. En primer lugar, en cuanto a la aproximación a las tesis de Claudín y las mías por parte del actual grupo dirigente del pce, yo creo que esto es una forma muy superficial de ver las cosas. Vamos a dar un solo ejemplo de los temas debatidos en 1964, hace ya más de diez años, cuando fuimos expulsados. Uno de estos temas fundamentales era los problemas que plantearía una transición hacia la democracia en España. Nosotros sosteníamos que esa transición podía hacerse bajo la hegemonía de la gran burguesía capitalista española, que podría ella misma hegemonizar un proceso de liquidación de las formas fascistas del poder y de instalación de una democracia burguesa de estilo más o menos occidental, como las que suelen existir desde hace siglos en los países capitalistas desarrollados. Y la mayoría del comité ejecutivo en torno a Carrillo, repitiendo como papagayos lo que este decía, sostenía que esto era imposible de conseguir, que toda crisis de la estructura fascista del poder sería una revolución política y por consiguiente no habría un proceso de transición hacia la democracia burguesa bajo la hegemonía de la gran burguesía capitalista y bajo la hegemonía del gran capital monopolista español.

Esto último es una cosa que habría sido fácil analizar, porque estaba en los libros; ya se habían visto casos similares en otras circunstancias, países y regímenes. ¿Qué pasa ahora? Hoy lo único que ha hecho Carrillo es un viraje de 180 grados para ajustarse a esa realidad que no había sabido analizar de antemano. Pero ahora este viraje es oportunista, porque es una capitulación ante esa realidad. Si hubiera triunfado nuestra tesis –que naturalmente estaba muy lejos de ser totalmente perfecta, que hubiera habido que perfeccionar en la práctica de la lucha de clases y de masas en España– el Partido Comunista, como en general la izquierda, estaría en mejores condiciones de utilizar las posibilidades que habría en ese proceso de transición, para desarrollar una dinámica de las fuerzas sociales más avanzadas y no para congelar esta situación. O sea, que no se puede hablar de aproximación de las tesis, sino que se ha impuesto una realidad y que esta realidad no es aprovechada de una manera correcta. Se está capitulando ante la realidad.

El segundo punto que necesitaría un largo desarrollo –porque es un punto clave, creo yo, de todos los problemas del movimiento comunista y en general revolucionario del siglo xx– sería el de la esencia burguesa o no de la democracia y este viraje, esta capitulación de Carrillo y su grupo dirigente que lleva, en efecto, a una democratización de la vida interna del partido, ¿tiene por fuerza que mantenerse dentro de los límites de la democracia burguesa? Esto es un problema fundamental, creo yo, sobre el que podemos volver más adelante en el curso de nuestro diálogo. Pero el problema consiste en que la democracia burguesa es un marco en el cual hay que trabajar, pero sin aceptarlo como sagrado, que es lo que parecen estar haciendo los partidos comunistas europeos.

Los partidos eurocomunistas parece que han descubierto que las libertades “formales” son algo más que formales: son libertades que realmente pueden ser operativas, cosa que ya sabía, en efecto, la izquierda marxista desde el comienzo del siglo xx; pero también que, por otro lado, son limitadas y que no puede uno mantenerse en ellas: hay que ampliarlas constantemente, y de cuando en cuando romperlas para crear otras formas de libertad. Entonces aparece este problema: ¿un partido comunista no pierde su esencia si se adapta? Esto es una dialéctica interna de todos los partidos comunistas que, en efecto, creo yo, van de un vaivén a otro: o negarse en esta lucha de clases que en general se hace de una forma sectaria y triunfalista, o pasar a una aceptación, casi sin condiciones, de una democracia burguesa, según las coyunturas políticas del momento y también según los intereses del Estado ruso en toda una época. Aunque ahora el eurocomunismo afirma y pretende la mayor autonomía, es evidente que hasta hace poco todas estas estrategias se definían en función de los intereses diplomáticos exteriores de Moscú.

Y la última pregunta que se plantea es la contradicción inherente a los partidos entre democracia efectiva y organización. En la estructura misma del partido creo que esa contradicción existe. No hay motivo para negar esa contradicción. Lo que ocurre es que al negarla en general los grupos dirigentes de los partidos comunistas hacen que funcione de forma solapada, no operativa. Pero podemos imaginar –aunque yo no conozco ningún ejemplo concreto de lo que voy a decir– un modelo hipotético de partido revolucionario, que, siendo consciente de que existe esta contradicción entre su estructura, su necesidad de organización, de jerarquía y disciplina y la democracia efectiva, sepa hacer funcionar esa contradicción como elemento mismo, como motor del desarrollo del partido.

¿Es cierto que hoy el Partido Comunista y usted están de acuerdo en lo fundamental?

Es totalmente falso, porque ¿qué es lo fundamental para el pc? Lo fundamental hoy para el pc es el pc; o sea, mantener su aparato, mantener su influencia, “perseverar en su ser”, como diría un metafísico del siglo xvii. Esto no es para mí lo fundamental, esto es lo accesorio. Lo fundamental para mí, es la dinámica de las luchas sociales, la conquista de espacios de autonomía en todos los sectores culturales y sociales de la vida cotidiana, lo cual rebasa con mucho esta visión del partido-padre, del partido-Dios, del partido-profesor-sacerdote, que todavía perdura a pesar de los cambios y de los ajustes socialdemocratizantes del eurocomunismo. Claro que puede haber ciertos puntos de contacto coyunturales, pero no fundamentales.

La publicación, tras la concesión del premio Planeta, de Autobiografía de Federico Sánchez ha significado un duro golpe para la credibilidad de la que en apariencia venía gozando desde su legalización el pce. Se ha hablado de confabulación, de pactos, de maniobras electoreras. En este aspecto, la imagen de usted se ha deteriorado ante cierta izquierda granítica. ¿Cuál era su motivación al escribir Autobiografía… y cuál era su intención al publicarla varios años después?

Es para mí bastante clara: en primer lugar, solo en el momento en que su recepción, su lectura, fuera hipotéticamente posible por los comunistas mismos, porque ya no existían condiciones de ilegalidad, de persecución, de clandestinidad, me parecía más correcto y más eficaz políticamente esperar a que el pce fuera un partido democrático como todos los demás, que funcionara en la democracia burguesa, esperar que Carrillo fuese recibido en la Moncloa como lo es ahora, y que fuese comensal en los almuerzos o en las cenas del Palacio Real. (Esto último lo digo un poco en broma, claro.) O sea que realmente hoy, aunque lo hayan intentado, difícilmente pueden decir que hablar de toda una experiencia es una agresión, una puñalada por la espalda.
Hice el análisis de mi experiencia, aunque este análisis sea todavía muy parcial (sé mejor que nadie todo lo que falta en el libro, todo lo imperfecto que es), porque debía hacerlo así; porque, si no, a lo mejor no se hace nunca, y pasan los años… El objetivo era llevar hasta el fin –por mi parte– un análisis, una especie de autocrítica y de análisis de la evolución de un intelectual marxista, revolucionario, hacia un cargo de responsabilidad en un partido y de todas las contradicciones que eso supone, vividas íntimamente, y que son aquellas a las que hemos aludido hace un momento. Hay la contradicción entre una voluntad de inteligencia crítica y el funcionamiento jerárquico de un aparato tan militarizado, sobre todo en la época de la clandestinidad. Este análisis está parcialmente iniciado en el libro y puede desarrollarse. En segundo lugar debo continuar algo que no he hecho, y eso lo digo con un sentido no de arrepentimiento –que es un sentimiento cristiano–, sino de crítica personal hacia mi propio pasado. Yo, como dirigente del partido, tampoco luché suficientemente, en los años en que hubiera podido hacerlo, para que el pce restableciera una transparencia de su propia memoria colectiva y por consiguiente abordara casos como la liquidación del poum durante la Guerra Civil; como la liquidación de las colectividades anarcosindicalistas; como la estrategia estalinista de alianzas con la derecha de la burguesía durante la Guerra Civil; como las campañas antititistas contra Monzón, como las campañas contra Morena.

O sea que yo como dirigente no tuve entonces iniciativa suficiente. Si la hubiera tenido, me habrían expulsado del partido antes, aunque en sí eso me es igual ahora. Y si no la tuve no fue por durar más en el partido, sino por una concepción errónea de una cierta política reformista, jruchoviana, posterior al xx Congreso, y esa concepción errónea me llevaba a pensar que se podían hacer las cosas por etapas, poquito a poquito, dejando algunas cosas para más adelante. Pero no se puede dejar para más adelante barrer el estalinismo en la propia casa. Si uno mantiene censurados, ocultos, todos esos núcleos de la propia memoria colectiva uno resta posibilidades a la autonomía realmente obrera y revolucionaria y además le resta credibilidad. Esto es un propósito esencial, además de establecer una cierta posibilidad de que los que no han vivido esa época, los más jóvenes, puedan exigir conocer ese pasado. Ellos no tienen un problema de conciencia –para utilizar una terminología cristiana– pero necesitan una historia viva del movimiento obrero y de su propio partido, para transformarlo o para lo que sea.

En cuanto a mi imagen, yo debo decir que no era totalmente inconsciente de los riesgos que tenía el presentar un libro de este tipo a un premio como el Planeta y a la editorial misma, aunque no hubiera sido premiado. Es evidente: sería uno muy iluso y muy inconsciente si no supiera que un libro también funciona como una mercancía. Pero me pareció –a lo mejor me he equivocado– que tenía que elegir entre una imagen más pura, más próxima a lo que soy o intento ser de verdad y una difusión totalmente limitada, minoritaria, elitista, aunque sea en el buen sentido, del libro, y una mucho más masiva, que, por consiguiente, permitiera romper cierta barrera y llegar a cierto público; naturalmente con –espero que sea provisionalmente– una cierta “pérdida de imagen”. Yo llegué a la conclusión de que en España, en las condiciones en que se desarrolla la vida cultural, un libro publicado en una editorial con la cual yo hubiera tenido muchísimas más afinidades –con su programa, dirección, etc.– habría sido perfectamente reducido al silencio, dada la influencia notable que tiene en los medios de comunicación de masas el Partido Comunista, incluso fuerzas de derecha que puedan aceptar participar en una maniobra para que no se estropee la imagen del pce. La imagen que tiene hoy el PCE interesa tanto a Adolfo Suárez como a Santiago Carrillo. Seamos conscientes de eso. Ambos la necesitan. Puede haber, por tanto, una coincidencia en enterrar y censurar un libro para que no tenga repercusión, no estoy hablando de valores literarios ni intelectuales etc., sino de una mercancía que se difunde y un medio de expresión que se censura o se difunde. Había que hacer una elección y yo elegí la posibilidad de una gran difusión a través de una editorial comercial fuerte, sabiendo que esta tiene su política. No soy estúpido para no saber y ver cuál es esa política a través de un premio. Pero he preferido “perder imagen” y romper esas barreras, a mantener mi imagen pura y no llegar a nadie.

En cuanto a pactos, confabulaciones etc., es completamente absurdo, es desconocer la realidad de cómo se escribe un libro. Yo lo comencé en el año 67 sin saber cuándo lo iba a terminar o publicar. En ese momento no se sabía –porque Carrillo comenzó diciendo que era una campaña contra el pce con motivo de las elecciones municipales– cuándo iban a ser las elecciones. ¿Quién lo sabe aún? Además nadie conocía el proceso que podía producirse. Se ha dicho también que era una campaña manipulada por las grandes potencias –concretamente Moscú– contra el eurocomunismo y eso es muy anterior al libro, además de ser este mucho más antimoscovita que el propio Santiago Carrillo. O sea, que todo eso es una diversión absurda para renunciar a hablar del libro, porque, en el fondo, no han hablado del libro, no lo han contestado. Ni a los análisis ni a los hechos se ha contestado. La respuesta fue una cortina de humo.

¿La campaña del Partido Comunista contra usted es consecuencia de la represión que debe imponerse a cuanto de heterogéneo se haya ligado orgánicamente a la curia carrillista?

Eso puede ser una consecuencia. Algo que me llama la atención es su debilidad, su defensa, sus pretextos. En el artículo “No nos moverán”, de Santiago Carrillo en Mundo Obrero, se dicen cosas que realmente son sorprendentes. Si hubiera más tiempo para analizarlas una por una… Son sorprendentes porque dice: “Pero se nos ataca. ¿No quedamos en que no se iba a hablar del pasado?” O sea, es interpretar –por parte de Carrillo– de forma oportunista esta política de reconciliación nacional. Pero yo no he hablado de sangre, de rojos ni de azules. Yo he hablado de la sangre de izquierda dentro de la Guerra Civil, de la represión comunista contra el poum, la cnt y la disidencia. De cualquier manera, la campaña del pce contra mi persona es bastante floja, defensiva. Refleja seguramente su gran desconcierto. No esperaban algo así. Estaban tan convencidos de que eran buenos, intocables y cándidos, de que su figura eurocomunista era tan absolutamente intocable, que se sorprenden y desconciertan y luego se ve que no han hecho grandes progresos en aprender a discutir, en aceptar las contradicciones y la polémica con argumentos. Inmediatamente van al insulto, pero nunca al hecho.

¿Pretendía usted con el libro ser la conciencia intelectual, el eco de la base frente al ejecutivo? ¿No es hora ya de ofrecer a la base sus propios órganos de expresión?

Sí, ya es hora. Pero este libro se sitúa fuera del pce. Este libro no es el libro de un excomunista obcecado. Se sitúa en otro terreno; no en la idea o el sueño que había desde Trotski –no diré nombres más recientes–: que podía transformarse desde su cúspide el pc, que bastaría con cambiar los pastores para que el rebaño, que es tan puro y tan bueno, volviera a ser combativo. Yo no estoy en esa posición. La experiencia histórica demuestra que existen los partidos y tienen una función, pero que hay que situarse al margen de eso, desacralizar por completo toda reflexión sobre los partidos obreros.

Hay que intentar reflexionar –no digo que sea fácil– en otro terreno, en otra estrategia de la lucha que no sea exclusivamente la de los partidos y la esfera política, reducida a eso: hay que ampliarla a la vida cotidiana, a todos los movimientos que engendran autonomía obrera, cultural, feminista, juvenil, etc.; hay que destrozar las jerarquías de esta sociedad que al fin y al cabo es la que reproduce, que sostiene y mantiene la jerarquía de los partidos obreros, que son espejos de esa sociedad.

Cuando apenas hemos comenzado a salir de la dictadura, muchos se preguntan, con independencia, si era necesario empezar lanzándose contra el Partido Comunista…

Este libro lo he escrito yo. Y yo, concretamente, no tengo ningún problema en este sentido porque no he esperado a que llegara el momento de hablar contra el pce, porque he estado luchando contra el fascismo todo el tiempo. Yo no tengo ningún complejo en relación con el fascismo como tantos líderes de la ucd que salen de la matriz del franquismo y que ahora tienen que construir o rehacerse una imagen diferente. Yo estaba donde creía que tenía que estar luchando. Hay gente del pce decidida a transformar esta sociedad, no para crear un aparato de consolidación del poder burgués, sino para quitárselo de encima. A esa gente hay que dirigirse para enseñarle su propia historia o la de su partido.
 
Volvamos a la discusión establecida entre Lenin y Rosa Luxemburgo. Para Rosa Luxemburgo la existencia de los consejos obreros no pasaba por la abolición de las libertades conquistadas por la democracia burguesa, ni excluía el pluralismo ni la libertad de expresión; y el socialismo implicaba necesariamente la exigencia e invención permanente de nuevas y más amplias libertades. El leninismo, por el contrario, suponía la sumisión de la libertad a los fines del partido. Este centralismo democrático, como lo llaman los comunistas, y esta sujeción de la libertad ¿no encubre acaso la creación de una estructura permanente? ¿La autodefensa, que dicen los leninistas, supone ese centralismo en el proceso revolucionario?, ¿no oculta la reproducción a escala del virus totalitario bajo la tapadera del nominalismo de “la revolución”? Y ¿con esta necesidad de hacer asumir a las masas la renuncia a las libertades formales, no hipoteca el partido nuestro presente a cambio de un porvenir paradisíaco y cristiano que mantiene nuestra esperanza, pero que no llega ni llegará jamás?

Esta pregunta es seguramente la más importante y aquí se centra todo lo que se podía desarrollar en torno a estas cuestiones. Yo creo que, en efecto, si hay que buscar un punto de referencia teórico, como es lógico, interno al marxismo revolucionario (es perfectamente concebible que uno se sitúe fuera del marxismo sin salir del movimiento revolucionario, pero estamos hablando ahora de un razonamiento interno del movimiento comunista), es evidente que dentro de él, la discusión entre Rosa Luxemburgo y Lenin es decisiva y capital, y al lado de Lenin hay que poner a Trotski, así que se trata de una discusión de Rosa Luxemburgo con el bolchevismo, digamos.

Su posición permite, en efecto, establecer ese hilo rojo, dialéctico, entre el mantenimiento de las libertades calificadas de formales –en su momento con mucha contundencia– y su desarrollo constante y el mantenimiento de una vanguardia política que puede ser un partido, pero que puede ser una vanguardia abierta, corregida constantemente por las libertades de las masas en torno a la vanguardia y que son más importantes que la vanguardia misma: o sea, el problema de la democracia soviética, de los sóviets, de los consejos, no como correa de transmisión del aparato de la vanguardia sino como algo esencial, fundamental, al cual se debe supeditar el partido, porque si no es así se trastocan todas las perspectivas y se convierte en una dictadura del partido sobre las masas.

El hecho fundamental que ha posibilitado que fructifique la semilla del terror es el haber eliminado muy rápidamente los gérmenes pluralistas, pluripartidistas, autogestionarios, de la sociedad rusa en la época de Lenin, y no basta con recurrir, como hacen los neoestalinistas y reformistas eurocomunistas, a argumentos que tienen su peso histórico, como son los de la Guerra Civil, el cerco imperialista, etc., porque esos argumentos no implican todo. Son condiciones que ofrecen a las masas una serie de opciones. La respuesta al terror burgués en Occidente no tiene por qué ser el terror de la checa en la urss. Pero en fin, si es el condicionante externo el que lo condiciona todo, entonces no hay teoría revolucionaria, hay que capitular constantemente ante la realidad y no hay nada que hacer, sino irnos a casa. Además, los instrumentos e instituciones que se crean provisionalmente y que arrebatan a las masas las libertades formales ya no van a desaparecer, van a querer perseverar y dentro de diez o veinte años van a eliminar esa perspectiva ideológica del paraíso que es uno de los elementos motores de la alienación ideológica interior.

¿Qué respuesta moral debe ofrecer un escritor revolucionario frente a la eficacia y el oportunismo del partido?

No me gusta mucho la palabra moral. Debe ser una respuesta crítica constante. Una de las experiencias críticas más importantes de este periodo es que el intelectual revolucionario, esté o no en los partidos o en el pc –claro que es más difícil desde dentro que desde fuera–, debe entender que su función es fundamentalmente crítica y negativa, que realmente no puede ser, como en las monarquías absolutistas, un ilustrador más o menos hábil e inteligente y hasta genial de las tesis establecidas por las direcciones políticas. Debe ser un crítico. Esto puede tener consecuencias morales, pero su raíz no es moral sino política. Eso puede plantear una conflictividad enorme, porque el intelectual de origen burgués en general tiene mucho complejo de culpabilidad por sus orígenes y tiene una gran necesidad, por lo menos en una primera etapa, de encontrarse en una especie de familia que le acoja y le dé una nueva posibilidad de imagen revolucionaria y de establecerse por una serie de mitos y ritos casi religiosos. Claro que es fácil capitular ante esa realidad, pero si no sostiene su postura el intelectual debe convertirse en un profesional de cualquier cosa y dejar de reflexionar sobre la sociedad y sobre los problemas generales.

¿Es la escritura el último estadio de la resistencia? ¿O habremos de desengañarnos, abandonar el optimismo masoquista y concluir que ya es hora de escuchar a quien no conoce otro espacio que el de la batalla cotidiana?

Intentaré sintetizar las dos fórmulas. La escritura funciona como resistencia precisamente si sabe escuchar a quien solo tiene ese espacio de la batalla cotidiana. Voy a poner un ejemplo que va un poco a contrapelo de toda la intelligentsia de izquierda española. El de Solzhenitsyn. Es evidente que todo lo que hay en los tres libros en torno al Archipiélago Gulag ya se sabía antes del xx Congreso, aunque no se admitiera; pero el choque que producen la escritura y la elaboración por un hombre de la talla intelectual y literaria de Solzhenitsyn es incomparablemente mayor del que habrían podido producir informes, datos, etc.

Aquí la escritura adquiere un valor de testimonio y de conocimiento de la realidad increíble. Lo importante, además de ser esto, es que se trata de una escritura de escucha, de restablecimiento de unos comienzos de una memoria colectiva del terror estaliniano de los campos de concentración, que habían sido totalmente ocultados, oprimidos por el estalinismo e incluso por el reformismo jruchoviano que solo utilizó para su reforma lo que le interesaba en aquel momento. Toda esa cantidad de testimonios personales es producto de la escucha y por eso es una escritura revolucionaria en el sentido profundo de la palabra, aunque el que lo escriba, como Solzhenitsyn, esté en una posición ideológica cristiana y, por consiguiente, objetivamente revolucionaria. Pero su escritura es revolucionaria porque desvela campos completamente ocultados por la buena o mala conciencia posrevolucionaria, jerárquica y burocrática de ese régimen.
Todo esto son pequeños retazos, esbozos de una elaboración general que intenta reconstruir una práctica y una teoría que sea la de la autonomía realmente transformadora y no la de la sumisión a la autoridad de derecho divino o político. ~

 


Publicado en el número de agosto de 1978 de Vuelta.

En Vuelta apreció la siguiente ficha de Zaya, datos que no hemos podido corroborar: Escritor español. Fue colaborador en la revista Literradura y publica en las principales revistas de España.

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