La thing of beauty as joy forever de Alberto Vargas

De entre todas las pinups quizá ninguna tan famosa como la Vargas Girl.
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Una canción de los comienzos del cine sonoro hollywoodense, “Glorifying the American Girl”, gangoseada por el cómico Eddie Cantor de excesivos ojos giratorios, pareciera haber sido el lema de Alberto Vargas y otros artistas populares como Earle Bergey, Roy Best, Enoch Bolles, Henry Clive y Billy de Vors, que entronizaron a la muchacha estadunidense en íconos emblemáticos de la que años después sería llamada la cultura pop. De todas esas pin-up girls —las imágenes de mujeres ligeras de ropa y rara vez desnudas que a partir de la segunda guerra mundial eran principalmente clavadas (¡las imágenes, no las girls mismas!) con alfileres o tachuelas en las paredes de los cuartos de soltero—, ninguna tuvo tanta presencia mundial como la Vargas Girl, aquella innumerable hija icónica del peruano Alberto Vargas (nacido Joaquín Alberto Vargas y Chávez en Arequipa en 1896 y fallecido en Nueva York en 1982).

En el prologo del álbum Vargas/ 20s – 50s (ed. Benedikt Taschen, Berlín, 1990), la sobrina nieta del artista, Astrid Rossana Conte, registra el momento de un luminoso domingo veraniego y neoyorquino en que su tío, entonces veinteañero, vio aparecer, saliendo desde los templos hacia las calles y la luz, a ramilletes de rubias o morenas o pelirrojas muchachas generosas en altura, belleza y garbo, y predijo en casi hokusaiano modo:

—Llegaré a pintar una muchacha típicamente norteamericana y tan bella y perfecta que al verla, aunque no esté firmada, todos exclamarán: ¡Es una Vargas Girl!

Y Vargas fue gozosamente fiel a esa suerte de juramento. Hasta el fin de sus enamorados días y de sus cariciosas pinceladas dedicó su talento de affichista a realizar ese exclusivo ideal produciendo una innumerable serie de chicas americanas con casi un mismo prototipo de cuerpo pero con distintos rostros. No sólo desposó a una hermosa neoyorquina mucho más alta que él, la pelirroja y ojiazul Anna Mae Clift, quien fue una de sus frecuentes modelos (como garantía de que existía el prototipo: lo tenía en casa), sino que, agradecido, se nacionalizó norteamericano y casi exclusivamente pintó a mujeres estadounidenses de poderosas curvas y de sonrisas que son otras curvas. Así, la espectacular american girl, fabricada, reproducida, distribuida en proporciones planetarias, colonizó las miradas y los ensueños de millones de hombres y tal vez también de no pocas mujeres del ancho y vario mundo.

Inventando sus propios arquetipos o inspirándose en altas y esbeltas mujeres realmente existentes (desde las flappers y las Ziegfeld Girls y la Bessie Love de los años veinte, hasta Esther Williams y Ava Gardner y Cyd Charisse y Marilyn Monroe y decenas de desconocidas), el chaparro Vargas, de brillante cabello glostorizado, de bigotillo de latin lover, de elegancia de dandi inca, produjo con sus pinceles idolátricos y durante seis

 

décadas aquellos íconos que desde portadas de revistas, desde cromos de calendario, desde llameantes posters, poblaron los delirios eróticos masculinos de todo el mundo y particularmente los de los adolescentes (including me) fácilmente extasiables ante “objetos de deseo” en los cuales la curva era la línea recta hacia el placer… aunque por entonces sólo fuese en modo solitario.

El estrellato indudable de las pin-up girls, y particularmente de la de Vargas, tuvo su auge a partir de la Segunda Guerra Mundial, cuando las jefaturas del ejército y la marina de los Estados Unidos enviaban esos íconos en papel a los combatientes aliados suministrándoles así muy portatiles hadas madrinas cuyo único defecto era sólo ser de dos dimensiones. Un día, cuando el maduro, redondo e ilustre Winston Churchill pidió a Vargas que le autografiara una de sus pin-up girls, cientos de inglesas protestaron en el venerable Times contra lo que creyeron un antipatriótico desdén del entonces Ministro de la Guerra hacia muchas londinenses que, además de algunas tener también encantos, contribuían heroicamente a defender a la City bajo los bombardeos de la Luftwaffe.

Y ahora ¿dónde, en qué lugar fuera del mundo y del tiempo, el dandi inca Alberto Vargas continúa produciendo en serie y en variantes la fastuosa iconografía de las curvilíneas, las sonrientes, las inmarcesibles, las suspirables y acaso inmortales Vargas Girls?

 

(Una versión de este texto apareció publicada previamente en el periódico Milenio)

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