Jacobo Zabludovsky, gran institución del periodismo mexicano

Una despedida al periodista y una larga conversación sucedida en 1972.
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Sobre su chamarra de deportista, al lado del cierre, lleva un escudo: 24 horas y unas condecoraciones militares.

–Éstas las compramos todos en la esquina (se ríe).

–¿Son mágicas?

–No… mágico sólo García Márquez.

–¿Significa que te burlas del militarismo?

–No me burlo de nada.

–¿Ni siquiera de ti mismo?

–No.

–¿Y ese reloj de ferrocarrilero en tu muñeca?

En realidad es menos grande que los relojes de los ferrocarrileros; es bonito, rojo, casi plano.

–Éste es para medir los cortes que vamos a meter en el noticiero.

Son las once de la mañana; todo el equipo prepara 24 horas. Trabajan 92 personas entre cablegrafistas, reporteros, técnicos, camarógrafos, mozos… Cuando entro, sale Graciela Leal de abrigo largo, pestañas muy largas; después entra una despampanante rubia, muy sonriente, muy amable y, sobre todo, muy sencilla -tirando hacia la modestia- porque no se ofende cuando le pregunto cuál es su nombre: Cristina Rubiales. Los que aparecen en la televisión  quieren que los reconozca uno en un abrir y cerrar de ojos. Luego entra un joven vestido de casimir verde oscuro: "Una petición, señor licenciado…". No oigo lo que murmura. A otro muchacho de suéter le dice: "Ponle música".

–¿Esto es un periódico, Jacobo?

–Es más que un periódico –dice orgullosamente Zabludovsky.

Lo llaman y se mueve entre los escritorios con habilidad de boy-scout. La puerta de su oficina permanece abierta: ninguna secretaria o cancerbero defiende su privacidad. Las fotos colgadas de los muros comprueban que Jacobo Zabludovsky ha ido evolucionando de viejo a joven: en sus primeros retratos, el pelo cortado a la Boston, el rostro solemne de anteojos redondos, muy tieso al lado de potentados y luminarias parece un intérprete o traductor cuya vida pende de un hilo; una palabra perdida, un traspiés al lado del presidente. Más tarde, se va relajando, se mueve aún discretamente, se deja crecer el pelo, un chino ondula sobre su frente. Opta por sonreír de oreja a oreja, una sonrisa que le cubre bien el rostro, y cuando no, la boca se le aniña, pachona. Hoy por hoy, Jacobo Zabludovsky se desenvuelve como una serpentina, con muchas horas de vuelo (y no es un decir: no en balde ha seguido tantos vuelos interespaciales), maneja a la gente como él quiere, conoce a su equipo, lo sabe llevar. En su oficina misma, Jacobo tiene en la mano el control de esta entrevista, apoyado en el alto respaldo que le dan sus fotos con Tito, con Gagarin, con Valentina Teréshkova muy peinada de salón, con el cubano Batista en la que Zabludovsky parece estudiante y Batista granadero, con García Márquez que le brinda un fortísimo abrazo y todo su afecto, con Salvador Dalí, Eugenio Yevtuchenko, José Luis Cuevas y David Alfaro Siqueiros.

–Yo los reconcilié, Elena, allí frente al Polifórum.

–Ay, ¿a poco de veras estaban peleados?

Zabludovsky en medio de Figueres y Echeverría, Zabludovsky con María Félix, Zabludovsky con Josephine Baker, Zabludovsky con Ben Gurión y, por fin, un bonito rostro cálido, natural: Sara.

–Es mi mujer.

–¡Qué bueno! Es la única que no tiene cara de creerse mucho.

Al lado de Sara, una carta de felicitación de Agustín Lara: "Merci beaucoup".

–Fue cursi hasta el último momento, ¿verdad?

El comentario parece no gustarle mucho a Zabludovsky. En cambio, se extiende frente a la foto de un viejo de hermosa cabeza: el científico Ari Sterenfeld.

–Sterenfeld previó el viaje a la Luna. Lo resolvió antes que nadie científicamente, y yo encontré en una librería de la calle de Bucareli su manual de Cómo ir a la Luna –comenta orgulloso.

Ahora, entra Rosa María Campos con suéter de cuello de tortuga bajo su cara redonda de muchachito bonito. Pero lo más bonito en ella es su voz, una voz alegre, fresca; le sale la voz de ese ladito del pecho, ondea, se cruza con otras y surge nueva, a pesar de tan trabajada, sobresale, gana. Las otras voces pajarean, otras más se diluyen amariposadas, la de Rosa María Campos se posa sobre las cosas, redonda, retozona y jugosa, a veces infinitamente dulce y sedante. La voz de Zabludovsky también es buena. Manda entre risas, ordena entre bromas, afirma mientras todos creen que anda preguntando; total, que cuando se acuerdan ya los interlocutores cayeron en un cuarto de vuelta y media, y no hay poder humano que los saque.

–Jacobo, como periodista siempre me he planteado algo que me duele. Sé que el periódico dura un día y al siguiente el papel se quiebra, amarillento; que también la televisión está condenada al olvido y que poner lo mejor de nosotros mismos en estas empresas es en cierta forma un desperdicio. ¿Nunca te  lo has planteado? Recuerdo a un periodista viejito de Novedades, Huacuja, que me dijo un mediodía: "Yo iba a escribir un libro, pero me agarró la rutina: el maquinazo y aquí estoy…".

–Nunca me he planteado ese problema porque esta profesión me llena tanto que no tengo tiempo de pensar en la trascendencia de mi trabajo ni en mi propia muerte. ¿Qué dejaré a mi muerte? No lo sé; ni siquiera me pongo a meditar en ello.

–¿Por qué te llena tanto tu profesión?

–Porque preparar un programa da hora y media diaria en la cadena de televisión más importante de América Latina es apasionante. Todos los días empieza uno de cero.

–Pero, ¿todos los días hay noticias?

–Sí, pero no se trata de llenar hora y media, sino de mantener un auditorio durante una hora y media.

–¿Y no hay programas que te salen como de relleno?

–No. Siempre nos sobran temas. Cuando empezamos con 24 horas pensamos que el problema iba a ser con qué llenar, y ahora nos encontramos con que siempre nos sobra material.

–Pero, ¿a poco es esto señal de excelencia?

–No, creemos (y cuando hablo en plural pienso siempre en Telesistema donde me formé e hice toda mi carrera) que podemos mejorar constantemente y todos los días cambiamos el formato: todos los días probamos a un nuevo joven que quiera formar parte de nuestro equipo.

–¿Un joven que tenga algo que decir?

–Sí, todos los jóvenes de ahora tienen algo que decir.

–Pero, ¿pensabas así en 1968? ¿Creíste en 1969 que los jóvenes tenían algo que decir?

–Sí…

–Los estudiantes no sólo creyeron que no estabas con ellos en 1968, sino que te declararon un enemigo declarado. ¿Es cierto?

–Antes de que yo dijera o dejara de decir algo, sacaron campañas contra mí y la campaña de "Prensa vendida" fue contra todos los periodistas. No hicieron excepción alguna.

–En tus noticieros y en tus actividades periodísticas, que siempre han sido de largo alcance, ¿no has contado siempre con el definido y definitivo apoyo del gobierno?

–No. Con López Mateos fui jefe de radio y televisión de la Presidencia, pero este puesto lo acepté con la condición de no dejar los noticieros de televisión y de radio que tenía.

–¿Y tú crees que un periodista resistiría un ofrecimiento de la Presidencia? ¿Crees que haya alguien capaz de rechazar un puesto?

–Sí, hay periodistas capaces de rechazar un puesto: José Pagés Llergo, Julio Scherer García, Alberto Peniche, tú… y hay otros. Pero antes de entrar como jefe de radio y televisión a la Presidencia, ya me dedicaba desde hace muchísimos años al periodismo. Antes trabajé en una estación de radio, la XEQK, en la cual daba yo la hora exacta. Esto fue en 1944; yo pasaba los anuncios y me pagaban $1.25 por hora. Luego entré en la Cadena Radio Continental.

–¿Por qué decidiste estudiar la carrera de Leyes?

–Me recibí, pero nunca pensé ejercer Leyes, porque no me interesaba ser abogado sino que pensé que la carrera podría servirme para el periodismo. Entré a la Facultad de Derecho en 1945 y me recibí muchos años después. En 1947, mientras estudiaba, fui subdirector de noticieros y luego, en 1950 en el canal 4 empecé a escribir un programa-noticiero de quince minutos, que conducía Guillermo Vela; se transmitía a las 7:30 de la mañana y duró más de cinco años. Desde entonces no he dejado de hacer noticieros diarios en televisión. También trabajé en El Redondel, en Novedades, en Ovaciones con Abel Quezada, en el que hacíamos una plana entre los dos. En Siempre! llevo trece años. Finalmente, en televisión hice Hoy día y luego 24 horas, que ya tiene más de un año; quince meses, para ser exactos.

–¿Por qué te fascina tanto el espacio? ¿Por qué hiciste con Miguel Alemán todos esos programas sobre lanzamientos?

–Fundamentalmente, porque siempre he tenido un espíritu que me lleva al descubrimiento, al porqué de todas las cosas y porque vi crecer desde el primer instante los lanzamientos.  Asistí al de Grison, en Cabo Cañaveral, que fue un brinco de pulga -según los propios cosmonautas-, un brinco para probar el cohete. Después, John Glenn fue el primer norteamericano en órbita. Miguel y yo entrevistamos a muchos cosmonautas rusos; fuimos a todos los lanzamientos en Cabo Cañaveral; finalmente, hicimos la transmisión de la llegada del hombre a la Luna. Esto me emocionó profundamente: poder estar con toda mi gente, reunida en mi casa, viendo llegar al hombre a la Luna. Julio Verne, que fue maravilloso en sus predicciones, previó que el cohete saldría de Florida, lo cual es extraordinario; lo que nunca imaginó, fue que todo el mundo iba a poder verlo simultáneamente, y me pareció espléndido el hecho de haber participado en la transmisión para nuestro país.

–Sin embargo, Jacobo, el lenguaje de los cosmonautas y el lenguaje en el cual se transmitió la llegada a la Luna, estaba muy por debajo de este gran suceso: mientras sucedía en el espacio un acontecimiento por demás fantástico, nosotros aquí nos debatíamos en medio de palabras por demás pedestres. ¿Qué dijeron los astronautas? "Gee whiz, this is beautiful! Gosh, I've never seen anything like this before!" Mientras tanto, Ken Smith -eso sí, con perfecto acento inglés- además de reportarse continuamente a Houston, nos daba la hora: "¡Señoras y señores, han pasado nueve horas con treinta y cinco minutos, cuarenta y tres segundos y dieciocho taquimecanógrafas!" y se le iban los ojos.

–Bueno, es que es muy difícil ponerse a la altura de un hecho que parte en dos la historia.

–Pero, insisto, ¿no se usó un lenguaje muy por debajo de los acontecimientos? No es que yo quiera que un locutor diga que hay que hincarse, llorar y desgarrarse las vestiduras, como lo preconizó uno que "cubrió" el eclipse (en el sentido  estricto de la palabra), pero sí que todos aprendiéramos a estar a la altura de las circunstancias. Dar, por ejemplo, datos técnicos exactos. Al primera pisada del hombre sobre la luna se volvió tan familiar, tan al alcance de todos, que uno se preguntaba si no estarían todos encerrados en un set de plástico en Houston, haciéndola de emoción, y todo el mundo embobado con tantos disfraces y mangueras.

–Mira, Elena, por lo que se refiere al locutor, lo único que yo te puedo decir es que es mi amigo.

–Y ser amigo, ¿no es decir la verdad?

–Se lo puedo decir en privado, pero no para que todo el mundo lo lea.

–Me sobreestimas, Jacobo. "Todo el mundo" ve la televisión, no lee el periódico. Oye, cambiando de tema, ¿nunca has tenido gente que rechace tu invitación a un programa?

–Sí, pero siempre es por circunstancias que tienen una explicación, no por rechazarlo. Al menos jamás me ha dicho "no" un invitado sin una razón congruente.

–Entonces, ¿la gente se muere porque la vean en la pantalla chica?

–No, nadie se muere por una aparición ante el público. Al contrario: incluso para mí cada programa es una angustia.

–¿Por qué?

–Porque la televisión es un instrumento magnífico y hay que estar a la altura no sólo del medio, sino del público porque en él siempre hay gente que sabe más que uno del tema.

–¿Y esa gente polemiza?

–Sí, a todos los niveles económicos y culturales.

–¿Hasta qué grado dejas que el público te contradiga o te dé lecciones?

–No hay límite. Siempre se aprende algo.

–¿Qué significa para un comentarista que continuamente estén rectificando lo que dice?

–Que la gente se interesa en lo que se dice.

–¿Cuántos espectadores tienes?

–Según las últimas estadísticas, catorce millones de mexicanos.

–¿Y cómo manejas tu simpatía?

–Mi simpatía no entra en mis cálculos de trabajo. Creo que un programa es bueno o malo porque depende de las noticias que se dan, no de la simpatía del hacedor del programa.

–¿Pero si el hacedor es un plomo?

–Hemos visto plomos que hacen programas muy buenos.

–¿Por qué no comentas las noticias que das?

–Porque son dos funciones distintas: una la del reportero y otra la del editorialista.

–¿Y por qué no tienes en tu equipo editorialistas o gente capaz de comentar una noticia?

–Sí los tenemos. Hugo Latorre Cabal, por ejemplo, nos ayuda mucho. Pero muchas veces el editorial en la televisión puede ser un gesto y ya.

–¿Una mueca?

–Lo que no puede hacerse es que el editorialista de un periódico lea su editorial, porque inmediatamente el público nos cambia de canal.

–¿No decías que entre el público hay gente más inteligente que tú?

–Sí, pero tampoco le gusta aburrirse.

–¿Te consideras objetivo?

–El noticiero es siempre subjetivo. Lo de la objetividad es un mito. Un fotógrafo no es objetivo porque hace su toma desde un determinado ángulo, la agranda, la recorta, según su antojo y su intención. En mi caso, también priva un criterio subjetivo desde que empiezo a dar las órdenes en la mañana. Veo lo que hay y, de acuerdo con mi criterio, le doy a una nota quince segundos o dos minutos. Incluso, la misma redacción de una nota influye de distintas manera, y hasta la entonación de la voz puede cambiar la fuerza de una noticia.

–¿Por qué a veces en tus programas pones cara de aburrido? ¿No consideras eso descortés con tus invitados?

–Es que, desgraciadamente, me aburro (ríe).

–A veces, por teléfono te siente uno irritado o impaciente…

–Así es. No sé fingir. Soy muy mal jugador de póquer: todos adivinan cuando tengo tercia o pachuca. Y en la televisión sucede lo mismo.

–Bueno, pero si tú no te diviertes, ¿se divertirán lo espectadores?

–Pues a lo mejor viendo mi cara de aburrido.

–¿Por qué se le da tanta importancia a lo chistoso, a lo gracioso, a que todos ostenten una gran sonrisa, venga o no al caso? ¿Crees que es una manera de atraer al público? Recuerdo que una vez me contaste que les habían dado a los comentaristas la orden de no emitir las noticias con rostros de asnos solemnes o como si fueran sepultureros, y desde ese instante comenzaron a anunciar: "Catástrofe aérea; mueren ochenta", con una sonrisa de beatitud, o: "Aún no reciben víveres los diez mil damnificados", entre risas coquetonas y sonrisitas golosas. De ahí nació que un amigo mío bautizara a la televisión "la caja idiota", apelativo muy divulgado en la actualidad.

–Bueno, es que nosotros nos propusimos en 24 horas ser un poco informales, porque antes los noticieros eran solemnes, rígidos y square, cuadrados, romos.

–¿Pesados como plomo?

–No tanto, pero sí eran solemnes y romos. Me parece que lo informal no está reñido con lo serio. Estos toques de humor han atraído a un público que antes no veía noticieros. Antes se consideraba que los noticieros eran para hombres; ahora nosotros hemos comprobado que además de nuestro auditorio masculino, el 36 por ciento del auditorio es de mujeres. Ha aumentado enormemente el público femenino.

–¿Por qué es tan noche tu programa?

–Porque el tiempo en televisión es muy caro y si lo hacemos antes, se duplica el precio.

–Pero, ¿no dicen que tú recibes carretonadas de oro?

–Si fuera cierto, no estaría yo aquí desde las siete de la mañana hasta la una del día siguiente, todos los días.

–¿No es un poco demagógico lo que dices?

Sonríe.

–Bueno, además me gusta estar aquí.

–¿Por qué me pediste que la entrevista fuera en mi casa o en tu oficina y no en tu casa?

–Porque prefiero mantener a la familia fuera de la luz de los reflectores. Creo que sería malo para ellos; tengo dos muchachos de 15 y 16 años y una niña de 7: Jorge, Abraham y Diana.

–¿A qué hora ves a tus hijos?

–Como siempre en la casa al mediodía y los llevo todos los días a la escuela; también paso por ellos para irnos a comer a la casa, salvo en circunstancias excepcionales; además, los sábados y domingos estamos todo el día juntos.

–Y el hecho de que todos te reconozcan en la calle y tengas que hacer cara amable y sonreír cuando te está llevando Pifas, ¿no ha cambiado la imagen que tienes de ti mismo?

–Bueno, yo creo que en todas la profesiones tienes que se amable o, por lo menos, cortés.  Pero esto no me cambia a mí por dentro.

–¿Envilece la televisión?

–Cualquier oficio puede envilecer…

–¿Pero no te han hecho un chorral de ofrecimientos de dinero?

–Sí, pero no gano más que mi sueldo y cada quien se va ubicando en su lugar; en todas las profesiones hay gente honesta y deshonesta.

–¿Te han hecho ofertas para cambiar de canal?

–Sí, pero aquí he pasado toda mi vida profesional y no va a ser el dinero el que me haga cambiar. Si alguien cambia de canal por dinero, le deseo que gane mucho; el tiempo se encargará de demostrarle que eso no es todo en la vida.

–Insisto, Jacobo, ¿tú no crees que la televisión vuelve a la gente petulante, llena de espuma, pedante, siempre en pose?

–Insisto en que no. Depende del carácter de cada quien.

–Pero, al parecer, en la televisión todos se sienten, en menos que canta un gallo, la mamá de Tarzán.

–En mi equipo no tengo a nadie así…

–¡Ay! ¿A poco?

–En la televisión sé de mucha gente a quien se le ha subido la fama, pero no te voy a dar los nombres.

–Finalmente, Jacobo, ¿te interesa el aspecto técnico de la televisión?

–¡Me apasiona! Nosotros estamos en el aire junto con 51 estaciones de televisión que se encadenan cada noche, además de la XEW en radio. Contamos con ocho cámaras que filman con sonido sincrónico, dos cámaras portátiles de video-tape, un laboratorio que revela en color en 45 minutos…

–¡Qué maravilla!

–Sí, pero es muy lenta; dentro de dos meses adquiriremos otra que revela en doce minutos. Tenemos una moviola alemana, una editora única en América Latina: corre la imagen y el sonido sincrónicamente a cualquier velocidad, pero ya es insuficiente y Telesistema va a adquirir otra. Estamos haciendo los trámites para contratar un satélite para nuestros reportajes intercontinentales. ¡Este es un aspecto de la televisión que pocas veces se comenta y que a mí me tiene fascinado!

–¿Y por qué no haces un programa sobre el aspecto técnico de la televisión: cómo funciona una moviola, cómo se revela en doce minutos una película?

–Pues sí, sería bueno…

–¿Percibiste la animosidad de muchos mexicanos a raíz de la información dada por Televisa acerca del movimiento estudiantil y su trágico final en Tlatelolco? ¿Sientes que bajó tu popularidad?

–Todos los medios y sobre todo los audio visuales fueron sometidos a una estricta vigilancia. Nosotros no fuimos la excepción.

(I972)

 

***

Jacobo Zabludovsky nació en la ciudad de México el 24 de mayo de 1928 en una vecindad de la calle Doctor Barragán. Fue el menor de tres hijos de una pareja de inmigrantes judío-polacos que llegaron a México huyendo de los horrores de la primera guerra.

Antes de su arribo, su padre era agente de libros en yiddish y recorrió gran parte de Rusia y Ucrania. Hablaba con familiaridad de Pushkin, Gogol, Tolstoi y Dostoievsky, de ahí el gusto de Jacobo por la lectura. En la Merced vendía telas. En la Merced también les enseñó a sus hijos Elena, Abraham y Jacobo a amar a México.

"En la Merced convivíamos libaneses, judíos, españoles y mexicanos de varias generaciones. Convivíamos sin darnos cuenta de que unos eran de una manera y otros de otra. En todo caso, alguien le decía a otro güero o flaco o chaparro, pero no había epítetos discriminatorios. Creo que ésa es una de la enseñanzas de haber vivido ahí. La otra, es la lucha por la vida".

De ahí su gran amor por las canciones, la creatividad y la persona de Agustín Lara. La pasión por los toros surge a través del maestro albañil, maestro Celis, quien lo llevaba todos los domingos a las corridas.

El niño risueño y carirredondo recordaba que en sus libros de texto Lenin y  Rosa Luxemburgo eran héroes. Con algunos compañeros hijos de refugiados españoles analizaba la guerra civil de 1936. Vivió siempre en un un ambiente abiertamente antifascista y antinazi. A los diez años, a raíz de la expropiación petrolera, Jacobo fue con sus compañeros a dejar monedas al Palacio de Bellas Artes. A los trece años, dedicaba sus fines de semana a trabajar como ayudante de corrector de galeras en El Nacional. En 1945, ingresó a la facultad de Derecho de la UNAM y se recibió en 1968 con la tesis “La libertad y la responsabilidad en la radio y la televisión mexicanas”. Enrique González Pedrero lo invitó a impartir el curso de técnicas de la información para radio, cine y televisión en la facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. En 1946 se inició formalmente en el periodismo como ayudante de redacción de noticieros de la Cadena Radio Continental, dirigida por Alfonso Sordo Noriega. Le enorgulleció muchísimo trabajar al lado de José Pagés Llergo en Siempre! Ingresó a la XEX en 1947 como Subjefe de Servicios Informativos. En 1950, apareció con sus grandes audífonos y sus gruesos lentes en Notimundo.

Conocí a Jacobo Zabludovsky en un viaje en tren: la inauguración del Ferrocarril Chihuahua al Pacifico en noviembre de 1961. Invitados por el entonces presidente Adolfo López Mateos acudieron empresarios, políticos, comentaristas, fotógrafos de prensa y tres mujeres periodistas. Personalmente le debo mi invitación a Rafael Galván. El recorrido culminaría en lo más alto de la Sierra Tarahumara cuando los mayordomos indígenas le entregarían el bastón de mando a López Mateos. Durante las primeras 24 horas, el viaje resultó versallesco –nos saludábamos con ceremonia siguiendo un íntimo protocolo giratorio– pero al regreso, escasearon los víveres, abundaron los vinos y se perdieron las buenas maneras. Los únicos tres que las conservamos fuimos Antonio Ruiz Galindo –harto de la compañía y hasta del paisaje sin embargo grandioso– Jacobo Zabludovsky que llevaba corbata negra y yo. Jacobo y yo reimos mucho de nuestra identidad polaca-mexicana y de los desfiguros de los empresarios y líderes obreros. Como eran muchas las horas que se metían al tren, Jacobo también me hizo una imitación exacta de cómo daban la noticia los reporteros que sonreían a grandes dientes al anunciar catástrofes y lloraban cuando había que reír gracias a su mecanismo descompuesto. Recuerdo que nos interrumpió Licio Lagos con un espectáculo como del Circo Atayde. Caminó tambaleándose por el pasillo y finalmente rodó como nuez, cuan chiquito era, para adelante y para atrás del carro. "¿Lo detenemos?" Jacobo lo levantó y lo llevó al baño de hombres. Corrían chistes como el de que a Rafael Galván le había tocado una litera alta y a Carlos Trouyet la baja y por lo tanto, por primera vez, el movimiento obrero estaba por encima del empresariado.

Años más tarde, las pocas veces que nos encontrábamos, Jacobo y yo recordamos entre risas la gran borrachera trenística de la época de López Mateos.

El 19 de enero de 1998 a las 23 horas, Jacobo Zabludovsky hizo su última aparición en 24 horas. Lo vi tristísimo el día de la muerte de Carlos Abedrop y sé que también le afectó mucho la de Gabriel García Márquez, su amigo. Hoy, 3 de julio de 2015, un día después de su muerte, es justo y necesario afirmar que nadie como él cubrió el terremoto de 1985 y ningún periodista le enseñó al mundo con tanta emoción e inteligencia la gran tragedia de México.

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