Anda, quejío, quejío

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Hablé hace poco de un anuncio que me había indignado y que por lo tanto, y mientras no rectifiquen sus responsables, me ha hecho mirar a éstos con peores ojos que antes. Uno es muy libre de irritarse por cosas así, y la medida que normalmente se toma es la de dejar de comprar tal producto, o darse de baja de tal asociación, o tenérsela jurada a tal o cual marca. Medidas todas de orden privado. Sin embargo hay gentes que no se conforman con eso y que se tienen en tan alta —o baja— estima que "exigen" la intervención de los poderes públicos y la retirada forzosa del anuncio que los ha ofendido o molestado. Así, por ejemplo, algunos diputados de Ceuta y Melilla han montado en cólera estas Navidades porque en la enumeración de regiones, autonomías, comunidades o lo que sean, llevada a cabo por unas señoritas con capuchas doradas en un spot televisivo de cava, esas dos ciudades habían sido omitidas. Y en lugar de hacer lo que haría cualquiera con menos pretensiones —no comprar ese cava—, quieren que el Parlamento obligue a la empresa a retirar el anuncio, el cual, según los megalómanos diputados, "atenta gravemente contra el ordenamiento constitucional español", nada menos. Por una parte, el Parlamento no tiene otras cosas de que ocuparse; y, por otra, una vez más se produce la frecuente confusión entre los "deberes" del Estado y los de los particulares, que son muy distintos. Una marca o empresa privada tiene tanto derecho a no incluir en su spot a esta o a aquella región como ustedes o yo a permitir o denegar la entrada a nuestras casas a quienes nos plazca.
     Unos días más tarde me entero de que, al parecer, algunos espectadores de la reciente Final de la Copa Davis de tenis en Barcelona abuchearon a alguien de la organización que habló en catalán por un megáfono. El abucheo (no

digamos la represión o la censura) a cualquier lengua me parece poco menos repugnante que estúpido, y si sucedió lo dicho, esos espectadores fueron repugnantes o estúpidos, o ambas cosas a la vez. Ahora bien, lo que me parece demencial es que el partido gobernante en Cataluña desde hace más de veinte años, Convergencia I Unió, pida que el Congreso "condene" la actuación de los susodichos aficionados repugnantes o estúpidos. Aparte de no saber qué diablos ganarían sus dirigentes con esa "condena" oficial a un grupo de necios sin importancia, hace falta ser presuntuoso para considerar que tampoco el Congreso tiene otras cosas de que ocuparse. Queremos una sociedad cada vez más libre, pero, contradictoriamente, cada vez más se reclama o requiere la sanción de "lo oficial".
     En medio del estrépito que armaron hace semanas mis colegas escritores en la Feria del Libro de la Guadalajara mexicana, quedé atónito al leer que uno de ellos declaraba "una vergüenza" que, siendo España el país invitado, no hubieran acudido a inaugurarla el presidente del Gobierno ni la ministra de Cultura, sino un mero y erudito secretario de Estado. ¿Y por qué habían de acudir a eso el presidente o la ministra, como si no hubiera quehaceres más

importantes? ¿Y para qué diablos los necesitaban los escritores, cuya tarea nada tiene que ver, en principio, con los poderes públicos? ¿Es que se habrían sentido enaltecidos por la presencia de altos cargos? Por desdicha así parece, lo cual dice poco en favor de la fe de los propios escritores en su literatura.
     Claro que no es tan extraño, dado que un buen número de ellos organizó allí una zapatiesta por no sé qué menciones y no menciones en un folleto del Ministerio de Cultura que nadie más que los quejicas ha visto ni se ha molestado en mirar. Por esta ofensa han corrido ríos de tinta que producían vergüenza ajena (estoy por quitarme del gremio); histéricamente, se ha hablado de "guerracivilismo" y "cainismo" por un quítame allá ese adjetivo; y hasta un suplemento literario (el de Ansón, el académico) se afanó en contar las líneas (!) dedicadas a unos y otros novelistas: no cabe mayor miserabilismo. Lo más cómico, con todo, es que quienes protestaban dramáticamente estaban todos allí, en Guadalajara, invitados y pagados por uno u otro organismo estatal, es decir, por el dinero de ustedes y mío. Y entre ellos —aún más chistoso—, se distinguieron por sus mesados cabellos y sus vestiduras rasgadas y su crujir de dientes contra "lo oficial" los señores Sánchez Dragó y Armas Marcelo, funcionarios culturales con sendos y soporíferos programas de la televisión pública a su disposición desde hace años, y el señor De Prada, bien tratado y bien viajado, si no me equivoco, por los presupuestos culturales del Estado. Reclamar la intervención parlamentaria contra un anuncio, o la condena del Congreso a unos idiotas abucheadores, o creer que el éxito o el prestigio de los escritores puedan depender de su inclusión o exclusión en un folleto burocrático, todo ello da sólo idea de la miserable necesidad de tutela oficial que tienen los que, al manifestarla, se revelan, más que nada, como meros acomplejados. –

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