La voz del espejo

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Si pudiera resumirse en un par de palabras lo que el retrato literario ha significado para la literatura francesa, podría decirse, con Fabienne Bradu, que es “la voz del espejo”, una imagen que al aparecer en lugar de nuestro rostro, no nos dice quiénes somos sino quién no somos, obligándonos a leer en otros nuestra identidad perdida, añorada o supuesta. Esos otros –o esa otredad, para usar la vieja y desgastada palabreja– es el mundo de la literatura: rostros, voces en el espejo. A la memoria nutricia que Bradu (París, 1954) recibió de la literatura francesa se ha agregado su elección, tomada hace muchos años, de ser una escritora mexicana, escribiendo (previsible y afortunadamente) en un español elegante, cerebral, enfático. Bradu ha cumplido con la obligación que ese cruce de caminos le imponía y ha publicado Breton en México (1995), Benjamin Péret y México (1998) y Artaud, todavía (FCE, 2008), expedientes sobre la pasión mexicana de tres de los grandes surrealistas. En La voz del espejo (UNAM/DGE Equilibrista, 2008), su nueva colección de ensayos, Bradu agrega una cuarta vida, quizá “minúscula”, la de Émilie Noulet, la crítica literaria y traductora belga que vino a México con el exilio republicano y que osó, sin ver coronado su propósito, publicar en francés la poesía de Alfonso Reyes.

Desde su primer libro (Señas particulares: escritora) hasta La voz del espejo, Bradu ha pintado y dibujado, escribiendo, un número notable de retratos. Imagino ( y habito, también, en mi medida de cómplice suyo desde hace veinte años) la obra de Bradu como un espacio desdoblado: el estudio–taller, privado, casi íntimo y la galería, abierta al mundo, sensible a la moda y a la vez tradicional, alcurniosa. En el primero de los espacios, Bradu, haciendo crítica literaria y psicología biográfica, nos ha mostrado cómo funcionó fatalmente la mente de Antonieta Rivas Mercado antes de matarse en Notre-Dame (en Antonieta, 1991), ha desgranado, sílaba tras sílaba, la poesía de Gonzalo Rojas (Otras sílabas sobre Gonzalo Rojas, 2002) o ha dejado testimonio de la manera en que un investigador literario fracasa al querer abrir el último sello de una vida ya cerrada a nuestra curiosidad, tal como ocurre en Artaud, todavía.

Eso en cuanto al taller. Ante la galería festejo la disposición mundana de Bradu. Ha visto mundo: Chile en varios tiempos, como lo prueba su ya legendaria amistad con el poeta Rojas (Las vergüenzas vitalicias. Diario de Chile, 1999) y el Oriente en dos novelas de viaje, a la Morand, El amante japonés (2002) y El esmalte del mundo (2006), sobre la India. Pero la mundanidad de Bradu va más allá de la avidez del turista (una característica que el moderno no comparte con nadie) y expresa su pasión retratística, la de capturar la imagen en el mundo de otras mujeres, como Consuelo Suncín de Saint-Exupéry, Ninfa Santos, Machila Armida en Damas de corazón (1994) o pinchar el alma femenina de Vasconcelos, como lo hace en uno de los retratos más sensibles de La voz del espejo.

Bradu ha ejercido el arte del retrato con heterodoxia. En aquel primer libro de 1987, dedicado a siete escritoras mexicanas ni tan estudiadas ni tan celebradas en ese entonces, Bradu desbordaba la asignatura académica y dejó atisbos curiosos sobre Josefina Vicens, Elena Garro o Inés Arredondo. A Rosario Castellanos, a quien admira en su incesante y a veces pavorosa autocrítica. Bradu la sorprende, en La voz en el espejo, en flagrante incongruencia: admirar los amores contingentes publicitados por Simone de Beauvoir y ser víctima, ella misma, la poeta chiapaneca, de sus rutinarios estragos. A esos retratos se suman otros, el de la fotógrafa Graciela Iturbide en el ejercicio de su extraña memoria, el del poeta Manuel Ulacia en el camino de Galta o el de Rafael Cadenas en su lectura del misticismo que a Bradu, buena bretoniana, le parece consecuente con la idea de que lo sobrenatural, ya sea que lleguemos a través de la magia o de lo esotérico, es sólo la manera más difícil de hacer uso de la razón.

En los ensayos de Bradu, como en las novelas de Balzac, los personajes reaparecen, rebeldes ante la posibilidad de que su destino quede clausurado. Reaparece Julieta Campos, retratada en persona y en obra, en vida y tras su muerte en 2007. En La voz del espejo, también, reaparecen Antonieta a la cual, al fin, ha podido ver Bradu fantasmalmente aparecida en los pocos minutos en que fue filmada. Reaparecen Octavio Paz y Julio Cortázar defendiéndose desde ultratumba de los argentinos que lo niegan tres veces y, quién lo dijera, Marguerite Duras convertida en el genio del lugar. A ésta última Bradu la retrata con una maldad que, como es propio en el buen retratismo, es el camino hacia la reconciliación y el reconocimiento.

Recordando cómo el éxito mundial de la Duras sacó de quicio a buena parte de sus viejos lectores, dice Fabienne Bradu, en una cita que le dejo al lector como introducción al nervio y al trazo de La voz del espejo: “Poco después de la publicación de El amante, cuando las prensas de las ediciones de Minuit trabajaban día y noche para abastecer la demanda de los libreros, un Rolls–Royce negro fue robado en la Riviera francesa. En un lapso breve el dueño recobró el automóvil, cosa que suele suceder con semejantes marcas, pero se quejó amargamente de que su ejemplar de El amante había desaparecido de la guantera. También recuerdo el deleite de Marguerite Duras al narrar el incidente como si la realidad acabara de vengar todos los sinsabores de una vida: una novela suya resultaba más codiciada que un Rolls-Royce. Fuera cierto o no [el episodio] le daba pie para explayarse en sus extravíos estalinizantes y su ciega devoción hacia el gobierno de François Mitterand. Pertrechada tras sus gruesos anteojos, tan arrugada como una iguana camboyana, hinchada por el alcohol y los chalecos encimados como desvencijadas corazas, atrincherada en sus altivos silencios, Marguerite Duras, por fin o hélas, se coronaba reina de las letras francesas.”

(Publicado previamente en El Ángel de Reforma).