Las dos caras del signo

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Un buen político sería aquel que tuviera suficiente sentido de la ambivalencia de los hechos, lo cual a la vez supone la capacidad de encontrar signos en la ilimitada, espesa y confusa realidad. Unos sexenios atrás, un presidente de esta República nos ofreció su relampagueante ejemplo del vaso de agua medio vacío o medio lleno según el estado de ánimo desde el que se mirara (al vaso y quizá también al Presidente) y un poco después un Secretario de Hacienda (que no recuerdo si era del gobierno de ese mismo Presidente) intentó convencernos de que el aumento de los impuestos por él ofrecido podía considerarse, no como un mal necesario (pero un mal, de cualquier manera), sino como un magnífico estímulo para animarnos a levantar la economía del país, pues los ciudadanos trabajaríamos más para ganar más y poder pagar los impuestos y así el país prosperaría y nosotros con él (pero, ay, dejaba en silencio el caso, digno de una aporía de Zenón de Elea, de que cuanto más se gana más crece en proporción el mordisco del Fisco —bonita rima).

El ejemplo más preciso de un gobernante que sabía usar a su favor la balanza siempre oscilante de las ambivalencias es el de Cayo Julio Octavio Augusto (63 a.JC-14 d. JC.), el primer Emperador romano, en quien ya se concentraban las magistraturas de imperatur, consul, tribunus, princeps senatus y pontifex maximus. Una anécdota atestigua de su talento para darle la vuelta a la lectura selectiva de los hechos como signos:

Cuando un rayo cayó en un templo de Roma y tumbó las alas de una Victoria de mármol, el pueblo vio en esto un mal augurio, se inquietó, salió a las calles a arremolinarse, a clamar, a rasgarse las vestiduras y arrancarse los cabellos. ¿Qué podía significar esto sino que se perderían las batallas de Filipos, o la de Accio, o la de Teutoburgo?

Y he aquí que Cayo Julio Octavio Augusto ascendió las gradas del templo con un aire majestuoso, miró a la multitud con una mirada amplia, serena, casi fraternal, y…

Habló:

Conciudadanos, los Dioses han tenido a bien enviar un rayo sobre el templo y la marmórea imagen de la Victoria. ¿Puede concebirse mejor fortuna, mayor regalo de la magnificencia divina? ¿Por qué los Dioses han querido amputar las alas al glorioso icono? El mensaje es claro: los Dioses lo han hecho para que la Victoria no pueda alzar el vuelo y dejar a Roma, para que la Victoria no nos abandone jamás. Celebremos pues, romanos, la benevolencia de los Dioses.

El sagaz Emperador fue vigorosamente vitoreado por la multitud y felicitado por Horacio, por Virgilio, por Tito Livio, que en aquel tiempo eran escritores de mucho cartel.