La posibilidad de un jardín

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Inacabadas, abiertas, en proceso: las obras de Abraham Cruzvillegas (ciudad de México, 1968) exponen la precaria ecología que define a la escultura contemporánea. Nacido en la colonia Ajusco, hijo de migrantes rurales quienes, buscando mejores oportunidades de vida, decidieron en los años sesenta construir, junto a decenas de otros pioneros, una colonia entre las tierras volcánicas del Pedregal de Coyoacán, Cruzvillegas ha visto en el proceso de autoconstrucción de su colonia una alegoría de un arte que busca escapar de la lógica capitalista de consumo. Como la colonia de su infancia, sus obras se alimentan de su medioambiente, reciclando todo el material que el artista encuentra a la mano. Empty lot (“Lote baldío”), su más reciente obra, instalada en la famosa Sala de las Turbinas del Tate Modern de Londres y comisionada por la Hyundai Foundation, lleva maravillosamente esta intuición al límite, al proponer que todo paisaje no es, a fin de cuentas, sino un bricolaje de otros paisajes, otras historias y otras semillas. Si hay obra, parece sugerir Cruzvillegas, es aquella que surge de la interacción entre la escultura y su medioambiente.

Doscientas cuarenta parcelas triangulares de madera, geométricamente ubicadas sobre dos enormes plataformas sostenidas por andamios, conforman Empty lot. Cada parcela ha sido, a su vez, provista con tierra proveniente de 35 distintas localidades de Londres. Ninguna semilla ha sido sembrada. Si algo germina, será gracias a la inter- acción de la tierra con la ecología del museo. A lo largo del perímetro de la estructura, dispuestas con aguda precisión, más de treinta lámparas modernas se encargan de iluminar la posibilidad de un jardín. Con la esperanza puesta en los pequeños retoños que milagrosamente comienzan a germinar, el espectador se entrega a la imagen que tiene por delante. A primera vista, la disposición de las parcelas parecería emular la abstracción geométrica de los cuadros del suprematismo ruso o de Kandinski. En una segunda mirada, sin embargo, el espectador comprende que lo que bien podría ser una alusión a los triángulos del ruso El Lisitski es a su vez una sutil referencia al antiguo sistema de chinampas mediante el cual los pueblos mesoamericanos desarrollaron su complejo sistema agrícola. Este paradójico vaivén entre la abstracción moderna y el pasado mesoamericano define la instalación de Cruzvillegas y nos regala una potente intuición: jugando con la relación que establece el concepto de cultura con aquel de cultivo y sus resonancias agrícolas, el artista parece sugerir que toda cultura es en sí el producto híbrido de una multiplicidad de posibles cultivos, trasplantados y heterogéneos. La posibilidad, siempre latente, de que en los próximos cinco meses florezca un jardín en pleno museo, dependerá de la extraña ecología que produzcan las más de dos millones de visitas que durante los próximos meses recibirá el museo. Azar, esperanza y precariedad: con Empty lot Cruzvillegas valientemente pone en escena, a modo de apuesta total, los fundamentos que han regido, por las pasadas dos décadas, su original propuesta artística.

La ocasión no pedía menos: con esta instalación, Cruzvillegas se convierte –después de la colombiana Doris Salcedo– en el segundo artista latinoamericano en afrontar el reto de adornar el atrio principal del Tate Modern, el museo moderno más famoso de Londres. Se une asimismo al selecto grupo de artistas internacionales cuyas obras se han instalado sobre este prestigioso espacio, como Louise Bourgeois, Anish Kapoor, Olafur Eliasson y Bruce Nauman, entre otros. Parecería que ni los distinguidos nombres ni el prestigio del lugar han hecho temblar a Cruzvillegas, quien ha optado por permanecer fiel a su proyecto artístico y a la forma en la que en él se plantea la posibilidad de un arte de lo precario. Por los próximos cinco meses, los más de dos millones de visitantes que atravesarán la Sala de las Turbinas decidirán el futuro de esta instalación. Traerán consigo, desde Pekín o desde São Paulo, desde Manchester o desde Barcelona, los gérmenes, las historias y las semillas que determinarán si algo germina en el terreno que el artista ha propuesto. Formarán parte de una instalación que imagina el arte como una labor comunal guiada por un principio de solidaridad. Que algo pueda germinar ahí donde nada ha sido sembrado, que un jardín pueda florecer en pleno museo, nos da a entender que hay muchas formas de imaginar el arte más allá del modelo tradicional de producción y consumo. El arte, ha afirmado Cruzvillegas en otra ocasión, es la expresión del flujo alegre de la energía. Empty lot busca nutrirse de esa energía y efectuar un milagro: ver nacer sobre el terreno baldío y aséptico de un museo moderno la posibilidad de un jardín. Nosotros, mientras tanto, esperaremos con ansiedad y esperanza, a sabiendas de que el verdadero milagro ya está en marcha. ~

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