La Musa de los Cuentistas

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Cuadro de Paul Emil Jacobs: Scheherezade, 1840

En mi niñez vi en alguna matinée de cine una película en chillón “technicolor”, Arabian Nigths, de 1942, que era un fiasco con su Arabia de escayola y lentejuelas, sus danzantes tránsfugas del strip-tease, sus paisajes de back-lot de la Universal Pictures y sus figurantes alquilados a tantos dólares la hora y apresuradamente arabizados por turbantes y albornoces, pero que tenía una protagonista fascinante con el oval rostro, los ojos oscuros, las rítmicas caderas de la dominicana María Montez y el sedoso y ondulante nombre de Sheherezada y contaba las historias de Alí Babá, de Simbad, de Aladino, de… Y esa hollywoodense Sheherezada, de la cual por supuesto me enamoré, me llevó a leer el libro de Las mil y una noches (es decir: el Hikayät-alf-laila-wa-laila) en una traducción española y demasiado “maja” de Cansinos Assens.

Años más tarde, en la adolescencia, volví a leer, completa y en el francés original, la versión de Galland del vasto cuentario; versión de la que dice Borges que es “la peor escrita de todas, la más embustera y la más débil, pero fue la mejor leída” y partir de la cual se originaría la moda del orientalismo en Europa y Sheherezada se convertiría en la madre emblemática de los narradores, en la mítica musa del arte del cuento. A ese río de relatos, que parece venir del infinito e ir al infinito poblando con paraísos e infiernos un desierto de infinitos horizontes, se me ocurrió sobretitularlo El libro de Sheherezada, pues la muchacha del verbo inagotable, además de ser su más presente personaje, es la central voz tejedora de un plural y laberíntico tejido narrativo.

¿Existió Sheherezada? Quién sabe, pero el libro algo dice de su aparición desde la Leyenda, ese mundo paralelo y complementario de la Historia. Y la Leyenda contaba que Shariar, sultán de Bagdad, habiendo descubierto a su primera esposa copulando con un empleado menor del palacio, castiga a ambos de un modo que resulta atroz aun en la pudorosa prosa de Galland (“El desdichado príncipe sacó el alfanje, se acercó al lecho y de un tajo hizo pasar a los amantes del sueño a la muerte, y luego uno tras otro los tiró por la ventana al foso que rodeaba al palacio”), y que desde entonces, para vengarse de todo el género femenino, el refinado energúmeno emprendió su venganza sin fin desposando y desvirgando cada noche a una doncella para darle muerte cada mañana; pero que un día se casó con la hija de su gran visir, y… ya tenemos en pie a Sheherezada. Muchacha tan hermosa como culta, inteligente e ingeniosa, decidida a acabar con los asesinatos de sus congéneres, Sheherezada desde su noche de bodas comienza a contarle al uxoricida serial un cuento que interrumpe a la siguiente noche, en la que otra vez iniciará otro cuento para concluirlo en la próxima, y… así sucesivamente. De este modo logrará no sólo ser la esposa duradera de Shariar y darle hijos a los que educará como correctos príncipes sin veleidades asesinas, sino además ser la oral autora de un libro que atravesará los siglos con su deslumbrante mezcla de fantasía y realismo.

Uno de los misterios que aureolan a la decente señorita hija del gran visir es cómo pudo conocer tantas historias que suponen una gran experiencia de la vida y un inverosímil trato con gente ruda, aventurera y aun de mal vivir. Pero lo cierto es que nunca ha habido cuentista menos gratuito que Sherezada: para ella contar cuentos es, en principio y en sentido estricto, asunto de vital necesidad: el motivo primordial es evitar el degüello a que la destinaba el flamante esposo. Y además de una brava heroína y redentora del pueblo (pues desea casarse con el sultán porque “tengo el designio —dice— de parar el curso de la barbarie que ejerce sobre las familias de esta ciudad”), la narradora genial, la Madre de los Narradores, es la precursora de los novelas por entregas, de las películas de episodios, de las telenovelas seriales y del cine de suspense a lo Hitchcock; y esto no es una deducción caprichosa: en la primera versión impresa de Las mil y una noches, la de Antoine Galland, ya se da el sentido del suspense, aunque sin la e final de la grafía inglesa: “La sultane Scheherezade, en continuant de tenir en suspens le sultan…” (es decir: “manteniendo en expectación al sultán”).

Así, la muchacha para salvar su vida emite cuentos, y éstos se multiplican gracias a personajes que a su vez emiten otros cuentos. La central voz narradora crea historias que se ramifican en historias, dibuja destinos que colectan destinos, y la ficción aparece entonces como el reverso del tapiz de la realidad. Contando, interrumpiendo y continuando la ficción de una noche en otra para evitar el zumbido del alfanje sobre su cuello, la muchacha repite el truco de Penélope (que tejía y destejía y retejía en la tela las figuras de una escena para escapar a los requerimientos de sus cortejadores) y va así modificando la cruel realidad impuesta por el sultán. Al emitir esos cuentos uno tras otro, unos dentro de otros, partiéndolos en la bisagra de entre día y noche, va inscribiendo a la ciudad, a las mil noches y una, al sultán, a ella misma y a innumerables otros personajes en el cuento global y plural dictado por su voz.

Ejerciendo lo que Ernest Hemingway llamaba “gracia bajo presión” (y no era poca presión: ¡la de la muerte al amanecer de la noche nupcial!), la graciosa y astuta hija del gran visir, la muchacha genial, armada sólo con su fantasía y su arte de la palabra, domina el fluir del tiempo, justifica y glorifica el desvelo, vence a la muerte y se erige en la verdadera protagonista de ese gran cuento de cuentos que en justicia debiera titularse El libro de Sheherezada.

(Publicado en Milenio, domingo 30 de noviembre de 2008)