La fórmula de lo experimental

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(Sobre Versus, de Rodrigo García)

1. Rompa el hielo

Salen dos a escena con cuatro cajas de pizza. Dinamitar la cuarta pared y convertir por un momento a los actores en stand up comedians es una forma muy inteligente de provocar que el público firme su contrato de espectador. Contar un buen chiste o una historia graciosa es el estímulo perfecto ante las dificultades que lo experimental implica en ese pacto. Es importante que la broma esté diseñada para dar pie a algo más o se convertirá en un hecho aislado que tal vez funcione por sí mismo, pero no contribuirá con nuestra entrada a la nueva convención.

2. Aborde las grandes temáticas

En una pantalla al fondo del escenario, cada tanto, se proyectan diversos textos. Tal vez son una mezcla de la inspiración del autor, citas populares y entrevistas callejeras, por ejemplo: “mientras haya ejércitos habrá guerrilla”. Violencia, amor, religión, sexo y muerte son el cliché de todo contenido en las manifestaciones artísticas, aún así, llamarán la atención de cualquier auditorio promedio porque reflejan la cotidianidad y el entorno en que vivimos.

Ante tal empresa —la de lidiar con temas harto manoseados— no es recomendable trabajar desde el lugar común; puede resultar superficial o, peor, subestimar a un público capaz de hacer jerarquías entre los universos semánticos que se le presentan.

3. No tiene por qué pasar algo

Dos actrices devienen estrellas de rock para tocar en vivo batería y guitarra al terminar cada escena, algunas veces aparece un cantante flamenco. El estruendo que producen es el puente que une a un cuadro con otro. Una forma de confrontar nuestra ya clásica construcción de historias es producir una serie de escenas aisladas o darle seguimiento a una anécdota que aparentemente no trate de nada, como lo hemos visto bien solucionado en el teatro del absurdo de Samuel Beckett. Pero aunque el hecho dramático pueda omitirse completamente, en su invisibilidad debiera dejar algún rastro del que podamos asirnos.

4. Produzca impacto visual

Un tapete de libros. Un helado que se derrite con una secadora. Un sombrero lleno de recortes de periódico. Dos inflables verdes. Un conejo vivo dentro de un microondas. Una mesa de cirugía. Tres coronas fúnebres que forman la palabra “fin”. Recurrir a las estrategias de las artes plásticas contemporáneas puede cimentar un proyecto teatral íntegro. La Orestíada, dirigida por Talhaimer e Ivanov, de la compañía Volksbühne de Berlín, son ejemplo de una importación afortunada de la plástica en el teatro.

No involucrarse más allá de lo visual con dichas estrategias convertirá el escenario en el catálogo The 20th Century Art Book. Los recursos plásticos no serán otra cosa que una ocurrencia o un refrito injustificado del trabajo de otros artistas experimentales que han conseguido cimentar un discurso admirable.

5. La tecnología digital es sinónimo de actualidad

Vemos el rostro de una actriz proyectado —a través de una cámara— en la pantalla del fondo. Está comiendo carne tártara. Tal vez una de las tareas más complicadas de los nuevos directores es proponer espectáculos multimedia, aquellos en los que cada elemento se integra venturosamente con toda la propuesta. El peligro es que el recurso nos recuerde a ese rostro que se proyecta estéril en los televisores de una tienda departamental. Para asumir la problemática entre ficción y realidad, el despliegue tecnológico debiera extenderse más allá de la angosta geografía que dibujan la innovación, el ruido y el regodeo mediático.

6. ¿Artista incomprendido?

Una actriz pronuncia un larguísimo monólogo, un actor repite el mismo parlamento casi al final: “Me habías prometido otra cosa, me matáis con esta historia […] Si tengo que hacer esto lo voy a hacer a mi manera […] Porque putadas como estas que te gastas, a ver quién te las aguanta […] Es la putada más grande que me has hecho en la vida.” Es cierto que las manifestaciones artísticas contemporáneas parecieran dirigirse a un público enterado; el contexto en que se producen puede ser tan específico o íntimo que resulta imprescindible investigar la trayectoria del autor para que sea posible el entendimiento. Uno de los problemas más recurrentes es que, ante lo experimental, el espectador casi siempre termina rompiendo el contrato de comunicación. Para evitarlo, a veces es necesario suprimir o sacrificar algunas obstinaciones autorales, sin mermar la idea original ni hacer cómoda o digerida la propuesta.

7. El sueño de la razón produce monstruos

Una de las características más importantes de lo experimental es que nace como una iniciativa distanciada de la institución que termina por ceder ante ella. Tal es el caso de Versus, creada como encomienda para las conmemoraciones del bicentenario de la guerra de Independencia española de 1808 y presentada el fin de semana pasado en el Teatro de la Ciudad como parte de los festejos del bicentenario mexicano. El reconocido director, performer y videoasta argentino, Rodrigo García, se inspiró en Los Caprichos de Goya para preguntarse sobre la posibilidad de convivencia pacífica entre los hombres. Al parecer, su salida a esa pregunta es la relatividad: un teatro multidinámico, multiinconexo, multimonologado y multiabigarrado, que resulta en una respuesta demasiado literal. Estoy de acuerdo en que no hay nada que festejar, estoy de acuerdo con el desencanto, con que el arte no tiene por qué ser fácil y tal vez la confusión, para reflejar la inestabilidad en la que vivimos, sea una imagen acertada; pero la ambigüedad y el desconcierto debieran suceder solamente en el objeto artístico y no en su construcción; es decir, en la pieza y no en sus costuras.

La ventaja de usar uno o algunos de los elementos de la fórmula de lo experimental es que la obra puede brillar y proponer algo, puede quedarse en la memoria del espectador como otra perspectiva a las preguntas de siempre, tal vez como una nueva pregunta. Pero engolosinarse con toda la fórmula en un sólo proyecto es, inevitablemente, arbitrario y caprichoso. Y un capricho también me parece una interpretación demasiado literal de los grabados satíricos con los que Goya hizo un reflejo impactante de la sociedad española de su época.

– Verónica Gerber