Juan García Ponce, Premio Rulfo

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El tono de la voz era lento, monocorde y sin embargo encerraba en su desprejuiciada apariencia juvenil una terrible carga de profundidad. La asepsia moral de un testigo que no juzgaba esa caída de valores, esos promiscuos intercambios de pareja, esa ciudad apenas latente, esa a veces sofocante mezcla de música, drogas y diálogos más propios de película francesa que de novela mexicana.
     El mundo que Juan García Ponce (1932) comenzó a trazar desde los años sesenta con Imagen primera, Figura de paja y La noche sólo parecía querer indagar en sus criaturas, con un sesgo que provenía de Cesare Pavese, y dejar de lado las preguntas ontológicas sobre el ser mexicano y prescindir de los murales épicos sobre la revolución y su ulterior coagulamiento institucional.
     Un apartamento, hombres y mujeres que se exploran en cuerpo y alma, y la a veces fatigada lucidez de quien se agotaba en tan humana caída y buscaba un testigo cómplice para reanimar la tensión. Éste podía ser un gato, un viaje, un libro o una obra de arte, que se iban deslizando, insidiosos, subrepticios, en los juegos terribles de los protagonistas, esclavos felices de sus fantasías.
     Éstas se nutrían de la inocencia incestuosa de un Robert Musil vislumbrando la isla del paraíso. Del exilio desde el cual el Virgilio de Broch mira la pérdida de su imperio. O los latigazos con que Marcel Proust intenta reanimar una sensualidad estragada. Pero mientras sucedían todas estas exploraciones de abismo Juan García Ponce participaba entusiasta en revistas como las que dirigía el inolvidable Jaime García Terrés (Universidad, Gaceta del Fondo de Cultura, Biblioteca de México), escribía sobre Vicente Rojo y Manuel Felguérez, sobre Paul Klee, era activo participante del diálogo latinoamericano con José Bianco o Marta Traba, y se convertía en el tranquilo y subversivo maestro que enseñaba a los jóvenes las aleatorias virtudes de fusionar teología con pornografía, vía Bataille, Nabokov o Klossowski, traduciendo de paso a algunos de ellos, más Marcuse o William Styron.
     Una esclerosis múltiple lo haría prisionero de su cuerpo pero no de su mente, desde la cual balbucía la madeja laberíntica de esas vastas ficciones que como Inmaculada o los placeres de la inocencia o Crónica de la intervención nos llevan a una permanente relectura. Nunca se agotan. Como el deseo, se abren y se cierran y aguardan a quien atrape su evasivo y siempre renacido sentido. Ya no los seres y sus torpes y frustrados enlaces sino la ficción misma iluminando esas vanas tentativas. Esa ruina que era ahora su mundo, esclarecido por esa tentativa imposible.
     Es natural entonces que ahora Juan García Ponce devore biografías y como en sus deleitables crónicas-reseñas de Letras Libres o Paréntesis nos ilustre y nos asombre con los logros y torpezas con que Faulkner o Balthus han sido tratados por sus siempre parciales o necios biógrafos. En realidad sólo él los conoce a fondo. Sólo él ha convivido con sus mundos, incorporándolos al caudal sanguíneo de sus libros. Sólo él tiene el pleno derecho a mirarlos cara a cara y proseguir el coloquio. Porque sólo él, no hay duda, es un creador y un libro. Aquel que en sus indirectas memorias de Pasado presente (1993) paradójicamente terminó por edificar una ciudad más sólida y perdurable que la mayor megalópolis del planeta. "Esta enorme y sucia ciudad a la que, por encima de todos sus cambios y sus evidentes defectos, amo tanto".
     Esa fidelidad apasionada sólo al fantasma de la escritura es quizás la que nos ha unido a todos los jurados del premio Juan Rulfo, en su XI entrega, para darle por unanimidad un galardón que como en el caso de Rulfo le permitirá seguir dialogando con vivos y muertos, honrando la sólida trayectoria de una recompensa lejana de los medios y los fastos mercantiles: Nicanor Parra, Juan José Arreola, Eliseo Diego, Julio Ramón Ribeyro, Nélida Piñón, Augusto Monterroso, Juan Marsé, Olga Orozco, Sergio Pitol, Juan Gelman. Allí estará Juan García Ponce en buena compañía. Su apasionada, tangencial, fructífera existencia podrá conversar con sus pares y citarles la frase de Georges Bataille que ya ha hecho suya: "Un poco más, un poco menos, todo hombre está atado a los relatos, a las novelas, que le revelan la verdad múltiple de la vida. Sólo esos relatos, leídos a veces con zozobra, lo sitúan ante el destino". –

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