Necesidades

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Independientemente del lugar por donde Ud. viaje, el paisaje es reconocible. Todos los lugares del mundo están abarrotados de torres de enfriamiento y parques de estacionamiento, agronegocios y megaciudades. Pero ahora que el desarrollo está terminando —la Tierra era el planeta equivocado para esta clase de construcción— los proyectos de creci-
miento se están transformando rápidamente en ruinas, en basura, entre las cuales tenemos que aprender a vivir. Hace veinte años las consecuencias del culto al crecimiento parecían ya "contrarias a la intuición". Hoy la revista Time las publicita en sus artículos centrales con historias apocalípticas. Pero nadie sabe cómo vivir con estos espantosos nuevos jinetes del Apocalipsis, muchos más de cuatro —clima cambiante, agotamiento genético, contaminación, ruptura de varias inmunidades, niveles crecientes del mar y millones de desplazados. Aun para tratar estos asuntos queda uno atrapado entre el dilema imposible de fomentar el pánico o el cinismo. Pero aún más difícil que sobrevivir con estos cambios en el ambiente es el horror de vivir con los hábitos de necesitar que, por décadas, ha establecido el desarrollo. Las necesidades que la danza de la lluvia del desarrollo provocó no sólo justificaron la expoliación y el envenenamiento de la Tierra: también actuaron en un nivel más profundo. Transformaron la naturaleza humana. Convirtieron la mente y los sentidos del homo sapiens en los del homo miserabilis. Las "necesidades básicas" pueden ser el legado más insidioso que deja el desarrollo.
     La transformación ocurrió en un par de centurias. Durante este tiempo la certidumbre radical fue el cambio, a veces llamado progreso, otras veces desarrollo, otras crecimiento. En este proceso secular los hombres aducían haber descubierto "recursos" en la cultura y en la naturaleza —en lo que habían sido sus ámbitos de comunidad— y los convirtieron en valores económicos. El historiador de la escasez relata la historia. Como la crema batida que se convierte bruscamente en mantequilla, el homo miserabilis aparece, casi de la noche a la mañana, como una mutación del homo oeconomicus, el protagonista de la escasez. La generación posterior a la Segunda Guerra Mundial presenció este cambio de estado en la naturaleza humana, del hombre común al hombre necesitado. La mitad de todos los individuos nacidos sobre la Tierra como homo son de esta nueva clase.
     Las estimaciones arqueológicas colocan el número total de individuos adultos pertenecientes al homo sapiens que alguna vez vivieron en el planeta en no más de cinco mil millones. Vivieron entre los comienzos de la Edad de Piedra, en que fueron pintadas las escenas de caza de Lascaux, y el día en que Picasso estremeció al mundo con el horror de Guernica. Constituyeron diez mil generaciones y vivieron en miles de estilos de vida diferentes, hablando innumerables lenguas distintas. Fueron esquimales y pastores, romanos y mongoles, marineros y nómades. Cada modo de vida encuadró la condición única de ser humano de modo distinto: en torno de la azada, del huso, de las herramientas de madera, bronce o hierro. Pero en cada caso, ser humano significó el sometimiento comunitario a la regla de la necesidad en este sitio particular, en este momento particular. Cada cultura tradujo esta regla de la necesidad a un estilo diferente. Y cada visión de la necesidad fue expresada de manera diferente —fuera esto para enterrar a los muertos o exorcizar los temores. Esta enorme variedad de culturas da fe de la plasticidad del deseo y el anhelo que es saboreado tan diferentemente en cada individuo y cada sociedad. La fantasía llevó a los polinesios en sus botes a cruzar miles de kilómetros de océano. Llevó a los toltecas de México a construir templos en sus puestos de avanzada en Wisconsin, a los musulmanes de Mongolia Exterior a visitar la Caaba y a los escoceses la Tierra Santa. Pero a pesar de todas las formas de angustia y espanto, terror y éxtasis, lo desconocido tras la muerte, nada indica que la mitad de la humanidad ancestral experimentó algo como lo que damos por descontado bajo el nombre de necesidad.
     La segunda —y mayor— parte de la humanidad nació en la época que puedo recordar, después de Guernica, en 1936. La mayoría de las personas que ahora son adultas son adictas a la energía eléctrica, a las ropas de telas sintéticas, a la comida chatarra y a los viajes. Viven más tiempo, pero si debemos creer a los osteopalentólogos que escudriñan los cementerios para estudiar los huesos, la segunda mitad de la humanidad contiene una gran proporción de gente desnutrida y físicamente impedida. Y la mayor parte de estos cinco mil millones actualmente vivos aceptan sin cuestionamiento su condición humana como dependiente de bienes y servicios, dependencia que ellos llaman necesidad. En justamente una generación, el hombre necesitado —homo miserabilis— se ha convertido en la norma.
     El movimiento histórico de Occidente bajo la bandera de la evolución / progreso / crecimiento / desarrollo, descubrió y luego prescribió las necesidades. En este proceso podemos observar una transición del hombre chapucero afanoso al hombre adicto a las necesidades. Divido este ensayo en dos partes. En la primera reúno algunas observaciones sobre la fenomenología de las necesidades, y en la segunda trazo la historia del homo miserabilis como es reflejado por el término "necesidades" en el contexto del discurso oficial sobre el desarrollo iniciado por el presidente Harry Truman.
      
     Ni necesidades ni deseos
     Es difícil hablar convincentemente sobre la historicidad de las necesidades. La existencia de necesidades humanas especificables y medibles ha devenido tan natural que estamos preparados a atribuir la necesidad de oxígeno a cierta bacteria, mientras al mismo tiempo reservamos una sonrisa condescendiente para Alberto Magno, quien habló sobre el deseo de una piedra pesada de caer hacia abajo hasta alcanzar el centro de la Tierra.
     La condición humana ha llegado a ser definida por las necesidades comunes a todos sus miembros. Para la nueva generación, las necesidades que son comunes a hombres y mujeres, amarillos y blancos —más que la dignidad común o la redención común en Cristo o algún otro Dios—, son el distintivo y la manifestación de la comunidad humana. Con benevolencia inescrupulosa, las necesidades son imputadas a otros. La nueva moralidad basada en la imputación de las necesidades básicas ha sido mucho más exitosa en ganar la lealtad universal que su predecesor histórico, la imputación de una necesidad católica de salvación eterna. Como resultado, las necesidades han devenido el fundamento universal de las certezas sociales comunes que relegan los supuestos culturales y religiosos heredados sobre la limitación humana, al dominio de lo que se llama valores personales que, en el mejor de los casos, merece un respeto tolerante. La diseminación de las necesidades que el desarrollo moderno ha forjado no se detendrá con el fin del discurso del desarrollo.
     Es más fácil desechar los rascacielos con ineficientes acondicionadores de aire de San Juan de Puerto Rico que extinguir el anhelo por un clima artificial. Y una vez que este anhelo se ha convertido en una necesidad, el descubrimiento del confort en una isla expuesta a los vientos alisios se hará muy difícil. El derecho al pleno empleo habrá sido considerado como un objetivo imposible antes de haber desmontado la necesidad de las mujeres de tener un empleo de tiempo completo. Veinte años después del reconocimiento público de que las prescripciones médicas son marginales a la salud de una nación, el costo de una medicina profesional insalubre continúa sobrepasando el de un estilo de vida saludable. Será más fácil lograr un consenso en las Naciones Unidas en que la época del desarrollo ha llegado a su fin, que en que es tiempo de desligar la paz y la justicia de la satisfacción organizada de las necesidades, que en que se acepte la idea de que las necesidades son un hábito social adquirido en el siglo XX, y un hábito que requiere ser abandonado en el próximo siglo.
     Para gente formada en el clima moral de los últimos cincuenta años, los cuestionamientos sobre la condición imaginaria de las necesidades suenan ofensivos al hambriento, destructivos de la base común de moralidad que tenemos, y adicionalmente inútiles. Esta gente necesita que se le recuerde que la reconstrucción social del homo sapiens (el hombre sabio y de buen sentido) en el hombre necesitado ha transformado la situación de la necesidad. De ser parte esencial de la condición humana, la necesidad fue transformada en un enemigo o en un mal.
     Las décadas del desarrollo pueden ser entendidas como la época en la cual, a un costo inmenso, se ha celebrado una ceremonia de alcance mundial para ritualizar el fin de la necesidad. Escuelas, hospitales, aeropuertos, instituciones correccionales y mentales, los medios de comunicación, pueden ser entendidos como redes de templos construidos para consagrar la deconstrucción de las carencias y la conversión de los deseos en necesidades. Bien avanzada la era industrial, para la mayor parte de los seres que viven en culturas de subsistencia, la vida estaba aún predicada sobre el reconocimiento de límites que justamente no podían ser transgredidos. La vida estaba limitada dentro del dominio de necesidades inmutables. El suelo producía solamente cosechas conocidas; el viaje al mercado tomaba tres días; el hijo podía inferir del padre lo que sería el futuro. Pues "carencia" significaba necesariamente "cómo las carencias deben ser". Tales carencias, con el significado de necesidades, tenían que ser toleradas.
     Cada cultura tiene la gestalt social asumida por la aceptación de carencias en un lugar y en una generación particulares. Cada una era la expresión histórica de una celebración singular de la vida dentro de un arte de sufrir que hacía posible celebrar las necesidades. Lo que mediaba entre el deseo y el sufrimiento difería de cultura a cultura. Podía ser buena o mala estrella —o pura suerte; bendiciones ancestrales y maldiciones— o karma personal; brujería y malos espíritus —o providencia. En una economía moral de subsistencia, la existencia de los deseos se da por descontada tanto como la certeza de que no podrían ser aplacados.
     Cuando las necesidades ocurren en el discurso moderno del desarrollo, sin embargo, no son carencias ni deseos. Desarrollo es la palabra para una promesa, para una garantía ofrecida para romper la regla de la necesidad, utilizando los nuevos poderes de la ciencia, la tecnología y la política. Bajo la influencia de esta promesa, también los deseos han cambiado su condición. La esperanza de que se logre lo bueno ha sido reemplazada por la expectativa de que las necesidades serán definidas y satisfechas. Enfáticamente, las expectativas se refieren a un "todavía no" que es diferente a las esperanzas. La esperanza surge de la necesidad que promueve el deseo. La esperanza orienta hacia lo impredecible, lo inesperado, lo sorpresivo. Las expectativas brotan de las necesidades fomentadas por la promesa del desarrollo. Ellas orientan hacia reclamos, derechos y demandas. La esperanza apela a la arbitrariedad de un otro personal, sea éste humano o divino. Las expectativas cuentan con la operación de sistemas impersonales que van a entregar nutrición, cuidado de la salud, educación, seguridad y más. La esperanza enfrenta lo impredecible, la expectativa lo probable.
     Las esperanzas se transforman en expectativas. Los deseos se transforman en reclamos cuando las necesidades languidecen a la luz del desarrollo. Cuando esto ocurre, la esperanza y el deseo aparecen como vestigios irracionales de una época oscura. El fenómeno humano ha dejado de ser definido como el arte de sufrir de necesidad; ahora se entiende como la medida de las carencias imputadas que se traducen en necesidades.
     Esta traducción, para la mayor parte del planeta, ha ocurrido en los últimos treinta años. Las necesidades se han convertido sólo muy recientemente en una experiencia universal, y sólo justo ahora ha comenzado la gente a hablar de sus necesidades de abrigo, educación, amor e intimidad personal. Hoy se ha hecho casi imposible negar la existencia de las necesidades. Bajo la hipótesis tácita del desarrollo, un bypass cardiaco ya no se ve como un desenfrenado deseo o un capricho de los ricos. En el contexto de una obstinada rebelión contra la necesidad, el extraño se ha convertido en el catalizador que amalgama deseo y transgresión en la realidad sentida de una necesidad. Paradójicamente, esta realidad adquiere su legitimidad absoluta solamente cuando las necesidades que experimento son atribuidas a extraños, aun si es obvio que para la mayoría de ellos no pueden ser satisfechas. Las necesidades, entonces, aparecen como la condición normal del homo miserabilis. Representan algo que está definitivamente fuera del alcance de la mayoría. Para ver cómo se llegó a este atolladero es instructivo trazar las etapas mediante las cuales la noción de necesidades fue relacionada al desarrollo económico y social durante las décadas recientes.
      
     Las "necesidades" en el discurso del desarrollo
     La búsqueda política del desarrollo introdujo las necesidades en el discurso político occidental. El discurso de investidura de 1949 del presidente norteamericano Harry Truman sonaba enteramente creíble cuando invocaba la necesidad de la intervención de los Estados Unidos de América en naciones extranjeras para realizar el "progreso industrial" del mundo. Él no mencionó la palabra revolución. Su propósito era "aliviar la carga de los pobres" y esto podía lograrse produciendo "más alimentos, más vestidos, más materiales de construcción y más potencia mecánica". Él y sus consejeros consideraban "la mayor producción como la clave de la prosperidad y de la paz".1 Habló de aspiraciones legítimas, no de necesidades. En realidad Truman estaba muy lejos de imputar al pueblo por doquier un conjunto católico de necesidades definidas que demandan la satisfacción que el desarrollo debe traer.
     Cuando habló Truman, la pobreza —en los términos de una economía de mercado— era aún el destino común de la abrumadora mayoría en el mundo. Sorpresivamente, unas pocas naciones aparecían como habiendo superado esta fatalidad y, en consecuencia, estimulando el deseo de los otros de hacer lo mismo. El sentido común de Truman lo llevó a creer que era aplicable una ley universal del progreso, no solamente para individuos o grupos aislados, sino para toda la humanidad en su conjunto, a través de las economías nacionales. De esta manera, utilizó el término "subdesarrollado" para entidades sociales colectivas, y habló de la necesidad de crear "una base económica" capaz de satisfacer "las expectativas que el mundo moderno ha despertado" en los pueblos de todo el planeta.2
     Doce años después, los norteamericanos escucharon que: "gentes en chozas y aldeas en la mitad del mundo luchan por romper las cadenas de la miseria masiva… Prometemos ayudarlos a ayudarse a sí mismos… Lo prometemos, no porque busquemos sus votos, sino porque es lo correcto".3 Así hablaba John F. Kennedy en su discurso de investidura de 1961. Donde Truman había notado el despertar de las expectativas, Kennedy percibió la lucha secular de los pueblos contra una realidad nefasta. Además de satisfacer nuevas expectativas, el desarrollo, por tanto, tenía que destruir vínculos heredados. Su declaración simbolizaba un consenso emergente en Estados Unidos de que la mayor parte de la gente es necesitada, que estas necesidades les otorgaban derechos y que estos derechos se convertían en títulos para ser cuidados y que, por lo tanto, imponían deberes a los ricos y los poderosos.
     De acuerdo con Kennedy, estas necesidades no eran sólo de naturaleza económica. Las naciones "pobres" "han reconocido la necesidad de un programa intensivo de autoayuda", una necesidad de "progreso social que es condición indispensable para el crecimiento, no un sustituto para el desarrollo económico… Sin desarrollo social, la gran mayoría de los pueblos permanecen en la pobreza, mientras que los pocos privilegiados cosechan los beneficios de la creciente abundancia".4
     Un año después de la llegada de Fidel Castro al poder, Kennedy prometió más que una simple ayuda económica o técnica: se comprometió solemnemente a la intervención política —"ayuda en una revolución pacífica de la esperanza". Además, él continuó hasta adoptar completamente la retórica convencional prevaleciente en la economía política. Tuvo que concordar con Jruschov, quien le dijo en Viena: "el continuo proceso revolucionario en varios países es el statu quo, y quienquiera que trate de detener ese proceso no solamente está alterando el statu quo, sino que es un agresor".5 Entonces Kennedy subrayó "las condiciones chocantes y urgentes" y la necesidad de una "alianza para el progreso social". Para Truman era el mundo moderno el "que despertaba nuevas aspiraciones", y enfocaba la atención en "aligerar la carga de su pobreza". Kennedy creía que la mitad del mundo "vive encadenado por la miseria" con un sentido de injusticia "que alimenta la inquietud política y social". En la perspectiva de la Casa Blanca de 1960, la pobreza dejaba de ser un destino; se había convertido en un concepto operacional: el resultado de condiciones social y económicamente injustas, la falta de educación moderna, la persistencia de tecnología inadecuada y atrasada. La pobreza se veía ahora como una plaga, como algo que ameritaba terapia, un problema por resolver.
     En 1962, las Naciones Unidas empezaron a operacionalizar la pobreza. El secretario general se refería a "aquellos pueblos que viven debajo de un nivel mínimo aceptable". Daba crédito a dos nociones: la humanidad podía ahora ser dividida entre aquellos por encima y aquellos por debajo de un nivel medible; y se convocó entonces a una nueva clase de burocracia para establecer los criterios de lo que es aceptable y de lo que no lo es. El primer instrumento que se creó para establecer estos patrones fue llamado el producto nacional bruto (PNB). Este dispositivo, que fue usado por primera vez públicamente a fines de los años 40, es una sorprendente batidora de huevos mental que agrega todos los bienes y todos los servicios producidos por toda la gente y define la tortilla resultante como el valor bruto de una nación. Esta mescolanza nacional bruta extrae de la realidad aquellas características, y sólo aquellas, que los economistas pueden digerir. A fines de los 70 era obvio que, bajo la égida del desarrollo, la mayoría de la gente se empobrecía a medida que el PNB crecía.
     En 1973 el presidente del Banco Mundial declaraba que "el progreso medido con una única vara, el PNB, ha contribuido significativamente a exacerbar las desigualdades en la distribución del ingreso". Por esta razón, McNamara declaró que el objetivo central de las políticas de desarrollo debía ser el "ataque a la pobreza absoluta" que resultaba del crecimiento económico y que afectaba a "40% de los aproximadamente 2,000 millones de individuos que viven en las naciones en desarrollo". Según él, este efecto colateral del desarrollo es "tan extremo que degrada las vidas de los individuos por debajo de las normas mínimas de la decencia humana".6 Él estableció un grupo de asesores dentro del Banco Mundial que comenzó a traducir esas "normas de decencia humana" en medidas técnicas de necesidades específicas, descorporizadas, que podían expresarse en términos monetarios. La referencia a las "necesidades" se convirtió en el método por el cual, de allí en adelante, los científicos sociales y los burócratas podían distinguir entre el mero crecimiento y el verdadero desarrollo.
     En la medida que la pobreza había sido un sinónimo de la condición humana, se la entendió como un hecho omnipresente en el panorama social de toda cultura. En primer lugar y sobre todo, se refiere a las condiciones precarias en las que la mayoría de la población debe sobrevivir la mayor parte del tiempo. La pobreza era un concepto general para una interpretación cultural específica de la necesidad de vivir dentro de muy estrechos límites, definidos diferentemente para cada lugar y tiempo. Era el nombre para un estilo singular y ecológicamente sustentable de hacer frente a una necesidad históricamente dada, más que técnicamente construida: la "necesidad" de enfrentar lo inevitable, no una carencia. La pobreza, en la Europa cristiana por lo menos, era reconocida como el destino inevitable de quienes no tenían poder. Denota la situación ontológica de todos aquellos que "necesitan morir… pero no ahora". Ciertamente ni el poder, ni la riqueza, ni la pobreza estaban relacionadas con la productividad de los grupos o de la gente.
     Esta necesidad de aceptar la fatalidad, el destino, la providencia, la voluntad de Dios, había sido erosionada con la difusión de la Ilustración. En los comienzos del siglo XX, perdió mucho de su legitimidad a medida que el progreso vino a ser el nombre de la revuelta tecnológica y política contra todas las ideologías que reconocen el imperio de la necesidad. Ya en la época del vapor, el ingeniero había devenido el símbolo de la liberación, un Mesías que conduciría a la humanidad a conquistar la naturaleza. A comienzos del siglo XX, la sociedad misma había devenido el sujeto de la ingeniería manipuladora. Pero ésta era solamente la traducción social del progreso en el desarrollo profesionalmente guiado, que hizo de la rebelión contra la necesidad una infección programada. Nada muestra esto más claramente que la identificación de la caridad con el patrocinio técnico del progreso, como se refleja en las encíclicas sociales del papa Paulo VI. Este Papa era profundamente devoto de San Francisco de Asís, el esposo de la Virgen de la Pobreza. Y a pesar de ello, instruyó a sus fieles sobre el deber de incrementar la productividad y de asistir a otros en su desarrollo.

      
     Las naciones individuales deben levantar el nivel de la cantidad y la calidad de la producción para dar a la vida de todos sus ciudadanos una verdadera dignidad humana y dar asistencia al desarrollo común de la raza humana.7
      
     El desarrollo completo del individuo debe unirse al de la raza humana y debe ser logrado por esfuerzo mutuo.8
      
     En frases de esta clase los conductores religiosos de todas las denominaciones, matices y creencias políticas han dado su bendición a la revuelta contra la condición humana. Paulo VI es notable porque, en cierta manera, se adelantó a la izquierda. En esta encíclica el Papa, sin embargo, aún habla en el lenguaje de los años 50. Como para Truman, la pobreza para él representaba una clase de terreno común: una condición de la cual parte el progreso.

Hacia 1970 la pobreza en el lenguaje público había adquirido una nueva connotación: la de un umbral económico. Y esto cambió su naturaleza para los humanos modernos. La pobreza empezó a representar una medida de la carencia personal en términos de artículos "necesitados" y aún más en "servicios necesitados". Definiendo como pobres aquellos a quienes les falta lo que el dinero puede comprar para ellos, para hacerlos "completamente humanos", la pobreza, en la ciudad de Nueva York como en Etiopía, devino una medida abstracta universal de subconsumo.9 Aquellos que sobreviven a pesar del subconsumo indexado fueron de esta manera ubicados en una nueva categoría infrahumana, y percibidos como víctimas de una doble atadura. Su subsistencia de facto resultó casi inexplicable en la terminología económica, mientras que sus actividades de subsistencia reales llegaron a ser rotuladas como infrahumanas si no eran francamente vistas como inhumanas e indecentes.
     Los políticos incorporaron la línea de pobreza en sus plataformas y los economistas comenzaron a explorar el significado teórico de este umbral inelástico. En la teoría económica es impropio hablar de necesidades (económicas) debajo de un nivel de ingresos en que las demandas han llegado a ser sustancialmente inconmensurables. Gente que ha perdido su subsistencia fuera de la economía monetaria, y que bajo estas condiciones tiene sólo acceso ocasional y mínimo al dinero, carece de la capacidad de comportarse según la racionalidad económica; por ejemplo, no pueden permitirse intercambiar alimentos por abrigo, o por vestido o herramientas. No son miembros de la economía, ni son capaces de vivir, sentir y actuar como lo hacían antes de perder el apoyo de una economía moral de subsistencia. La nueva categoría de inválidos económicos así definida puede de hecho sobrevivir, pero no comparte plenamente las características del homo oeconomicus. Ellos existen —en todo el mundo— pero son marginales, no solamente con respecto a la economía nacional, sino en relación con la misma humanidad moderna, pues ésta, desde los tiempos de Mandeville, ha sido definida en términos de la capacidad de elegir bajo el supuesto de la escasez. A diferencia de sus antepasados, ellos tienen necesidades económicas urgentes, y, a diferencia de los legítimos participantes en la economía moderna —independientemente de cuán pobres sean—, se les niega cualquier elección entre satisfacciones alternativas, según se implica en el concepto de necesidad económica.
     No sorprende que las "características poblacionales" comenzaran a figurar en el cálculo del desarrollo. Las poblaciones cesaron de ser el objeto exógeno para el cual se podía planear el desarrollo. En vez de ello se convierten en cifras como las variables endógenas, al lado del capital y de los recursos naturales. Mientras, a comienzos de los años 50, el problema de los países en desarrollo era visto esencialmente como un problema de riqueza productiva, hacia el final de esa década se reconoció ampliamente que el factor crucial no era la producción, sino más bien la capacidad de producir que es inherente a la gente.10 La gente se convirtió así en ingrediente legítimo del crecimiento económico. Ya no era necesario distinguir desarrollo económico y social, puesto que el desarrollo —como distinto de un crecimiento del PNB— tenía que incluir automáticamente a ambos. Las personas insuficientemente calificadas o capitalizadas eran objeto de mención, cada vez más frecuente, como una carga o freno para el desarrollo. Este tercer paso evolutivo, que integra el factor humano en el cálculo del crecimiento económico, tiene una historia que arroja luz sobre la semántica de la palabra necesidades.
     A mediados de los años 50, los economistas, bajo la influencia de W. Arthur Lewis, habían comenzado a argumentar que ciertos componentes de los servicios médicos y educacionales no debían ser entendidos como consumo personal, porque eran requisitos necesarios del desarrollo económico.11 Las grandes diferencias en los resultados de políticas de desarrollo similares, en países con el mismo nivel de ingreso monetario, no podían explicarse sin prestar atención a las inversiones hechas en los seres humanos. La calidad y distribución del adiestramiento, bienestar físico, disciplina social y participación llegaron a ser llamados "el factor residual". Independientemente de las cantidades de capital y trabajo disponibles, el desarrollo económico pareció pender de estas calificaciones sociales de los pueblos en términos de su importancia para la economía. El progreso económico a mediados de los años 60 estaba condicionado por la capacidad de instilar, en grandes grupos profesionales, la necesidad de "calificaciones laborales". La educación, la salud pública, la información pública y la administración de personal fueron discutidos prominentemente como otros tantos sectores de la "planeación de la fuerza laboral". Líderes de los movimientos populares que promovían la "concientización", desde Trivandrum hasta Brasil, en efecto, sostenían la misma idea: hasta que la gente reconociera sus necesidades, no podía contribuir al crecimiento de las fuerzas productivas.
     La euforia no duró. Durante los años 70, dos observaciones empíricas cualificaban el concepto de capital humano12 que se había desarrollado en los años 60. De un lado, la hipótesis de que el valor de los servicios educacionales o médicos se refleja directamente en calificaciones laborales perdió mucho de su credibilidad. No se pudo encontrar ninguna prueba de que la inversión en escuelas o clínicas estaba conectada causalmente con la aparición de gente más productiva. Por otro lado, la teoría del valor trabajo perdió su significado aun en el sentido débil con que había entrado en la economía dominante. Se hizo obvio que, independientemente de las calificaciones laborales disponibles, el sector moderno no podría ser suficientemente intensivo en trabajo para proveer suficientes puestos que justificaran la redistribución del ingreso económicamente necesaria, implicada por el gasto del servicio social. Y ninguna estrategia de desarrollo orientada al empleo concebible pudo crear el trabajo pagado que emplearía el tercio menos beneficiado de la población en todas salvo las más excepcionales naciones en desarrollo. Como resultado, los planificadores, durante los años 80, transpusieron la melodía del desarrollo a una cuarta clave. Bajo diversas designaciones, emprendieron la colonización económica delsector informal. Que la gente que haya llegado a ser consciente de sus necesidades se valga por sí misma para satisfacerlas.
     Se puso un nuevo énfasis en los incentivos para actividades que mantendrían a la gente atareada en el mercado negro, en la economía de trueque o su automantenimiento en el "sector tradicional". Sobre todo, el trabajo oscuro llegó a ser cuantitativamente más importante, no sólo en la práctica sino también en la política. Por trabajo oscuro me refiero a la realización de actividades no pagadas, que en las sociedades de mercado intensivo son necesarias para transformar mercancías compradas en bienes consumibles. Finalmente, las actividades de autoayuda, que en 1960 pasaban como de segunda clase, pasaron a integrar un sector de crecimiento favorito de los planificadores y organizadores durante los años 80. Este es el contexto dentro del cual debe interpretarse la resurrección del discurso sobre las necesidades.
     Bajo la máscara de la compasión
     El desarrollo se puede visualizar como un proceso por el cual la gente es sacada de sus ámbitos de comunidad culturales tradicionales. En esta transición, los vínculos culturales son disueltos, aunque la cultura pueda continuar matizando el desarrollo de manera superficial —basta observar solamente las poblaciones rurales trasplantadas recientemente a las megaciudades del Tercer Mundo. El desarrollo puede ser imaginado como un golpe de viento que empuja a la gente fuera de su sitio, fuera de su espacio familiar y la ubica en una plataforma artificial, en una nueva estructura de vida. A fin de sobrevivir en esta base expuesta y elevada, la gente es compelida a alcanzar nuevos niveles mínimos de consumo, por ejemplo, en educación formal, en medidas de salud pública, en frecuencia en el uso del transporte y en alquiler de casa. El proceso global usualmente queda expresado en el lenguaje de la ingeniería: la creación de infraestructura, la construcción y coordinación de sistemas, diversas etapas del crecimiento, escaleras sociales. Aun el desarrollo rural es discutido en este lenguaje urbano.
     Bajo el gran peso de las nuevas estructuras, el cimiento cultural de la pobreza no puede permanecer intacto: se quiebra. La gente es forzada a vivir en una costra frágil, debajo de la cual acecha algo enteramente nuevo e inhumano. En la pobreza tradicional, la gente podía confiar en encontrar un colchón cultural. Y había siempre el nivel del suelo del cual depender, como ocupante ilegal o mendigo. De este lado de la sepultura nadie puede caer más abajo que el piso. El infierno era un verdadero pozo, pero era para aquellos que no habían compartido con el pobre en esta vida y deberían sufrirlo después de la muerte. Esto ya no vale. Los marginales modernizados no son mendigos ni holgazanes. Ellos han sido embaucados por las necesidades que les atribuye algún "alcahuete de la pobreza".13 Han caído por debajo de la línea de pobreza y cada año que pasa disminuyen sus probabilidades de volver a levantarse por encima de la línea para satisfacer las necesidades que ahora se atribuyen a sí mismos.
     El bienestar no es un colchón cultural. Es una mediación sin precedentes de recursos escasos mediante agentes que no solamente definen lo que es necesidad, y certifican dónde existe, sino que además supervisan de cerca su remedio —con la aprobación de los necesitados o sin ella. El seguro social no es la confianza en el soporte comunitario en caso de desastre. Más bien es una de las formas últimas de control político en una sociedad en que la protección contra riesgos futuros es valorada como mayor que la presente satisfacción o alegría. Las necesidades, discutidas como criterios para las estrategias de desarrollo, claramente no tienen nada que ver ni con las necesidades tradicionales ni con los deseos, como he sugerido anteriormente. Y, sin embargo, durante la segunda y la tercera "décadas del desarrollo", millones de personas han aprendido a experimentar su pobreza en términos de las necesidades operacionalizadas no satisfechas.
     Paradójicamente, "las necesidades" llegaron a ser el distintivo más potente a pesar del hecho de que, para el economista oficial, "la necesidad" es una palabra inexistente. La teoría económica no reconoce que existan cosas tales como las necesidades. Además, la economía puede insistir en que es útil sobre los deseos, preferencias y demandas. Pero "necesidad" es un imperativo moral, psicológico o físico que no tolera ninguna concesión ni ajuste —ni análisis (económico).
     La mayoría de los economistas hasta el día de hoy, se declaran incompetentes para incluir las necesidades en sus análisis y prefieren dejar su discusión a filósofos o políticos. Por otra parte, un número creciente de economistas, críticos de la teoría y la práctica del desarrollo convencionales, ponen en las "necesidades básicas" el fundamento de lo que llegó a ser "el nuevo orden económico".14 Ellos encuentran en las necesidades el término para los requerimientos no negociables, mutuamente inconmensurables, de la naturaleza humana. Basan fuertemente la teoría económica en la condición ontológica del ser humano. Alegan que, a menos que las necesidades básicas sean provistas por la economía, las preferencias económicas, las elecciones y los deseos simplemente no pueden ser efectivamente formulados. Su nuevo orden mundial se construye sobre las bases de una humanidad cuyas necesidades básicas han sido satisfechas gracias a una nueva clase de economía que reconoce su existencia.
     Pero antes de que el concepto de necesidades pueda ser incorporado en un argumento económico, debe ser definido y clasificado. Para esta empresa, la teoría de Abraham Maslow de una jerarquía de necesidades, en forma algo retrasada, llegó a ser muy influyente. En verdad, las necesidades de la seguridad física, el afecto, la estima y, últimamente, la autorrealización subyacen en la discusión más reciente como las categorías clave. A diferencia de los deseos que, desde Hobbes, son considerados como iguales entre sí —"desde que son simplemente lo que la gente desea"—, las necesidades son consistentemente discutidas como constituyendo una jerarquía que tiene una condición objetiva y normativa. Generalmente son mencionadas como realidades que esperan ser estudiadas desinteresadamente por los expertos en necesidades. Algunos de los nuevos economistas van tan lejos como para hacer de esta jerarquía de necesidades la piedra angular de una nueva ética. Por ejemplo, Erich Fromm creía que la "sociedad sana" es un arreglo que
      
     corresponde a las necesidades del hombre, no necesariamente a lo que él siente como sus necesidades (porque aun los propósitos más patológicos se pueden sentir subjetivamente como lo que una persona quiere más) sino a lo que sus necesidades son objetivamente, como puede comprobarse por el estudio del hombre.15
     Hasta ahora, el estudio crítico más completo del discurso de las necesidades y de sus implicaciones ha sido hecho por Marianne Gronemeyer.16 Ella arguye que las necesidades, en su sentido corriente, son una nueva manera de formular la hipótesis de la escasez universal. Siguiendo su argumento, resulta probable que la credibilidad pública de los supuestos económicos, que ya es vacilante, pueda sobrevivir solamente si una nueva economía se reconstruye sobre el supuesto de "necesidades básicas" definibles. Además, Gronemeyer muestra que las necesidades, definidas en términos de criterios ostensiblemente científicos, permiten una redefinición de la naturaleza humana de acuerdo con la conveniencia e intereses de los profesionales que administran y sirven esas necesidades. Una economía basada en carencias —sean de terapia, educación o transporte— lleva ahora, inevitablemente, a niveles intolerables de polarización. Por contraste, una economía basada en necesidades —incluyendo su identificación por expertos y su satisfacción bien administrada— puede proporcionar una legitimidad sin precedentes al uso de esta ciencia en el servicio del control social del hombre "necesitado".
     Las necesidades, como término y como idea, ocupan un lugar dentro de la topología mental contemporánea que no existía en la constelación de significados de épocas anteriores. Durante la Segunda Década del Desarrollo, la noción de necesidades comenzó a brillar como una supernova en el firmamento semántico. Como Gronemeyer ha argumentado, la insistencia sobre necesidades básicas ha definido ahora el fenómeno humano mismo como divisible —el discurso de las necesidades implica que uno puede devenir más o menos humano. Es una herramienta tan normativa y de doble filo como una droga poderosa. Al definir nuestra humanidad común por necesidades comunes, reducimos al individuo a un mero perfil de sus necesidades.
      
     De necesidades a requerimientos
     Así como la idea de progreso de la Ilustración preparó el terreno para lo que ciertamente ocurriría casi inevitablemente, la gestión del cambio social en nombre del desarrollo ha preparado el ambiente político para la redefinición de la condición humana en los términos de la cibernética —como un sistema abierto que optimiza el mantenimiento de la inmunidad provisional de los individuos reducidos a subsistemas. Y justamente como las necesidades devinieron un símbolo importante que permitió a los administradores proporcionar una fundamentación filantrópica a la destrucción de las culturas, en la misma forma ahora las necesidades están siendo reemplazadas por el nuevo emblema de los "requerimientos básicos" bajo el cual el nuevo objetivo de "supervivencia de la Tierra" puede justificarse.
     En los años 70, los expertos se presentaban a sí mismos como servidores que ayudaban a los pobres a tomar conciencia de sus verdaderas necesidades, como un Hermano Mayor que los ayudaba en la formulación de sus reclamos. Este sueño de corazones sangrantes y bienhechores de ojos azules puede ser hoy fácilmente descartado como el sinsentido de una época ya pasada. Las "necesidades", en un mundo mucho más interdependiente, complejo, contaminado y congestionado, no pueden ya ser identificadas y calificadas salvo mediante un intenso trabajo de equipo e investigación por especialistas en sistemas. Y en este nuevo mundo, el discurso de las necesidades llega a ser el dispositivo superior para reducir a la gente a unidades individuales con requerimientos de entrada.
     Cuando esto ocurre, el homo oeconomicus es rápidamente reconocido como un mito obsoleto —el planeta no puede darse el lujo de este desperdicio— y reemplazado por el homo systematicus. Las necesidades de esta última invención se transforman de carencias económicas en requerimientos sistémicos, siendo éstos determinados por una hegemonía profesional exclusivista que no tolera ninguna desviación. El hecho de que mucha gente hoy ya reconozca sus requerimientos sistémicos es evidencia principalmente del poder del prestigio profesional y de la pedagogía, y de la pérdida final de la autonomía personal. El proceso comenzó originalmente con la pérdida de los ámbitos de comunidad, que aparece ahora completa a medida que la gente es transformada en elementos abstractos de una estasis matemática. La última conceptualización de estos elementos abstractos ha sido alcanzada recientemente mediante la reinterpretación del hombre común, que es visto ahora como un sistema inmune frágil y que sólo funciona provisionalmente, siempre al borde de la catástrofe. La literatura de este desarrollo refleja con fidelidad el carácter esotérico de esta conceptualización. La condición del hombre postmoderno y su universo ha devenido, según este punto de vista, tan compleja que solamente los expertos más altamente especializados pueden oficiar como el sacerdocio capaz de comprender y definir las "necesidades" hoy.
     Así, el fenómeno humano no se define ya por lo que somos, lo que enfrentamos, lo que podemos tomar, lo que soñamos, ni siquiera por el mito moderno de que podemos producirnos a nosotros mismos a partir de la escasez, sino por la medida de lo que nos falta y, en consecuencia, necesitamos. Y esta medida, determinada por el enfoque de la teoría de sistemas, implica una concepción radicalmente nueva de la naturaleza y del derecho, y prescribe una política más preocupada por la provisión de requerimientos (necesidades) profesionalmente definidas para la supervivencia, que por los reclamos personales de libertad que fomentarían nuestra competencia autónoma.
     Estamos en el umbral de una aún inadvertida transición de una conciencia política basada en el progreso, el crecimiento y el desarrollo —enraizada en los sueños de la Ilustración— a otra conciencia todavía sin nombre, definida por controles que aseguran un "sistema sostenible" de satisfacción de necesidades. El desarrollo ha muerto, sí. Pero los expertos bien intencionados que propagan las necesidades están ahora muy ocupados reconceptualizando su descubrimiento y, en el proceso, redefiniendo nuevamente a la humanidad. El ciudadano está siendo definido como un cyborg. El antiguo individuo, quien como miembro de una "población" ha devenido "un caso", está siendo ahora modelado mediante la imagen de un sistema inmune, que se puede mantener funcionando provisionalmente si se le tiene en equilibrio mediante una administración adecuada.
     Hace 30 años, "las necesidades" eran uno entre una docena de conceptos, a partir de los cuales se moldeaba una visión global del mundo. El término, como "población", "desarrollo", "pobreza", o "planeación", pertenece a una categoría de palabras que considero son neologismos subrepticios —viejas palabras cuyo significado actual predominante es nuevo, mientras aquellos que las usan tienen la impresión de decir lo que siempre se ha dicho. Dentro del discurso del desarrollo, la palabra y el concepto de "necesidad" llegaron a ser crecientemente atractivos. Devino el término más apropiado para designar las relaciones morales entre extraños en un mundo soñado, construido de estados de bienestar. Tal mundo ha perdido credibilidad en la matriz de un nuevo mundo, ahora concebido como sistema. Cuando el término "necesidades" es utilizado ahora en este nuevo contexto, funciona como un eufemismo para la administración de ciudadanos que han sido reconceptualizados como subsistemas dentro de una población. –