Harry Earles, astro liliputiense

Harry Earles, actror y autor de cuentos de terror alemán, se convirtió en la imagen más reconocible de la película Freaks.  
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Acerquemos la oreja a la foto añejada en sepia. En ella están Grace, Tiny, Harry y Daisy, los cuatro Schneider, o Earles (más un anónimo perro intercalado). Miran hacia nosotros desde 1920 y proclaman en silencio: “¡Eso de la Doll Family es sobrenombre de farándula! Tenemos poco más de medio metro de estatura, pero no somos muñecos. Una encíclica del siglo XVI decretó que los enanos somos seres con alma, es decir: enteramente humanos. Y además superdotados: Tito Monterroso fraternalmente dijo que los enanos tenemos un sexto sentido para reconocernos entre nosotros.”

 

Nacido en 1902 y en Alemania, Kurt Fritz Schneider (luego Harry Earles en el cine y Clarence “Tod” Robbins en la literatura) llegó en 1920 a los Estados Unidos con sus tres hermanas. Actuaron en las ferias suburbanas, en los shows de los parques de atracciones, en los music-halls y en el celuloide. Harry destacaría en el cine fantástico y sería protagonista de una obra maestra del género (y de todo el cine): Freaks, de Tod Browning.

 

Harry, culto y muy caballerito, fue el liliputiense número uno de Hollywood y un famoso seductor de damas de mayor estatura que él (“Sí, es un midget, pero en la cama es un titán”, declararía la starlette Stella Colton a la chismosa número uno del periodismo: Edda Hopper) y un escritor de ficción que publicaba cuentos de terror bajo el seudónimo Clarence “Tod” Robbins (el “Tod” iba en homenaje a su director de cabecera: Tod Browning). En el cuento titulado “Spurs” un sádico enano de circo se divertía montando y clavándo espuelas a una linda mujer de tamaño normal. El relato fascinó a Browning, quien en 1932 fusionó esa historia con el cuento “Hop-Frog” de Poe y lo convirtió en Freaks (en México titulada “Fenómenos”), una película de horror coprotagonizada por Earles, ahora un caballerito amoroso y víctima de Olga Baclanova, la trapecista y la victimaria y de estatura mayor, apoyados por una pléyade de conmovedores “fenómenos” prestados por el fastuoso circo Barnum: varios enanos, un hombre-tronco, un hombre-esqueleto, un hombre-mujer (o mujer-hombre), una mujer barbuda, y hombres y mujeres macro y micromegálicos. Esos dizque “fenómenos humanos” dieron a la película su intergenérica condición entre fantástica y documental, más una poesía entre el terror y la ternura.

 

Freaks decepcionó a las taquillas,  pero Harry, asestándose un trago de coñac con la maestría de un Erich von Stroheim, declaró: “Qué importa; mi película es un chef d’oeuvre, y, como los buenos vinos, todavía mejorará”. Acertaba: la película que la Metro Goldwyn Mayer consideró fallida hoy se vende bien en devedé, recorre cinetecas y cineclubes, es pieza de culto de la cinefilia y es muy celebrada por los críticos como una joya del cine de horror a la que en 1980 el gran David Lynch, tomando dos elementos argumentales: la humanidad de los “monstruos” y la solidaridad entre la gente circense, le rindió un secreto pero muy visible homenaje en su Elephant Man.

 

Obra no marchita a sus actuales ochenta años, Freaks fue para Earles una cima solitaria. El astro liliputiense poco a poco se vería reducido a una exigua línea en los créditos finales de las películas. En 1939 tuvo un destacado tercer papel en la superproducción El mago de Oz (de MGM) como uno de los mushkins que festejan a Judy Garland en Mushkinland, pero su parte fue muy abreviada pues cortaron la escena en que bailaba un brioso número de tap. Todavía durante un tiempo y con una esposa que le superaba mucho la estatura (“Es mi giganta baudelairiana de uso particular”, decía él) mantuvo la residencia de Sunset Boulevard. Pero ya no era un astro, y en 1958,  divorciado ya, malbarató su castillo “ludwigiano” y con sus hermanas se retiró a una modesta casa en Sarasota, Florida, donde vivió en casi anonimato apenas relampagueado por breves presentaciones en ferias y circos.

 

Harry murió en 1985 a los 83 años. A su entierro asistieron algunos midgets y unos pocos actores y actrices de talla normal, y Vincent Price, un nuevo astro del cine fantástico, pronunció el discurso elegíaco en que lo llamó “un fino caballero y un poeta de la actuación que seguirá dando luz en las pantallas futuras”. 

 

(Publicado previamente en Milenio Diario)

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