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La Unión Europea: ¿el enfermo de Europa?

La UE ha sido hasta hoy una historia de integración: el intento de arrastrar a cada vez más países hacia un modelo de democracia liberal, aunque chocara con el modelo político de su historia. Como se explica en este debate, la tarea ha salido razonablemente bien, pero en este momento Europa parece no saber por dónde proseguir su tarea.
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Déficit democrático, fatiga por la ampliación y aún más fondos de rescate: ¿existe todavía futuro para una Europa común? En una discusión publicada dentro de la serie de Eurozine  titulada “Europa habla con Europa”, prominentes intelectuales y analistas de la Europa occidental y oriental diagnostican las causas del actual malestar en la Unión Europea.

 

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THERESE KAUFMANN:Martin Simecka, en una ocasión dijiste que el momento político más importante para Eslovaquia no fue 1989, sino 1998, en referencia al momento en la historia política eslovaca en el que cayó el gobierno autoritario y nacionalista de Vladimir Meiar. También has dicho que este cambio político fue resultado del esfuerzo conjunto de muchos grupos distintos de la sociedad eslovaca: intelectuales ONG, medios, políticos y diplomáticos. ¿Qué es necesario para la transformación política? ¿Puede Europa aprender algo de la experiencia eslovaca?

MARTIN SIMECKA: A veces me siento más un experto en desintegración que en integración. Yo era parte del movimiento que provocó la desintegración del imperio comunista en 1989; después fui un testigo muy entristecido de la desintegración de Checoslovaquia en 1992; después de un acontecimiento mucho más feliz, la desintegración del régimen autoritario de Mečiar en 1998. Lo que he aprendido de todo esto es que todo se trata de ideas. El sistema comunista se vino abajo porque dejó de tener una idea de su propio futuro. Mečiar cayó porque la sociedad creía en ideas que eran más fuertes y más poderosas que las de su régimen. En 1998 no se trataba solo de deshacerse de Mečiar, era también cuestión de convertirse en parte de la Unión Europea. Había una visión para el país.

El problema actual de la UE tiene que ver con las ideas. La idea de la integración europea ha estado motivada por el pasado; por los horrores de la Segunda Guerra Mundial, por el Holocausto, por una larga historia de conflictos. Hoy, la idea de la UE está motivada por el futuro, pero en un mal sentido. Si anteriormente era el miedo a repetir el pasado lo que empujó hacia adelante la integración europea y aumentó la paz y la prosperidad, ahora las políticas europeas están motivadas por el miedo al futuro. Tenemos miedo a que aumente la inmigración, a las consecuencias de la crisis financiera. El futuro no es algo en lo que creamos, es algo a lo que tenemos miedo.

En 1990, cuando vi a los primeros nacionalistas desfilando por las calles de Bratislava, pidiendo una Eslovaquia independiente –fue solo pocos meses antes de la Revolución de Terciopelo– predije que Checoslovaquia se desmoronaría. Nadie me habría creído en ese momento. Se consideraba imposible que un país que había sobrevivido a cincuenta años de régimen comunista se partiera en dos. Pero lo imposible sucedió dos años después. Ahora tengo la misma sensación. El colapso de la UE es posible. Espero estar equivocado, pero las señales están ahí.

Como escritor, veo estas señales en el lenguaje y en la cultura del debate. A principios de los años noventa había un fiero debate en Checoslovaquia entre los que podrían ser llamados “nacionalistas” y “federalistas”, entre los que querían partir el país y los que no. Y fueron los primeros los que ganaron la batalla de ideas. Su idea era simple y poderosa: queremos nuestra propia nación, queremos vivir en nuestro propio Estado independiente. Los federalistas, por otro lado, eran descritos como defensores de algo artificial y burocrático, algo centralista y antidemocrático, y Praga era el símbolo de todo ello. Se les acusaba de haber perdido el contacto con la gente en las dos partes del país. De hecho, era imposible que los federalistas se defendieran, porque el lenguaje que se había desarrollado les convertía en los malos por defecto.

Hoy se oye exactamente el mismo argumento sobre Europa. Los euroescépticos describen Bruselas como un centro de poder antidemocrático y burocrático que no tiene legitimidad. Cuando hasta un medio declaradamente eurófilo como EUobserver adopta vocabulario estalinista para describir las instituciones de la UE, sabes que el estado de ánimo es malo. Se está utilizando la palabra “troika” para describir al trío de la Comisión europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional que ha prescrito conjuntamente las medidas de austeridad en Grecia y Portugal. Es difícil encontrar un término con más connotaciones negativas. Durante el terror estalinista, “troika” describía las tres personas del NKVD que detenían y ejecutaban a los ciudadanos sovéticos, un instrumento de represión política. ¡Esta palabra se utiliza ahora para representantes de las instituciones europeas!

Esto es solo un ejemplo de cómo se utiliza el lenguaje, de cómo se abusa de él, y contra eso no hay defensa. El presidente Václav Klaus, en Praga –siendo como es uno de los lugares más euroescépticos de Europa– responde a la llegada de los emigrantes tunecinos a Italia llamando a Schengen “una mala idea desde el principio”. El primer ministro Petr Nečas utiliza el término “Unión de la deuda” para describir la UE. Esas afirmaciones son tan simples que no se puede discutir con ellas. El lenguaje sigue y sigue, y los que defienden la idea europea tienen una tarea casi imposible.

 

Estás describiendo los debates sobre Europa que tienen lugar en Eslovaquia y la República Checa. Pero, ¿tenemos un debate europeo? Sin duda, lo que echamos de menos es una opinión pública europea común en la que pueda tener lugar ese debate. Sonja Puntscher-Riekman, ¿por qué es tan difícil crear una opinión pública transnacional?

SONJA PUNTSCHER-RIEKMAN:Sí hay una opinión pública europea. En toda Europa, en distintos idiomas, estamos discutiendo de lo mismo. Es posible que se con distintas connotaciones –el énfasis no es siempre el mismo–, pero se están discutiendo muchos temas. Con todo, tenemos que darnos cuenta de que existen distintas formas de discutir sobre Europa. Expresar lo mucho que amamos a Europa no es la única forma. De hecho, eso no es una discusión, eso es una declaración de amor. La democracia consiste en acomodar intereses en conflicto. Eso significa que discutimos, que tenemos conflictos constantes sobre una serie de asuntos. También sobre Europa.

Lo que caracterizó a la UE hasta el Tratado de Maastricht fue un proceso de integración que podría describirse como una serie de pequeños pasos. Fue también un proceso de integración llevado a cabo a puerta cerrada. Esta política de pequeños pasos es un problema. Los representantes de los Estados miembros de Europa no tienen, por lo general, ni idea de en qué debería consistir el futuro de la UE. Si tienen un concepto –y hubo ocasiones durante el proceso de integración en el que esas ideas florecían– no se atrevían a contársela a sus audiencias nacionales.

El título de esta conversación es “La UE: ¿el verdadero enfermo de  Europa?” A lo largo de la historia del proceso de integración, en Europa se han diagnosticado una serie de dolencias después de distintas crisis: pensemos en la política de silla vacía de Charles de Gaulle en 1965, o el debate sobre la Euroesclerosis de los años setenta y principios de los ochenta. La esclerosis es una enfermedad grave, ¿verdad? Sin embargo, en algún momento a alguien se le ocurrió una idea de cómo seguir adelante y acabar con el periodo de estancamiento. En los años ochenta fue la Comisión Delors la que lanzó una serie de proyectos que culminaron en el Tratado de Maastricht. Después de Maastricht se produjo un nuevo periodo de estancamiento en el proceso de integración. Maastricht, de hecho, había sido un enorme paso hacia adelante.

Después, a finales de los años noventa, con la inminente ampliación, se lanzó el debate constitucional. Volviendo a lo que Martin Simecka ha dicho sobre el lenguaje: de repente, la palabra “constitución” motivaba el debate. Una vez la Constitución fue rechazada por los franceses y los daneses, el término “constitución” tenía que desaparecer. En la cumbre de la UE de 2007 en Berlín, Angela Merkel culpó a esa palabra –constitución– del fracaso de los referéndums. De modo que la palabra desapareció, pero no el contenido del tratado. El Tratado de Lisboa contiene en realidad un 95% de lo que había en la Constitución.

 

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Esto ilustra que lo que estamos experimentando en Europa es, más que nada, que los gobiernos de los Estados miembros no se atreven a decir lo que en realidad hacen una vez entran en la arena de Bruselas. Cuando vuelven a casa, se presentan como héroes nacionales que una vez más han defendido los intereses del país. Pero nunca, jamás dicen que han contribuido a otra parte del mosaico que se está construyendo a nivel europeo. Esto es, naturalmente, nocivo para el proceso.

Hoy en día, muchas discusiones se centran en el hecho de que hay pagadores netos y beneficiarios netos en la UE, la llamada unión de transferencia. Para ser sincera, no hay manera de evitarlo: eso es el futuro de la UE. Con todo, eso no significa que no haya ideas sobre cómo salir de la crisis actual. ¡Pero hay que hacer cosas! No se trata de preguntarnos si somos europeos o no, si somos austriacos, búlgaros, alemanes o eslovacos. La identidad se forma mediante la acción, en la búsqueda, si no de la felicidad, al menos sí de cierta idea de Europa. Y esta idea tiene que ser institucionalizada. Si concurrimos en ese proceso, la identidad vendrá por añadidura.

 

Dices que muchos políticos no declaran ante su público nacional lo que han dicho y hecho en el Consejo. Pero si hubiera un público transnacional debatiendo esas cosas, ¿no se verían obligados a hacerlo? ¿No sería de ayuda?

PUNTSCHER-RIEKMAN: Sí, por supuesto eso sería de ayuda. De hecho, sería suficiente con que los medios nacionales, los periodistas nacionales, esperaran en el aeropuerto cuando sus ministros regresaran a casa y les preguntaran qué han hecho, por qué han decidido esto y no aquello, qué intereses han sido representados en esa decisión, y qué implica para Europa en su conjunto. Eso es lo que los periodistas hacen cuando escriben sobre política nacional. ¿Por qué no hacerlo también con la europea?

 

Claus Offe, en tu trabajo vinculas la cuestión de la democracia con una discusión sobre la justicia social y el estado del bienestar; por ejemplo, escribes sobre el concepto de ingresos básicos. ¿Por qué no se ha convertido en un tema de discusión europeo? En una reciente conferencia en el Instituto de Ciencias Humanas de Viena, hablaste de la responsabilidad social como noción clave de la modernidad. ¿De quién es responsabilidad curar al enfermo, la UE? Y ¿tiene el proceso de sanación algo que ver con los asuntos sociales?

CLAUS OFFE: En la situación actual, casi nadie pone énfasis en el modelo social europeo; toda la atención está dedicada a sobrevivir a la crisis, a impedir que las cosas se desmoronen. Pero la Agenda 2020 contiene muchas ideas nuevas e interesantes y no es tan ridículamente ambiciosa como era la Agenda de Lisboa.

Sin embargo, un concepto que sí se está utilizando de una manera defensiva e incluso obstruccionista es “subsidiariedad”, la política de no interferencia en los espacios de jurisdicción que les quedan a los Estados miembros. El proceso de integración negativa –“creación de mercado”– hace más difícil seguir políticas sociales, iniciar reformas, a un nivel nacional. El mercado común ha creado un “estado de competición” caracterizado por una rígida competición entre Estados miembros. Una de las formas que tienen los políticos nacionales para cobrar ventaja en esta competición es plantear políticas de austeridad, social y fiscal. Si un Estado miembro insiste en una tradición distinta –bismarckiana u otra– de organización de la sanidad, las pensiones, el mercado laboral y la pobreza, se arriesga a perder en ese “estado de competición”. Esta lógica de Europa como un mercado expandido hace que los ciudadanos la perciban como una entidad que de hecho socava la protección social y la seguridad socioeconómica.

Recientemente, tanto la Comisión como el Consejo de Europa introdujeron un nuevo concepto que tiene potencial para inspirar un acercamiento supranacional a cuestiones de justicia social y redistribución: “responsabilidad social compartida”. No sé si este concepto triunfará, pero al menos ha sido arrojado sobre la mesa. El concepto me parece interesante, pero supongo que la mayoría de políticos europeos pensarán que en este momento hay cosas más importantes que atender. En cualquier caso, los asuntos de cohesión, integración, solidaridad y redistribución están destinados a permanecer en la agenda, incluida la redistribución entre Estados miembros, que actualmente se denuncia con el término “unión de transferencia”.

Me gusta pensar en Europa como una serie de obras de construcción en marcha. Son lugares en los que materiales sin tratar son sintetizados por arquitectos e ingenieros que saben cómo construir algo con esos materiales. Sabemos cuáles son, y dónde están, esas obras para la construcción de Europa, pero en ellas no pasa nada. Los ingenieros y los arquitectos o se han quedado en su casa o se han quedado sin ideas. O bien, simplemente, son incompetentes. Europa está llena de obras permanentes que hacen mucho ruido pero en las que poco o nada llega a construirse. No es sorprendente que Europa sea vista por muchos de sus ciudadanos –especialmente los más vulnerables y precarios– con miedo y suspicacia y no con confianza y esperanza.

Permitidme señalar tres de esas obras de construcción. La primera es evidente: el Este contra el Oeste, los viejos Estados miembros contra los nuevos Estados miembros (incluidos los futuros o potenciales Estados miembros). Diez de los doce nuevos estados miembros de la UE-27 son Estados postcomunistas, marcados por la experiencia histórica y política del socialismo de Estado. Los analistas han empezado a hablar sobre los rasgos específicos del capitalismo postcomunista y las democracias postcomunistas. Son términos reveladores, y van acompañados por descripciones como el capitalismo sin capitalistas, la democracia sin demócratas o europeos sin aspiraciones europeas. La ampliación por el este se basó en un error implícito. Los viejos Estados miembros europeos, la UE-15, tenían una sola ambición: asegurarse mediante control externo y disciplina de que “esa gente de ahí” se volviera “normal”, es decir, se convirtiera en democracias liberales y economías de mercado viables. Temerosos de los Mečiars de esos países, los Estados occidentales prometieron la entrada en la UE y esperaron que eso alentara a los Estados postcomunistas a “comportarse”. La prioridad era la normalización política.

Las expectativas al otro lado del derruido Telón de Acero eran muy distintas. Lo que la gente quería no era el estado de derecho y otros rasgos de la democracia liberal, sino la prosperidad y el acceso al mercado. Pero precisamente en este aspecto han tenido que hacer frente a una sucesión de decepciones. Las economías del este de Europa resultaron ser economías dependientes, y muchas de ellas –no solo Letonia– fueron severamente golpeadas por la crisis financiera. En algunos lugares, el PIB se encogió un 30% en un año. Se recortaron los sueldos. Todo esto ha provocado una enorme decepción económica.

Los viejos Estados miembros también experimentaron una serie de decepciones. Después de la adhesión, salieron a la superficie toda clase de fenómenos: el régimen de Mečiar, la nueva Constitución Húngara, movimientos populistas etnocéntricos en todas partes, etcétera. Se trata de fenómenos que no cuadran con la imagen de la democracia liberal. Y lo que es peor, se están extendiendo también en los viejos Estados miembros. Lo que caracteriza esta obra, pues, es la desconfianza mutua.

La segunda obra es la relación entre el norte y el sur: los países del centro contra los GIPS o PIGS (Grecia, Irlanda, Portugal y España). Europa parece hasta ahora incapaz de manejar la crisis del euro de una manera que sea efectiva y aceptable para los votantes nacionales de los Estados pobres y de los ricos al mismo tiempo. Los políticos quieren, ante todo, ser (re)elegidos –y no hay que culparles por ello, a eso se dedican– y si escuchas lo que dicen, un 90% de sus discursos públicos pertenecen a una de estas tres categorías. La primera es “evitar la culpa”; la segunda es “llevarse el mérito” o “reclamar el mérito”; y la tercera es “tomar posiciones”, es decir, tomar posiciones que saben que son populares. Pero si buscamos a líderes políticos que están creíblemente comprometidos con la integración europea –como medio indispensable para preservar logros como la paz internacional, la democracia liberal y la seguridad socioeconómica en la megaregión llamada Europa por medio de la cooperación, la supervisión y la corresponsabilidad– apenas encontramos a nadie que pueda ser ni remotamente comparado a Chuman o Monnet, Mitterrand o Kohl.

La tercera obra es la relación entre los Estados miembros y Bruselas: los Estados nación contra la Comisión. Aquí, vemos claras tendencias centrífugas. Asuntos que necesitan ser coordinados con urgencia a nivel europeo –ejemplos recientes son la crisis de refugiados, los espinosos asuntos de la armonización impositiva, la política fiscal o el presupuesto de la UE– no son tratados conjuntamente; la voluntad y la capacidad para cooperar, simplemente, no existen. Por el contrario, los políticos y los gobiernos nacionales explotan esos asuntos para ser reelegidos. Berlusconi en Roma, Sarkozy en París, Seehofer en Bavaria, Merkel en Berlín, todos ellos toman posiciones que saben que son populares, en este caso para mantener a los inmigrantes fuera y nunca pagar por los demás.

Esta es una fuerte tendencia política que no solo dificulta sino que revierte la integración europea. Lo sé, este no es un discurso muy alegre y el espectáculo no puede contemplarse con placer. ¡Es un desastre! Y el mayor desastre es que hay pocas ideas sobre cómo solucionarlo.

 

Esto nos lleva a la cuarta obra: ¿cómo se relaciona la UE con el resto del mundo? ¿Qué clase de idea de comunidad tiene la UE? ¿Y dónde están los límites de esa comunidad? ¿Qué está fuera de la UE? ¿Quién es el Otro?

Ivan Krastev, tú has escrito que “Europa ha perdido la confianza en sí misma, su energía y su esperanza de que el próximo siglo sea el ‘siglo europeo’. Desde Pekín a Washington –incluso en Bruselas– el Viejo Continente es generalmente considerado una fuerza geopolítica amortizada, un gran lugar en el que vivir pero un gran lugar en el que soñar […] La emergencia de un mundo más multipolar ha tenido consecuencias inesperadas también para la visión del mundo que tiene Europa.” También hablas de Europa como periférica, lo que me recuerda el concepto de Dipesh Chakrabarty de la “Europa provinciana”. Esto parece sugerir una perspectiva completamente distinta sobre Europa y el mundo.

IVAN KRASTEV:Los diferentes usos del concepto “enfermo de Europa” a lo largo de la historia tienen algo en común: desde la referencia del zar Nicolás al Imperio Otomano en el siglo XIX hasta los años ochenta, cuando fue utilizado para la Unión Soviética y sus satélites hasta hoy –Bulgaria siempre ha sido uno de ellos. Psicológicamente, es importante, y quiero recoger lo que Martin Simecka ha dicho antes. Una razón importante para las diferencias entre los europeos del este y del oeste, que se refleja en esta crisis, es que somos rehenes de distintas experiencias. Un búlgaro que tenía veinte o veinticinco años en 1989 asume que cualquier statu quoes inestable. En Bulgaria, se creía que el comunismo duraría para siempre, pero no lo hizo.

Parte de la estrategia en el debate actual sobre la crisis europea es trivializarla. Esto es tan cierto para el mundo financiero como para la política: ya no estamos luchando contra problemas, estamos tratando de prevenir el pánico.

 

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Se ha dicho que la UE está perdiendo su narración. Creo que los europeos nos hemos convertido en víctimas del modo en que contamos nuestras historias. La UE ha superado un buen número de crisis distintas, y estoy muy de acuerdo con Sonja Puntscher-Riekmann en ese aspecto. Hemos contado la historia de Europa como un proyecto que ha sido llevado a cabo. Cuando te pones a hablar de ese proyecto, surgen preguntas: ¿Y ahora qué? ¿Adónde irá a parar este proyecto? Y se trata de una pregunta muy difícil de contestar. Quizá la pregunta que deberíamos hacer es: ¿Qué crisis nos ayudará a dar un paso adelante y solucionar este problema o aquel?

Se trata de una paradoja que conocemos gracias a los países de las antiguas  Yugoslavia y Unión Soviética: aunque la generación más joven tiene una mentalidad mucho más europea que la anterior, está menos interesada en defender la UE. La da por hecho: defenderla no tiene sentido para ellos. La construcción de una identidad es una tarea difícil. La identidad se construye mediante una serie de experiencias traumáticas, las guerras y demás. Es difícil, si no imposible, construir una identidad solo por medio de instituciones.

Una respuesta a tu pregunta es que la UE ha interpretado mal las condiciones para su éxito. La UE ha sido muy crítica con el mundo unipolar americano. Pueden haber habido buenos argumentos morales para eso, pero el papel especial jugado por la UE durante los últimos quince años estaba en gran medida en el contexto de la hegemonía estadounidense. Ese era el contexto en el que la UE puso la política de seguridad entre paréntesis y desarrolló su “poder blando”. Así fue cuándo y cómo la UE formó su percepción de su propia identidad. Esto pertenece al pasado. En un mundo postamericano, la UE, en lugar de ser el mayor beneficiario, se está convirtiendo rápidamente en una de las principales víctimas. No solo en el plano económico, sino también en la política exterior.

Se puede advertir en el caso de Libia. Tres de los grandes Estados europeos deciden cómo responder por sí mismos a partir de la situación de su política doméstica. Nicolas Sarkozy decidió intervenir por su política doméstica. Angela Merkel decidió abstenerse en el Consejo de Seguridad por su política doméstica. Se trata de un momento histórico. Por primera vez tienes una situación en la que las élites de la política extranjera han perdido totalmente el control de la agenda de la política exterior. Desde este punto de vista, ¡la política exterior europea no existe!

La consecuencia es la marginación de Europa. Se trata de un proceso que en cierto sentido era inevitable. En términos económicos, Europa no va a tener el peso que tenía. Europa está sobrerrepresentada en todas las instituciones internacionales y eso tampoco durará mucho más. La verdad, es un tanto ridículo tener naciones europeas pequeñas o medianas amenazando con su veto mientras grandes países como Brasil o India no tienen representación.

Como consecuencia de todo esto, nuestra percepción de nuestro propio modelo ha cambiado. Hace cinco años, la gente inteligente podía decir que aunque Europa no fuera un gran poder militar, todavía representábamos el futuro del mundo. Somos postnacionales y postsoberanos; nuestro manera de hacer es la manera de hacer que se desarrollará naturalmente. Ahora hemos descubierto que lo que creíamos universal es en realidad excepcional. Por ejemplo, Europa es un lugar secular, pero ese secularismo no se extiende globalmente. Por el contrario. Lo mismo sucede con la soberanía: creíamos que en cuanto un país fuera democrático, también abrazaría la visión postmoderna de soberanía. Pero mirad a la India, un país democrático pero también muy soberanista.

De modo que nos enfrentamos a un mundo que esperábamos que siguiera nuestro camino pero no lo ha hecho. Esta es parte del problema al que nos enfrentamos.

Por lo que respecta a la ampliación, la comparación entre el 1989 en la Europa del Este y el 2011 en el mundo árabe es muy reveladora. 1989 abrió la imaginación democrática de Europa. Políticos y ciudadanos europeos por igual tenían la sensación de que se podía transformar el mundo que te rodeaba, que se podía hacer que los demás se volvieran como tú. 2011, en cambio, ha disparado la imaginación demográfica de Europa. Ahora Europa teme que los países del norte de África exijan que nos abramos a ellos. Lo único que vemos de esos países son inmigrantes. Ya no vemos oportunidades, vemos riesgos. ¡Es un cambio dramático! El miedo a la inmigración, este miedo demográfico, se ha convertido en un elemento vertebrador de la UE. Ya no hay proyecto, ni  idea sobre el futuro. Pensamos en el futuro en los mismos términos que las compañías de seguros: la cuestión es minimizar el riesgo. De ahí que los políticos más exitosos sean gestores de riesgos.

Estos miedos pueden en ocasiones ser irracionales, pero la gestión de los riesgos percibidos es todavía lo que cuenta. Tomemos el ejemplo de Alemania, un gran país con una esfera pública desarrollada y conocido por sus periódicos serios. En 48 horas, reaccionando a los terremotos en Japón, el país dio un giro de ciento ochenta grados en su política energética. No tengo nada en contra de ese giro, pero me preocupa la velocidad con la que tuvo lugar.

La manera de hacer política ha cambiado radicalmente, en el sentido de que ya no existe un Otro constituido al que vamos a transformar. El modo en que Europa se relaciona con sus vecinos consiste en decepcionarse. Fue fácil decepcionarse de Bulgaria en los noventa, como lo es estar decepcionado de Ucrania ahora. Pero cuando tienes confianza en ti mismo, la decepción es un reto; cuando tienes dudas sobre ti mismo, la decepción es una excusa. Por desgracia, el hecho de que los demás no te importen no significa que no vayan a crearte problemas. El nivel de interdependencia es tan elevado que no hay forma de impedirlo. Durante veinte años el centro se ha expandido hasta la periferia; Alemania, Francia y los demás Estados miembros centrales han estado dando una nueva forma a sus vecinos. Hoy, por primera vez, la periferia ha llegado al centro.

 

PUNTSCHER-RIEKMAN: No hay nada más difícil que afrontar los temores. A lo largo de la historia, los temores se han tratado de formas muy problemáticas. Sin embargo, estoy de acuerdo contigo: hay que tomarse los temores en serio. Cuando la gente tiene miedo de algo, la respuesta más común en los últimos ciento cincuenta años ha sido recurrir al Estado nación. No es solo un fenómeno europeo, pero en Europa esa respuesta tiene connotaciones muy negativas. El Estado nación es una construcción relativamente joven en la historia de Europa y el continente está lleno de Estados extremadamente jóvenes, como Alemania, Italia (que acaba de celebrar su ciento cincuenta aniversario), Eslovaquia… Pero nos comportamos como si estuvieran ahí desde hace un tiempo inmemorial. Es una idea que se le ha vendido a la gente con mucho éxito.

¿Cuál podría ser el modo de romper con ese patrón, de crear un relato europeo? Mi fórmula es esta: tenemos que construir una república democrática europea. El énfasis debería estar en la palabra república. Eso evitaría el paralelo clásico con la construcción nacional, que mucha gente mira con miedo: centralización, un superestado europeo. Si en vez de eso hablamos de república, que significa que la res publica debe concebirse y gestionarse en un nivel supranacional, utilizamos un lenguaje muy diferente.

Por eso también me he centrado antes en la Constitución Europea. Es la palabra que acompaña al término república. Paradójicamente, la constitucionalización de Europa sigue en marcha: en el terreno de la política monetaria, se produce un alto grado de centralización, y parece que lo aceptamos. En otras áreas, parece que somos mucho más críticos. ¿A qué viene esta esquizofrenia? Estoy profundamente convencida de que, si los políticos en el gobierno adoptaran un lenguaje nuevo, empezaran a hablar de una república europea y vendieran esa idea de forma convincente, entraríamos en una fase del debate totalmente nueva. No sé si funcionaría, pero deberíamos intentarlo.

 

SIMECKA: Sí y no. Antes he hablado de ideas, pero a veces lo que funciona de verdad es la acción y la práctica. Antes de que el rescate de Grecia y Portugal se impusiera en la agenda, Eslovaquia era un miembro muy feliz de la eurozona. Vivo en Eslovaquia y en la República Checa y puedo seguir los distintos debates nacionales sobre Europa. En Eslovaquia, adoptar el euro significaba, desde el principio, debatir no solo sobre la moneda sino sobre Europa en general. Era una Europa muy práctica, la percibías cada vez que ibas a hacer la compra. Sorprendentemente, los eslovacos eran muy aficionados a Europa: antes de la reciente crisis, más del 75% de los eslovacos tenían una opinión positiva de la UE. En cambio, los checos, que no tienen el euro, son muy escépticos: solo el 34% querría formar parte de la eurozona y, si hoy hubiera un referéndum para entrar en la UE, los checos no querrían unirse.

Eso me hace pensar que un trabajo práctico, institucional, puede crear una Europa sin ideas.

 

PUNTSCHER-RIEKMAN:¡Pero el dinero es una idea!

 

SIMECKA: Sí, y ahora el problema es la deuda.

 

KRASTEV:¡La falta de dinero no es una idea!

 

SIMECKA:He hablado de esto porque ahora tenemos un problema muy práctico, que consiste en cómo resolver una crisis que evolucionó desde una crisis financiera y económica a una política. Václav Klaus tiene razón en una cosa: los políticos no se atreven a decir la verdad. Si dijeran que tenemos que salvar el euro porque es un asunto de interés nacional, todo sería diferente. Pero no lo dicen. Y no pueden decirlo.

En cuanto a la cuestión de la decepción de los nuevos Estados miembros, todavía pienso que en Europa oriental hay cierta esperanza y expectativa de que Europa pueda evitar que un capitalismo de tipo mafioso y una corrupción del sistema se impongan en esos países, de que pueda salvarnos de nuestros errores de los últimos veinte años.

 

OFFE: Construir una república europea es una tarea muy exigente, quizá demasiado. Históricamente, las repúblicas –o, en general, los Estados nación– han alcanzado la existencia vinculadas a una idea de liberación, bien a través de la unificación, como en Alemania e Italia, bien a través de la separación de poderes imperiales, como en Grecia en la década de 1820. Los Estados miembros ya disfrutan de sus libertades, que están consagradas en sus constituciones nacionales. No existe un paralelo de ese espíritu en la Europa actual. Políticamente somos tan libres ahora como antes, aunque quizá no gocemos de la misma seguridad social y económica. Y sin duda la UE no puede llevarse el crédito de la liberación de Europa oriental con respecto al yugo soviético.

 

PUNTSCHER-RIEKMAN: Sí, tienes razón. Por supuesto, la liberación no sería similar a la de Grecia en la década de 1820 o de Europa oriental en 1989. En este caso, nos liberaríamos Del destino de ser marginales e irrelevantes en el mundo. Mi concepción del republicanismo no tiene que ver con la liberación de monarcas absolutos o tiranos imperiales, sino con la reinvención de la capacidad de actuar en un contexto global. Eso nunca lo conseguirán naciones pequeñas por sí solas, y tampoco las grandes.

Uno de los problemas de la obra de la construcción europea, por retomar la metáfora, es que el proceso de integración inicial en los años cincuenta, sesenta y setenta permitía el “rescate” del Estado nación soberano. A la sombra de esa integración, los Estados nación regresaron. Pero son solo apariencias. Eslovaquia nunca logrará que su voz se escuche en el FMI o la OMC. Así, nos habremos liberado del espejismo de considerarnos importantes. No lo somos –a menos que estemos unidos.

La UE no es el enfermo de Europa: los Estados miembros son los enfermos de Europa. La UE es lo que los miembros quieren que sea. La famosa frase de George Washington también es cierta con respecto a Europa: “Debemos seguir todos juntos o sin duda colgaremos todos por separado.” Es, claro, una forma distinta de colgar: no hay británicos que nos vayan a colgar del cuello, pero, si no nos unimos, estamos condenados a la marginación y la irrelevancia.

En cuanto a la demografía, el problema es que Europa no se declara un continente de inmigrantes, cuando lo es. De hecho, será necesaria mucha más inmigración para mantener una estructura demográfica que resulte sostenible en términos socioeconómicos. Reconocer eso ya representaría una visión de la inmigración diferente a la que tenemos en la actualidad: decir que la inmigración forma parte de la realidad y que la UE tendrá una política común sobre el  asunto, como otros países de inmigrantes, en vez de permitir que distintos Estados o regiones –Italia, Lampedusa o cualquier otro cuando se produce una crisis– intenten afrontar el asunto como puedan.

 

KRASTEV: Creo que no estamos siendo justos con los políticos. A diferencia de los intelectuales, tienen que enfrentarse a sus votantes regularmente. Hay que hacer algunas elecciones difíciles y no todas las cosas buenas van juntas. Voy a usar de nuevo el ejemplo de la inmigración. Muchas investigaciones muestran que existe una fuerte correlación positiva entre la homogeneidad étnica de una sociedad y el apoyo a la redistribución de la riqueza. En buena medida, la solidaridad se basa en la idea de una comunidad étnica. Aquí, dos de los principios más importantes de la izquierda chocan entre sí. Por una parte, está la solidaridad, que es más fácil de poner en práctica en un contexto nacional que en un contexto europeo. Por otra, históricamente la izquierda ha promovido la tolerancia y la apertura hacia el otro. No sabemos cómo afrontar eso y terminamos intentado criminalizar los miedos de la gente. No es una buena medida.

 

PUNTSCHER-RIEKMAN: No estoy muy segura de que la redistribución solo sea posible en una sociedad étnicamente homogénea. Nací en Italia y desde niña he oído que no deberíamos transferir la riqueza del norte al sur, perezoso y gobernado por la mafia. Es la misma canción que ahora se oye en Bélgica. La homogeneidad étnica no es una garantía para la solidaridad, y tampoco un requisito.

 

KRASTEV: En todo caso, el republicanismo es una idea muy atractiva y me siento inclinado a coincidir con vosotros en que habría Que abordar de ese modo la marginación de Europa. Pero es interesante ver cómo Europa formula su marginación en la actualidad: la trivializa. La marginación no es una guerra, con un momento en el que alguien te ataca y tienes que defenderte. Pierdes poder e influencia gradualmente, día a día.

En vez de afrontar la realidad, Europa hace de su debilidad una virtud, reformulando cada conflicto de seguridad como un problema de condiciones sociales o algo por el estilo. Si uno quiere recurrir al republicanismo como respuesta, debe reconocer los problemas reales. Los veintisiete Estados miembros deben hacerlo –al menos, al nivel de las élites. Pero se supone que Europa no tiene problemas. Estamos dedicados a la tarea de trivializar todo lo que le sucede a Europa. Ahora hay líderes políticos que dicen que el fin del euro es el fin de la UE, pero, si mañana dos o tres países fueran a abandonar la UE, el mensaje sería que no habría pasado nada: “Hemos decidido que en este momento probablemente es mejor…”

 

OFFE: Pueden distinguirse muy pocos tipos de ideas distintos en el debate actual sobre el futuro de Europa. El más modesto –que claramente no es operativo– es que no hay alternativa: no podemos retroceder, aunque nos estanquemos. Sí, podría crear problemas volver hacia atrás, pero eso no impedirá que alguien lo haga: no se puede excluir la posibilidad de regresión y desintegración. Basta con mirar la demolición danesa de la normativa Schengen.

El segundo argumento tiene que ver con la economía de escala: Europa necesita ser grande para ser un próspero actor global. Por tanto, debemos unir nuestros recursos, sean económicos o militares. La expansión de los mercados producirá una prosperidad y un crecimiento eternos, como afirmaba el informe Cecchini en 1988. Es lo que dice el argumento. Sin embargo, nada de eso es cierto. No hay razón para apoyar a Europa porque sea una máquina de crecimiento o un poder global, según la base de la economía de escala. Después de todo, esa máquina de crecimiento, en la medida en que opera, producirá ganadores y perdedores; y debilita más que refuerza la corresponsabilidad democrática.

Ni las teorías sobre la irreversibilidad ni las perspectivas de crecimiento económico son suficientes como base para  confiar en Europa y su sostenibilidad. Pero en la actualidad las élites europeas se contentan justamente con esos dos argumentos. No se les ocurre un tercero. Y, hay que admitirlo, no es fácil. Tu república europea, si te entiendo bien, sería algo que galvanizaría las pasiones y lealtades de gente que se considera perteneciente a una comunidad política transnacional. El problema es que eso no lo generan el crecimiento y la competición; lo genera una idea –y esa idea es precisamente lo que falta.

Si les preguntas a los europeos cuáles son las tensiones y conflictos de sus sociedades y les das tres alternativas –trabajo frente a capital; patronos frente a empleados; o inmigrantes frente a poblaciones indígenas–, la cantidad de gente que escoge la tercera alternativa es cinco veces más grande que la que elige las otras dos juntas. Esa es la percepción dominante de los conflictos sociales de hoy. Pero es irracional. Europa es un continente de inmigrantes, y le interesa serlo. Los controles restrictivos solo incrementan la inmigración irregular, en vez de dejar a la gente fuera. Frontex es, en general, un fraude, inventado para el consumo y el apaciguamiento público. Si quieres y puedes intentar entrar en Europa tres veces por sus fronteras exteriores, el porcentaje de éxito es del 98%.

Puedes entrar si quieres, pero en condiciones miserables que también son muy costosas para las sociedades de destino. Así que necesitamos encontrar una solución para eso. Y la única solución es el proceso largo y costoso de la integración (educativa, económica, política) de gente que, a pesar de todo, llega. Pero ningún político se atreve a decir esa verdad a sus electores, porque piensan que hacerlo aumentará el apoyo a los partidos populistas y xenófobos. En realidad, es exactamente al revés: al quedarse callados ante ese hecho sencillo de la vida europea, hacen que el apoyo a la derecha populista se vuelva más fuerte, ya que por razones de oportunismo electoral nadie se atreve a contradecirles vigorosamente.

Es una trampa muy peligrosa de la retórica europea. Si pudiéramos dar un pequeño paso adelante, sería ese: decirnos la verdad a nosotros mismos, decírsela a los votantes, a los Berlusconi de este mundo… Ante la general escasez de ideas, creo que esta es la mejor que se nos puede ocurrir.

 

SIMECKA: He empezado hablando de la deprimente falta de ideas, pero en realidad tengo una visión optimista. Quizá necesitamos una crisis aún más profunda que la que tenemos en este momento. Eso obligaría a los euroescépticos defensores del Estado nación a definir lo que de verdad quieren hacer con esos Estados nación. En Europa oriental, el Estado nación es sinónimo de corrupción y no es fácil defender esa  idea. Además, si algunos países fueran a abandonar la UE, ¿por qué no? Sería un experimento interesante y esos países tendrían mucho que demostrar.

Quizá los eurófilos padezcan una escasez de ideas, pero la de los euroescépticos es todavía mayor. Podría ser una batalla de ideas muy interesante: ¿cuál es la mayor carencia? ~

 

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Traducción de Daniel Gascón y Ramón González Férriz

Publicado originalmente en inglés en Eurozine (www.eurozine.com)

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