Harry Potter y las reliquias de Europa

El narcisismo es uno de los problemas de la crisis económica europea: las propias dificultades eclipsan cualquier otro problema del planeta y frenan el impulso universal y democrático que siempre ha acompañado al proyecto europeo.
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Si las cosas fueran medianamente bien, los líderes europeos estarían reunidos, intentando sacar adelante un plan para paliar la brutal hambruna de Somalia: tres millones de personas en el cuerno de África, que están padeciendo una situación “desesperante”, según los responsables de la ONU. Estarían recaudando dinero, recogiendo alimentos, organizando convoyes, movilizando personas…

Pero como las cosas van rematadamente mal, los líderes europeos no tienen la cabeza para africanos pobres y se reúnen para intentar rescatar a Grecia, con una deuda que ya se ha demostrado imposible de saldar. Y, como por arte de magia, salvar al mismo tiempo Irlanda, a Portugal, a España, perdida en la demagogia electoral y poco dispuesta aún a las reformas de fondo, y a Italia, con unas cuentas públicas lamentables. Y también, si pueden, los líderes europeos intentarán salvar su imagen pública, tan deteriorada, ante una lamentable escasez de proyectos comunes.

El narcisismo es uno de los problemas de la crisis económica: nuestras dificultades, cuya magnitud escapa a menudo a lo comprensible, y no sólo por el lenguaje abstruso, lo ocupan todo, de la mañana a la noche, y eclipsan cualquier otro problema del planeta, por desolador que sea. La crisis nos hace menos universales, nos hace intelectualmente más pobres, nos hace más miserables y nos hace retroceder a la caverna, de la que luego resulta complicado salir.

La idea de un mundo guiado por tres premisas, libertad, igualdad, fraternidad, es difícil de llevar a la práctica, pese a su sencillez programática, pero ha sido, desde el siglo XVIII, la más interesante obsesión europea, que se contagió rápidamente a América, y más tarde a Asia y a África, y que se diluye estos días, que van siendo semanas, meses, años, como un azucarillo en un mar borrascoso. Que cada perro se rasque sus pulgas.

No surgen ideas tan admirables en la Europa de hoy, o quizá el ruido no me deje oírlas, y las viejas parecen no interesar a nadie, aunque no están gastadas ni mucho menos. Quizá no sea casualidad que el héroe europeo más popular sea un adolescente, Harry Potter, cuyo objetivo es acabar con un fantasma, que no se llama crisis sino Voldemort. Cuando consiga deshacerse de ese casi muerto, los líderes europeos deberían contratarle para que reanimara el sueño universal de Europa, que está en coma, cableado, con respiración asistida y en la unidad de cuidados intensivos.